A


REPALANDORIA DEL EMPRENCIPIO
(ANTE INCIPIENDUM SERMONEM)

A la memoria de mi madre y de mi tío Alfonso,
con quienes hablaba con estas palabras
de nuestras cosas.


El negocio del hablar se compone de tres pilares: las cosas, las palabras que las nombran y los hablantes, que las poseen y las usan. El humanista Juan de Valdés nos convenció hace tiempo de que no había más lengua que “la que nos es natural y que mamamos de las tetas de nuestras madres”. La lengua aquella, que era imagen exacta de nuestras cosas: de las actividades y faenas cotidianas, de los útiles de trabajo, del mobiliario y el ajuar de la casa, del ocio y las fiestas, de las costumbres, de los sentimientos e ideas; de manera que podíamos decir con Borges que “el nombre es arquetipo de la cosa, / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”. Sin olvidar a los hablantes, dueños de las cosas y de las palabras que las nombraban, ya que “las palabras -dijo Ortega y Gasset-  no son palabras sino cuando son dichas por alguien”. Los nombres con que la comunidad señalaba y nombraba a sus cosas eran un patrimonio compartido por la familia y todos los nativos de un mismo lugar, se guardaban en la memoria de las gentes, se transmitían como algo sabido e inmutable durante generaciones y se distinguían con pelos y señales del hablar de los aledaños, cuyo vecindario tenía otros gustos, costumbres y tradiciones.
    Pero en unos años, con una celeridad nunca vista, el mundo se ha hecho otro, con un cambio radical de las cosas: usos y costumbres, objetos y utensilios y labores cotidianas han sido suplantados por otros radicalmente nuevos, que han venido acompañados de nombres también nuevos, impuestos por la saña niveladora de los nuevas formas de comunicación, que salvan fuertes y fronteras arrasando lo que antes era propio y distinto. Y así, los viejos nombres, ya desvinculados de las antiguas cosas, han ido languideciendo irremisiblemente, sin que pudiéramos recurrir siquiera a remedios extremos, como los del protagonista de Cien años de soledad que, “con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre” para luchar contra “las infinitas posibilidades del olvido”.
    Llegados a este punto, ya no nos quedaba más que clamar, no por saber, como Juan Ramón Jiménez, sino por conservar “el nombre exacto, y tuyo y suyo, y mío, de las cosas”. Pero nuestras madres, y nuestros abuelos, y nuestros mayores fueron desapareciendo, y con ellos se fue el alma y la memoria de aquellas cosas, y con ellas se fue también buena parte de sus nombres, mientras que otros quedan, arrumbados y moribundos, en las inhóspitas páginas del diccionario o en las voluntariosas recopilaciones de los palabreros locales, de manera que unos y otros son carne del olvido, si no de la extrañeza o la burla ante quien se atreve a usarlos.
    Las páginas que siguen constituyen una excursión sentimental por la memoria de algunos de estos nombres, unos coloquialismos o vulgarismos castellanos y la mayoría voces del habla popular murciana, que estuvieron vivas, sobre todo en las comarcas del Guadalentín y del Almanzora, no ha mucho tiempo. Por eso, dejamos en segundo plano el estudio riguroso para volar, llevados de las alas del humor y de la nostalgia, al encuentro de aquellas cosas tan conocidas, de aquellas palabras tan sabidas y normales y de aquellas gentes que se fueron con ellas para no volver.


A


Ababol/arabol

¡Qué delicia pasear en primavera por caminos, trochas y azagadores contemplando cómo los ribazos, llanos, sembrados, jalayos y pelagartares se han vestido de un vivo manto rojo que flamea y se ondula acariciado por el viento! Son los ababoles, llamados por otros amapolas, esas plantas papaveráceas silvestres de flores rojas y semillas negras colonizadoras de eriales y cultivos, que se enrojecen como las nubes de la mañana arreboladas por el sol. Y lo más curioso es que quizá de la mezcla de arrebol y ababol surgió el invento feliz de arabol, nombre con el que se conocen en el campo de Lorca, como si el arrebol de las nubes del cielo se proyectara con toda su viveza en las cosas del suelo. Y el rojo flamante de estos araboles o ababoles lo trasladamos para nombrar el llamativo color bermejo de un vestido o de unas mejillas encendidas por el esfuerzo o la vergüenza para decir que son como ababoles o araboles. Y todo el mundo por aquí nos entiende, e incluso algunos pueden cantar aquello de “Esas tus mejillas y encarnados labios/ son, niña, ababoles y flor de granado”.

