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Bacón

La capacidad de asombro de los hablantes nativos de esta tierra no ha de tener límites; porque, si no, un día de estos no saldríamos con bien de algunos de los pasmos que sufrimos cuando oímos nombrar de manera jamás vista ni oída cosas con nombre de todos conocido. Por ejemplo, esa carne blanca amantecada, llamada de siempre tocino -o tocino de veta, si iba entreverada de magra; por cierto, bautizada ahora, inexplicablemente, como jamón-, que formaba un manto más o menos grueso, cortado en dos grandes piezas denominadas bacones, ahora nos enteramos de que, curada con sal o ahumada, ya no se le llama tocino sino bacon, con lo que, con perdón, confundimos el culo con las témporas, el todo con la parte, el bacón con el bacon. Pero ojo: este último vocablo pronunciado “beicon”, en inglés, con lo que, aunque todavía sigamos comiendo tocino, como rancios cristianos viejos que somos, parecemos más modernos y cosmopolitas. Y ante esta inesperada mudanza nominal, querríamos hacer nuestra la invocación del poeta puro: “¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas!”. Pero estoy casi seguro de que nadie nos respondería.

Balaguero, ehfalagar

Las tareas agrícolas eran una fuente inagotable de vocabulario que, en un proceso de ósmosis natural, se trasladaba metafóricamente a otras actividades de la vida doméstica y de la relación social. Por ejemplo, balaguero designaba los enormes montones rectangulares de paja, de considerable altura y varios metros de largo en los que, en la era, se acumulaba el bálago, la paja recién trillada, preparada para aventarla. Pues bien, la imagen del balaguero sirvió para designar un rimero o pila de cosas, tanto la acumulación de elementos valiosos -”Los vecinos tienen un balaguero de melones en la cámara”- como el amontonamiento de trastos inútiles y enredosos –“En el porche del Cándido hay un balaguero de mierda”-. Y, naturalmente, lo que estaba amontonado en un balaguero, en algún momento había que desbalagarlo o ehfalagarlo, es decir, desparramarlo, esparcirlo o deshacerlo. Pero en mi tierra ehfalagar resultó también una imagen utilísima e imprescindible para indicar que una persona debe, ella sola, resolver un problema, realizar un trabajo penoso o deglutir todos los alimentos acumulados en una mesa, como aquel que, aventando, va ehfalagando o deshaciendo el bálago de la paja.

Baluarte

Es cosa muy sabida el gusto de la cháchara popular por lo hiperbólico, que pondera, para el encomio o la degradación, el aspecto, volumen o características de objetos, personas o asuntos, mediante imágenes que representan a lo vivo la desmesura de lo mentado. Con el término medieval baluarte, que se refiere a una fortificación avanzada que sobresale del lienzo de una muralla, quisimos los habladores de aquí resaltar todo aquel tinglado u obra que nos parecía de gran porte o envergadura. “¡Vaya un baluarte de sacos que has amontonado”, “No te digo el baluarte de obra que ha emprendido el Ginés en su casa”. Pero este retrato puramente físico de lo voluminoso y llamativo pasa también a caracterizar imaginariamente cualquier negocio de mucha ambición y esfuerzo: “No veas el baluarte que lleva el Andrés con la cosecha de almendra”, “Menudo baluarte tengo yo con atender a la tienda”. Y de esta manera el coste, el empeño y la ambición del que hace algo grande, o al menos voluminoso, queda abierto a la alabanza o a la crítica, según se mire, si a esa obra le llamamos baluarte.

Balumbo

Si usted pronuncia la palabra balumbo, su música le traerá la sensación onomatopéyica de algo inestable y hueco que se bambolea. No parece que haya muchas palabras tan voluminosas y vacuas como balumbo, cuyo origen latino (volumine) apunta ya a un elemento cuya dimensión abultada dificulta su manejo más que su propio peso. Ese balumbo puede formarlo una materia única o un conjunto desmesurado y heterogéneo de cosas. Así, hablábamos del balumbo que llevaban los carros cargados de mieses o el coche correo de Águilas con una montaña de colchones y ajuares veraniegos sobre su techo, o del de las caballerías aparejadas de enormes jarpiles repletos de paja o de cacharros de cerámica de Aledo, o del enorme corbo o espuerta de esparto que, cargado de trapos, doblegaba la espalda del jarapero o quinquillero. Pero también era un balumbo el rimero de enredos amontonados en un rincón, e incluso una gran cantidad de tareas que nos atosigaba con solo pensar en ellas. Hoy, afortunadamente, casi todo está dividido en porciones, empaquetado o embalado, de manera que no hace tanto balumbo. Por eso tan aparatosa palabra apenas nos suena.