Abanto

Si ustedes no tienen nada mejor que hacer abran el diccionario y verán ahí el abanto, con su cabeza y cuello cubiertos de plumas de color sucio blanquecino, como encogido, moviéndose a la vez tímido y perezoso entre la carroña descompuesta que le sirve de alimento. Y ya tienen a mano una imagen sobradamente expresiva para añadir a su prontuario de vocablos con que exacerbamos las carencias del prójimo y nunca las nuestras. Y entonces llamaremos abanto a todo aquel que zascandilea de un sitio para otro sin hacer nada, al que estorba más que hace, a quien –para decirlo claro- nos parece un cero a la izquierda, un individuo torpe y perezoso que se mueve como aturdido y alelado sin entender mucho ni hacer nada a derechas. Pero esta etiqueta, aplicada al marido irresoluto, a la hermana remolona o al amigo inoperante, como fruto de una reacción airada o tal vez como un estigma permanente resultado de una disección minuciosa, aunque aún vegeta en las primeras páginas del diccionario, yace enterrada ha tiempo en las alforjas del olvido de los que por aquí hablan.

Abajotas, arribotas

Cuando vuelves a los paraísos de la infancia, recuerdas cómo los mayores, a falta de modernos entretenimientos, mediante la palabra humilde eran capaces de mostrar, traer y llevar mundos de maravilla, muy alejados de la prosa realista de la vida cotidiana. Como de ayer es la estampa en que el abuelo, sentados en la era o en la placeta, te descubría los secretos del cielo oscuro alumbrado por el camino de Santiago, el lucero del alba o los Altillejos, allá arribotas, en lo más alto, en la cumbre del más allá; y tú admirabas desde aquí abajotas sus parpadeos misteriosos e insondables. En estos casos, y en muchos más, nuestros adverbios de lugar presumían de una distancia y una lejanía superlativas, que sumían en el misterio de lo desconocido o brumosamente entrevisto las maravillas que mostraban: Dios, el cielo, las nubes, las montañas, estaban allá arribotas, con una lejanía inalcanzable; y los lugares deseados –la balsa para el baño, la casa de los amigos, la fiesta patronal-, siempre andaban allá abajotas, o lenjotas o lenjotes, a una distancia casi sideral que los convertía en imposible objeto del deseo.

Abejarugo/ abejorugo

Con el nombre despectivo y descalificador de abejaruco llama el diccionario al pájaro que, pese a su forma elegante y plumaje colorido y variopinto, es un animal dañino, depredador inmisericorde de las abejas. Se trata de un ave de comportamiento taimado y huidizo, que le lleva a ocultar sus nidos en galerías excavadas en la tierra de cortados y taludes. Pero los habladores silvestres, siempre atentos a resaltar las virtudes y, sobre todo, los vicios del género humano con imágenes del entorno que sean fácilmente comprensibles, decidieron aplicar el nombre del ave detestable –ligeramente retocado en abejarugo o abejorugo, según los gustos- a la persona retraída y no muy sociable, cuya insolidaridad suele adornarse también de una expresión taciturna y poco amable. Así que ya disponíamos de una etiqueta con que desacreditar a familiares, vecinos y amigos, fueran o no tan dañinos como el pájaro enemigo de las abejas. Y ya puestos, algunos podrían llamar también abejarugo o abejorugo a quien tuviera el comportamiento opuesto: a la persona entrometida y molesta que nos persigue con sus chismes, como el pájaro abejero hace con los insectos de la colmena.