Barajar(se)

Cuando los habladores de aquí barajamos puede que no estemos mezclando las cartas de la baraja, ni revolviendo unas cosas o personas con otras, ni siquiera considerando diversas hipótesis.  Para comprobarlo, escuchen a la abuela que se queja de que no puede barajar al nieto rabisco y manifacero, o al pastor al que le cuesta barajar las ovejas que están invadiendo el sembrado, o al huertano que se las ve y se las desea para barajar el agua que desborda la acequia. Todos ellos lamentan no poder gobernar o sujetar a personas o animales o dominar la fueza de los elementos naturales. Pero con este vocablo también podemos decir que nos barajamos a nosotros mismos para salir con bien de las circunstancias y avatares de la vida: diremos que nuestro amigo Ángel se baraja bien en su trabajo, mientras que el pretencioso de Manuel presumirá de que se baraja a las mil maravillas con las mujeres. Así que nuestra impotencia o nuestro dominio ante una situación quedan perfectamente retratados al relacionarlos con la habilidad con que el jugador baraja las cartas. Por lo demás, paciencia y barajar, amigo Sancho.

Barda

A propósito de esta palabra, nosotros podríamos repetir lo que dijo don Quijote a Sancho cuando el escudero se quejaba de la dilación en su nombramiento como gobernador de la ínsula: “Aún hay sol en las bardas”, para sugerirle que no era tarde, que todavía estaba a tiempo de serlo, igual que los últimos rayos de sol reflejados en las bardas indican que aún es de día. Si embargo, hoy casi nadie entendería el qué del voquible ni la gracia de la frase que anunciaba una esperanza, casi siempre efímera y vana. Porque ya no hay apenas bardas como las verdaderas, que con grandes ramas de espino, de arto o de baladre, o con una espesa trama de albardín acotaban y protegían el corral del ganado, el pequeño huerto de naranjos o los bancales de hortalizas. Hoy las propiedades se cercan con macizas y puntiagudas rejerías cuyos vanos se cubren con paneles de material sintético, y ya no se les llama bardas sino setos, vallados o tapias. Así que, para pesadumbre de don Quijote y nuestra, abandonemos toda esperanza, porque huelga decir que “aún hay sol en las bardas”.

Bardomera

La vida natural en contacto con la tierra y el agua daba lugar otrora a un conocimiento exhaustivo de las cosas y los nombres del terruño. Fijémonos en bardomera, pariente directo de barda, que designaba el cúmulo de broza que arrastra la lengua de agua de una acequia, brazal o rambla en su crecida. Los niños silvestres éramos los encargados por el padre o el abuelo de desbrozar las bardomeras en las ciecas del riego; y era de ver cómo enormes bardomeras de cañas, leña e incluso árboles abrían la estruendosa avenida de la rambla o reventaban el cauce de acequias y brazales provocando la inundación de la huerta. Y este vocablo terruñero, como muchos otros, se universalizaba como imagen para retratar la acumulación repentina de personas o de cosas: la bardomera de gentes que se arremolinaban en la puerta del cine o alrededor de un accidente; y también la bardomera de enredos que obstaculizaban el paso. Como la modernidad ha sustituido brazales y acequias por tuberías y mangueras y ha encauzado las ramblas, apenas podemos ver bardomeras; y si se diera el caso, ay, no sabríamos cómo nombrarlas.

Baldosa/ bardosa

La metonimia –valga el pegote erudito- consiste en llamar a una cosa con el nombre de otra debido a la cercanía física de ambas, como si cogiéramos el rábano por las hojas o igual que llamamos cabecera a la parte de la cama donde se coloca la cabeza. Pues eso debió de ocurrir con baldosa, que en principio designaba al ladrillo basto con que algunos enlosaban la elevada y estrecha plataforma que orillaba las casas para evitar las humedades producidas por el agua de las canaleras y facilitar el tránsito seguro de los peatones, aislados del arroyo o centro de la calle. Pero a alguien le debió de llamar tanto la atención el enlosado de esa orilla que el común de los mortales llamaba acera, que vino a designarla con el nombre de las losas con que se solaba. Y no había nadie en estas tierras murcianas que no adornara su casa con una elegante y limpia bardosa que, además de lo dicho, permitiera platicar o, simplemente, tomar el solecico o estar a la espontica sentado en ella, sin que el terraguero de la calle nos untara el culero.