Abocar

 A los habladores murcianos se nos puede tachar de todo, menos de no ser atrevidos en el manejo del lenguaje, porque más de una vez vamos un poco -o un mucho- más allá de lo comúnmente convenido. Vean, si no, abocar, que, según el diccionario académico, consiste en verter el contenido de un cántaro o costal en otro, especialmente si se aproximan las bocas de ambos. Sin embargo, por aquí abocar es verter ese contenido en cualquier sitio, aunque sea en el suelo, sin necesidad del boca a boca; y después de esto, podemos dejar el recipiente abocado, porque abocar es también poner boca abajo la vasija vacía –“Yo aboco los platos para que se escurran”, “Las tinajas vacías estaban abocás en el suelo”.  Y no hay palabra mejor que abocar para rotular las acciones del cándido o el incontinente verbal que habla por no callar soltando secretos y verdades inconfesables a la primera de cambio -“La Felisa se aboca en cuanto le preguntas”-, hasta llegar a abocar el saco, que es decirlo absolutamente todo, sin dejar nada oculto. Así que miren lo útil que nos resulta abocar.

Abujarse

Doy por sabido que el bujo era esa ave rapaz nocturna de ojos redondos, siempre abiertos, sobre una cabeza esférica, rematada con dos penachos de plumas que figuran orejas. Pero sólo algunos recordamos su canto oscuro y cavernoso -buuuuh- o inquietante y posesivo –mío, mío…- que abuelas y demás familia aprovechaban para meter miedo a los zagales con que se los iba a llevar el bujo, también llamado bubo. Miren el bujo, acomodado en una rama, en la espesura del árbol, inmóvil, con sus inmensos ojos alunados, testigo alucinado de la noche, como si estuviera encantado. Pero no diremos más del bujo, sino de los que se abujaban, adoptando la pose del bujo. Así veíamos al viejo que se arrinconaba inmóvil junto al fuego, ajeno al trajín familiar; al retraído que se apartaba del hablarujo de la conversación, o al indivividuo alicaído que se refugiaba en la cama o el sillón sin apenas moverse. De todos ellos decíamos que estaban abujaos, echándoles en cara su actitud encogida e indolente. Pero como hay no existe la cercanía del bujo, difícilmente diremos de alguien que está abujao; aunque haberlos, sigue habiéndolos.

Aburrición

Parece como si las palabras terminadas en -ón fueran más rotundas y expresivas a la hora de traducir los estados de ánimo. Si decimos hartazón, cerrazón, desazón o desolación, tenemos la impresión de que el sonido va in crescendo hasta que se nos llena la boca con el resonante final que dramatiza el significado, casi siempre negativo, de tales vocablos. Y eso es lo que debimos pensar los habladores comunes cuando, hartos del fastidio que nos producía un disgusto o la falta de distracciones, llegamos a la conclusión de que llamarlo con el consabido aburrimiento no decía con énfasis, sino con cierto desmayo y conformismo, lo que nos pasaba. Y entonces, ni cortos ni perezosos, como quien no quiere la cosa, nos inventamos aburrición, término que nos pintaba a lo vivo el fastidio, el malestar, la irritación, el enojo o el tedio casi inenarrable que nos embarga en ocasiones. Y desde entonces oímos a muchos decir “¡Qué aburrición!” cuando no les distraía una conversación, o confesar “¡Qué aburrición de visitas!” si los huéspedes no eran de su agrado. Aunque, por desgracia, ya pocos gustan de vocablo tan sugerente.

Abuzar(se)

Esta palabra me retrata tendido sobre el borde de la acequia bebiendo del agua que se desliza cantarina entre mis manos; o sorprendido por mi madre cuando estaba inclinado mamando del pitorro del botijo, llamado cántara. Y con ella recreo escenas de las comidas familiares cuando iba aprendiendo a guardar las distancias con el plato en un difícil equilibrio del abuzarse, entre múltiples advertencias, desde el “no te abuces tanto, que te vas a ahogar en el plato”, hasta el “abúzate un poco más, que no te manches”. Y recuerdo a algunos, como yo mismo, que se abuzaban besando los bordes del recipiente para zamparse el caldo de la salsa. Y me reconozco en estampas de juegos infantiles abuzado como observador impávido ante un hormiguero, o estudiando las distancias en el juego de las canicas. Pero sobre todo vivo en la solitaria semipenumbra del desván abuzado sobre un libro, con la cabeza entre sus hojas y los ojos prendidos en las páginas que contaban aventuras imposibles a orillas del Pilcomayo, en las verdes praderas del Far-West, en el fondo del mar o en los cuernos de la luna.

Acachapar; acachapao, pá

Como las opiniones son libres, hay quien dice que acachaparse no es más que la deformación vulgar de agazaparse. Pero más lógico es pensar que cuando los hablantes de aquí accedieron a este vocablo estaban pensando en la simbiosis de acachar y chapar, versiones rotundas y castizas de agachar y chafar, respectivamente. Si esto es así, podríamos pensar que, con afán totalizador, quisieron dar una visión casi cinematográfica del movimiento, fundiendo en una sola secuencia la acción de inclinar el cuerpo y la subsiguiente de aplastarlo contra el suelo, como en un esfuerzo telúrico de confundirse con él. Y todo porque hace mucho frío o por simple deseo del vergonzoso de pasar desapercibido ante los demás; pero, sobre todo, como una estrategia sibilina de camuflaje que, sin ser vistos, nos permite observar sin riesgo lo que pasa alrededor. Y eso es lo que hace el fisgón disimulado en un rincón, o el perro y el gato reptando como una lapa contra el suelo en una tensa espera para no ser descubiertos o para acechar a su víctima, sea animal o persona, que eso poco importa para lo principal. 

Acampar

Si les digo que acampar es “detenerse o permanecer en despoblado, alojándose o no en tiendas o barracas”, ustedes me responderán que no les digo nada de lo nuestro, pues tal vocablo está en el diccionario y es voz de mucho uso desde antiguo hasta hoy. Pero yo hablo de nuestro acampar, que, más allá del asentamiento transitorio, significaba vivir o convivir adaptándose y perseverando en una determinada situación, casi siempre poco afortunada. Así, nos echábamos las manos a la cabeza cuando nos decían que el abuelo Manuel seguía acampando solo en su casa, o que el Marcelino tenía que acampar con su escaso jornal. Pero acampar se refería también a la convivencia, que exige voluntad y perseverancia a veces casi heroicas: la criatura bondadosa presumía de acampar bien con todo el mundo, mientras que del impertinente y desconsiderado decíamos que no podía acampar con nadie, e incluso nos hacíamos cruces de ver cómo aquellos matrimonios seguían acampando juntos. Hoy acampar solo se utiliza para ir de camping, y en cuanto al vivir o a la convivencia, cada uno acampa como puede, aunque ya no se llame así.

Acansinar(se)

Cansarse es tener cansancio, fatigarse. Pero el habla del terruño es a veces tan gráfica a la hora de expresar el estado físico o el anímico, que no nos conformamos con cansarnos o estar cansados, sino que necesitamos que ese cansancio se haga patente a los ojos de los demás. Por eso el diccionario recoge el vocablo cansino, que no habla del cansancio sino más bien del estado de quien lo padece, de manera que “tiene la capacidad de trabajo disminuida” y “revela cansancio por la lentitud y pesadez de sus movimientos”. Pero, ay, a los eruditos se les olvidó nombrar la acción que lleva a esa penosa situación. Así que los habladores de aquí, menos sabios pero siempre más prácticos, creamos el verbo acansinar(se), que retrata nítidamente la causa de que alguien esté cansado, y aún más, acansinado, es decir, que se le vea a la legua el desmadejamiento y la lentitud que le produce el cansancio. Y así, acansinaos, es como vemos a la tía Josefa cuando llega del mercado arrastrando los remos o al niño atosigado tras haberse dado una buena carzarena con la bicicleta.