Barranquizo/barranquete

Lo que en otros parajes regados por la bendición del agua son ríos, arroyos, riachuelos o torrentes, en estas tierras resecas son solo los cauces ásperos y resecos de ramblas, barrancos, barranquizos y barranquetes. Pero lo curioso de estos dos últimos es que su nombre une la imagen disminuida del barranco con un cierto tono despectivo que descalifica al que no alcanza ni siquiera la categoría desahogada de cauce, porque se trata de un barranco menor, de una escorrentía poco profunda, de un ramblizo seguro que afluente de otro barranco mayor. Así queda claro que en esto de los cauces aluviales también hay clases y grados, de manera que estos últimos no son demasiado bien considerados por los indígenas que pueblan sus márgenes, que llaman también barranquizo a la escorrentía excavada por las aguas en medio de un camino o de una calle de tierra; y los lorquinos denominan con toda intención barranquete al mísero suburbio encaramado en los bordes del pequeño y despreciable cauce, que es tenido por calle, desagüe y vertedero. Y llamar barranquetero a alguien es poner en serias dudas su fineza y buen trato.

Barril

Si a usted, que presume de enterado, le pregunto por la palabra barril, seguro que me sale por el de petróleo, que no sabrá lo que es, pero sí que su contenido le cuesta un riñón; pero si es algo borrachín y marivinos, habrá menguado mil veces los enormes barriles de las viejas tabernas; y si es bebedor pedante y leído, disertará sobre reservas y crianzas en barriles o barricas. Pero yo le hablo de los frascos o botellas, generalmente pequeños y de cristal, imprescindibles para toda clase de líquidos y no pocos sólidos, retornables y casi eternos, de formas caprichosas, a veces desportillados, enterquecidos y rezumantes, con taparujos variopintos, que rellenábamos en la tienda de ultramarinos con petróleo para el quinqué, la benzina (o mencina) del menchero, agua de olor, vinagre o bergamoto, para después mercar en la farmacia el barril de hígado de bacalao pal zagal, el de Tío del Bigote del abuelo y los de jarabes y agua de carabaña, más los de cláusulas y sellos para toda la familia. Y ahora ya ni siquiera existen, salvo los de perfume, aunque ni los llaman por su nombre.

Barrucero

In illo tempore, el ser humano, fuera hombre o mujer, no escapaba a las dos caras de la ira del terruño, omnipresentes en la rutina diaria, aunque jamás aparecían juntas: el terraguero y el barrucero. A los habituales terragueros de la sequía extrema y casi perenne, con su polvo fino y suelto que saltaba a cada paso o formaba remolinos y vorágines, sucedía sin solución de continuidad, con la aparición de la lluvia, el barrucero, aquella masa viscosa y resbaladiza que se apoderaba de calles, caminos y trochas, de manera que esparteñas, abarcas, alpargates y, en el mejor de los casos, los zapatos de los finos y las botas katiuskas de los modernos, se embadurnaban mientras su dueño se hundía hasta el corvejón, si no resbalaba y caía cuan largo era en el dicho barrucero. Pero hoy los adelantos de la ingeniería urbana han desterrado, oh paradoja, el terraguero de calles, plazas y carreteras y, por consiguiente, el barrucero, que solo se ve ya en los reportajes de la 2 sobre los indígenas de la Amazonía. Así que adiós al barrucero y a la palabra que lo nombraba.

Batíos

La cháchara popular suele recurrir a términos de gran rotundidad y eficacia expresiva. Fijémonos, por ejemplo, en las contracciones y dilataciones alternativas de la sangre en el corazón y en las venas y arterias. El médico las llamará pulsaciones o latidos y medirá su frecuencia e intensidad como índice de la salud física o emocional del paciente. Pero la imaginación popular ha adoptado un término más rotundo para significar el movimiento exacerbado del caudal circulatorio, alterado por la enfermedad o las emociones. Así que el enfermo dirá que siente unos batíos muy fuertes en el pecho o en las sienes, y los mismos golpetazos resonantes padecerá quien corre tras una liebre o perseguido por una jauría de perros; pero también notará unos batíos inesperados y violentos el tímido que se encuentra por sorpresa con la persona a quien ama, el asustadizo al entrar en una habitación oscura o los que discuten airadamente. Y ya puestos, llamaremos también batíos a los embates del dolor penetrante y reiterativo. Así todo el mundo entenderá lo que decimos, aunque a algunos les parezca una forma demasiado llana  de expresarse. Que hay gente para todo.

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