Acesé

Casi nadie me podrá decir que recuerda palabra tan enigmática, cuyos sones casi nada nos decían, pero que en el modesto ajuar femenino se identificaba con aquella caja de madera ligera y pobre, comprada quizá en el mercado o en la droguería, y lacada en tonos oscuros que en la tapa dejaban paso a una reventona imagen floral o una estampa de mujeres de belleza lánguida y decadente. Su tapadera abierta presentaba un resplandeciente espejo que, desde la repisa del zafero, era el confidente y guía del arreglo de la señora, que iba tomando de los estrechos y desiguales compartimentos del fondo la polvera, pinceles, lápices de labios o el diminuto frasco de colonia, ahora llamada perfume, para acabar escogiendo los pendientes, la pulsera de lujo y los abalorios, alhajas y dijes que, aunque baratos, componían la imagen más fresca y festiva de la dama campesina. Pues aunque nadie lo recuerde, sepan que hablo de lo que en muchos parajes del campo de Lorca se llamaba acesé, sin que nadie se planteara su parentesco, al menos nominal, con el fino y distinguido neceser venido del París de las Francias.

Acibara, acibarón

 Unas mujeres con un afilado punzón haciendo ojetes o bodoques en sus bordados o unos comensales ensartando con un certero punchón patatas fritas o magras con tomate, nos traen la imagen de caminos, setos y medianerías bordeados de acibaras que, con su maraña de hojas carnosas festoneadas de púas y rematadas con la recia y redonda aguja antedicha, instaban a no meterse en predio ajeno. Estas plantas ásperas, llamadas por otros pitas o agaves, pero aquí acibaras por confusión con el acíbar o aloe, alegraban la primavera con sus largos y estilizados acibarones coronados de florones amarillos que, como el canto del cisne, anunciaban la muerte de la planta. Pero destaquemos sus mil utilidades: sus hojas daban un hilo resistente y, cortadas en pedazos, eran alimento invernal del ganado; mientras que los acibarones servían como maderos para techar, o de puntales y largueros para levantar un tambanillo, o de galga para recoger la parva de la era,  amen de airosa palanca, precedente de la grúa, con que izar los voluminosos jarpiles de paja a los almiares; y, en fin, de su peana se tallaban recios posetes para sentarse.

Aclocarse

La cloquera es una “enfermedad” transitoria de las aves hembras que no consiste sólo en el acto de empollar los huevos, sino que el animal está afectado de ella con antelación, achantándose en cualquier sitio, especialmente a requerimiento del gallo, y no responde a ningún estímulo que no sea el de una querencia enfermiza por la reproducción. Y de ahí se traslada a los humanos cuando dan muestras de cariño o amor excesivo hacia otras personas, especialmente a los niños, lo que les hace parecer también clocos.  Pero ya en el momento crítico la gallina se coloca sobre los huevos, se encloquilla con sumo cuidado de no romperlos y poco a poco se va aclocando, ahueca alas y plumas cubriendo toda la puesta, de la que se levantará sólo en contadas ocasiones. Digamos también que las personas se aclocan si se colocan en un buen sillón o cualquier otro asiento que les permita arrellanarse sin que nada les mueva ni les preocupe, de manera que los circundantes pueden echarles en cara ese estar aclocadas haciendo alarde de inmovilismo y de falta de compromiso ante lo que ocurre alrededor.

aeroplano/ arroplano

Aeroplano es una palabra que pone alas a mi nostalgia. Con ella me vienen a la memoria los viejos biplanos de la Gran Guerra y los locos cacharros de los aventureros que volaron con ellos sobre la tierra y el mar, y los moscas y estukas de la Segunda Guerra mundial, mil veces admirados en estampas de otros tiempos. Ella me trae el ruido ronco y pedregoso que concitaba la salida de toda la familia a la calle, con la mano apantallada sobre los ojos, a buscar en el cielo el espectáculo brillante y pasajero de su vuelo. Y aeroplano me recuerda aquella broma cruel del supuesto aterrizaje de un arroplano en las lomas de Aguaderas cargado de pan y otros abastos, que serían entregados a los indígenas previa autorización del pedáneo. Y aeroplano me retrata la imagen primaveral de una avioneta que se exhibía volando bajo sobre el cortijo de la moza que uno de los tripulantes pretendía, mientra dejaba caer unas bolsas de caramelos. Pero ya no oímos la vieja palabra ni reconocemos a los antiguos aeroplanos en los sordos rumores y estelas que surcan el cielo.

Agestarse

La capacidad de invención de los hablantes rústicos es digna de admiración, sobre todo su magia metafórica y traslaticia, que salta de lo real a lo imaginario y de una cosa a otra, que muda de sitio objetos y acciones al conmutar sus nombres. Eso es lo que pasa, sin ir más lejos, con agestarse, que los hablantes de orden aplican a poner un determinado gesto de la cara. Pero los terruñeros trasladamos el gesto de la cara al aspecto del vientre, de manera que decíamos que un animal, especialmente ovejas y cabras, se agestaba cuando tenía la barriga hinchada por un exceso de comida o de bebida. Así que el buen pastor presumía de que sus reses se recogían agestadas tras pastar en un hierbazal o en un bancal de alfalfa. E incluso las personas podían decir, satisfechas, que estaban agestadas si se habían dado un buen atracón de comer. Aunque en este caso la barriga hinchada se suele acompañar con una cara enrojecida y abotargada; así que en el comilón agestarse, sin dejar de referirse a la panza inflada, recuperaría su antiguo significado referido al gesto.

Aglariar; aglariao, riá

Acobardar, acojonar, amedrentar, amilanar, agilipollar, asombrar, asustar, atemorizar, azorar, espantar, intimidar, impresionar, pasmar y otros verbos de este mismo campo significativo son muy propios para mencionar las acciones reflexivas que llevan a ciertas personas al encogimiento y la incapacidad transitoria para enfrentarse a una situación o, aún peor, al apocamiento como rasgo permanente de su personalidad. Pues bien, los parlantes lorquinos, puntillosos a la hora de manifestarse, no encontraron adecuado ninguno de estos términos para reprochar a amigos o enemigos, familiares o simples conocidos, ese apocamiento ante las circunstancias de la vida. Y se inclinaron por el antiguo y raro aglariar -hoy inexistente en los diccionarios cultos y en los palabreros vulgares-, con el que podrían etiquetar de aglariao a quien está ensimismado, al que no se da cuenta de lo que ocurre alrededor, al que no es capaz de actuar como los demás quisiéramos, como si estuviera traspuesto o pasmado ante lo que pasa, para llamarle cariñosamente la atención por su despego o atontamiento transitorio o con la buena o mala intención de no decir que es tonto de naturaleza, aunque irónicamente se sugiera.

Aguate

En aquellos tiempos difíciles la escasez de carne y pescado se suplía con abundancia de salsa o caldo, que al menos permitían llenar el estómago. Pero no era fácil mantener el equilibrio entre la abundancia de líquido para mojar y el exceso de agua, que convertía la comida en algo insustancial. Entonces los comensales se quejaban del aguate de los gazpachos en el que navegaban escasos trozos de pan y de pepino, o criticaban que la ensalada de lechuga, elaborada con un buen fondo de agua, estuviera anegada en un aguate falto de la sustancia del aceite y el vinagre. E incluso el ama de casa se excusaba porque el arroz le había salido demasiado caldoso o el remojón de huevo o de cebolla era puro aguate. Y había algún comensal perezoso que dejaba saquear de tocino y patatas la fuente comunal del guiso y luego había de conformarse con las remolajas y el aguate que sobraba. Aunque lo habitual era que unos y otros compitieran cuchareando y mojando enormes sopas de pan y empinándose finalmente el plato, aunque fuera puro aguate. Que a ver qué remedio quedaba.

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