MEMORIA DE LOS DICHOS

A bonico/ abonico

Les confesaré que de esta locución (a bonico) o palabra (abonico) -que de las dos maneras se puede transcribir lo que no fue nunca para escrito- hay que hablar abonico, es decir, en voz muy baja, como en un susurro, con delicadeza y con mucho mimo, con lengua de terciopelo. Porque a partir de la palabra bonico, que expresa afectivamente el gusto por lo delicado, proporcionado y gracioso, se retrata una acción que se hace con cariño, sin llamar la atención, casi a hurtadillas: los novios se hablaban a bonico, tanto para no desvelar sus secretos como para hacer más suave y amoroso el tono de sus confidencias; y lo mismo hacía la madre que susurraba una canción junto a la cuna de su nene recién nacido; y cerrábamos la puerta o nos deslizábamos por la casa a bonico, de puntillas, en silencio, para no distraer al que trabajaba ni despertar al que estaba durmiendo. Pues bien, hoy ya no decimos ni hacemos las cosas casi nunca a bonico; es más, les diré con pesar que desgraciadamente apenas se conserva la memoria de una expresión tan bonica.

Hacer el agarejo

Al nuevo, al apocado, al listillo o al que caía mal había que someterlo a unas pruebas de iniciación que lo integraran en el grupo o lo marginaran definitivamente. La más cruel y humillante era el agarejo, tanto por la violencia física como por las implicaciones vergonzosas que suponía. El grupo perseguía con saña al elegido y, una vez alcanzado e inmovilizado, se le tendía en el suelo y se le bajaban las prendas inferiores, dejando el camino libre para sembrar un puñado de tierra o de barro, o algún salivazo, sobre las partes pudendas del sacrificado, al que se dejaba luego inerme para que, entre las risas y burlas de todos, se fuera sacudiendo y recomponiendo su figura. Este ritual, aunque parezca mentira, nos retrotraía a los tiempos oscuros de la España Imperial, cuando los cristianos viejos podían comprobar si alguien estaba circuncidado, en cuyo caso sería acusado de judaísmo. Y agarejo traduce ese antijudaísmo visceral al llamar a la víctima de nuestras tropelías hijo de Agar (Agar hej), nombre de la concubina de Abraham, es decir, judío e hijo de mala madre. Y nosotros sin saberlo.

Tan aína(s)

Los más viejos de este lugar, aunque sin dar pruebas de saberlo, a veces se expresaban como los doctos latinos, y parecía que habían aprendido a hablar en el diccionario de Covarrubias o leyendo a nuestros clásicos del Siglo de Oro. Cuando escuchábamos al abuelo decir vide, mesmo, deseguidas, truje u hogaño, mientras unos se compadecían de él o discretamente se burlaban de su rusticidad, otros bebíamos en sus palabras la savia del buen hablar que por los caprichos del destino fue envejeciendo y quedando al margen de las modas y de los nuevos tiempos. Y precisamente eso es lo que pasó con la vieja aína(s), heredera del verbo latino agere (“hacer“), que aquí solo se conserva en la clandestinidad de la memoria de unos pocos que, ha mucho tiempo, la oyeron nombrar como término ponderativo que negaba enfáticamente que algo fuera a ocurrir “pronto”, “enseguida” o “fácilmente”; es decir, que no era factible. Así que nadie espere, ni siquiera hablando con los nativos de estos pagos, escuchar “tan aínas” un vocablo de tanta antigüedad y pedigrí como este, pero que hoy ya nadie recuerda.

Estar/ poner en los Altillejos

De siempre la imaginación ha buscado términos lejanos donde colocar nuestras aspiraciones y sueños, ubicar el paraíso perdido donde evadirse por un tiempo o para siempre en una aventura imposible, mandar a los seres malqueridos, o simplemente como punto de referencia del no va más de la lejanía frente al mundo cercano y prosaico en que vivimos. Para ello, los más suelen recurrir a los cerros de Úbeda o a la recóndita Babia, mientras que los ilustrados mandaban a otros o se iban ellos mismos a las Chimbambas, Sebastopol o la Guinea Papúa. Pero frente a estas evasiones a ras de suelo existen referencias ascendentes que nos permiten poner el grito en el cielo, colocar a alguien por las nubes o alcanzar los cuernos de la luna. Aunque los habladores de aquí preferíamos dos estrellas lejanas y brillantes de la constelación de Géminis, a las que llamábamos los Altillejos o Artillejos, como antonomasia de la distancia sideral con la que medíamos a quien tenía muchos humos, marcábamos la situación inalcanzable de objetos y sueños lejanos, e incluso mandábamos allá a quienes no queríamos ni ver.

Más tonto que un armao

Ahí van desfilando marciales, precedidos de estandartes, lábaros e insignias, pertrechados de lanzas, espadas y dagas y protegidos por corazas, escudos y cascos rematados en airoso copete con forma de cepillo. Pero lo llamativo de esta legión es su ritmo lento y cansino, como de autómatas que adelantan penosamente un pie y a este le sigue el otro marcando un balanceo casi sonámbulo que se repite invariablemente, guiado por redobles de tambor, aun en los momentos en que están parados. Aunque parezca que estamos en la Vía Augusta de Roma, todos sabemos que son romanos de mentirijilla que acompañan a los pasos de Semana Santa en muchas villas y ciudades de España. Y todo el mundo los llama armaos, aunque el diccionario académico lo considere vocablo desusado. Pero esta parafernalia de armas y este paso rígido y automático les ha convertido en Lorca y otras villas cercanas en imagen del aturdido o mentecato, del que se dice que es más tonto que un armao. Y esto no me lo invento yo, que ustedes mismos lo habrán oído decir, no de ustedes naturalmente, sino de otros.

Ni allá arrimao

La expresión popular necesita de términos que ponderen de manera rotunda e inapelable el punto de vista del que habla ante un juicio o un hecho. Y sobre todo a la hora de rebatir las opiniones del interlocutor, por lo que a menudo se recurre a modismos que de una manera muy gráfica descalifiquen la idea que no compartimos, dejando claro que no se acerca a la verdad ni poco, ni mucho, ni nada. Aunque podríamos responder que de ninguna manera, ni por asomo o ni mucho menos, en nuestro parlar preferimos ni allá arrimao, giro paradójico en que se junta lo arrimado -y por tanto, cercano- con el adverbio allá, que lo presenta, contrariamente, lejos; sensación reforzada por la negación ni, que rechaza incluso la posibilidad de esa distante proximidad. Así que cuando respondemos ni allá arrimao a quien opina que este año fue muy bueno para todos, nos pregunta si nos cae bien el hijo insoportable de Felisa o nos dice que se han madurado las brevas en abril, le dejamos muy claro lo disparatado e inaceptable del dicho o el hecho que menciona.

Atento de/atento a

Atento de la creación del léxico, las hablas vulgares no solo recurren a palabras de significado pleno con que designar realidades, cualidades y acciones, sino también a elementos de relación con que se construye una fraseología con estructuras gramaticales en parte diferenciadas. Aunque el castellano común posee numerosas locuciones que introducen la referencia a aquello de lo que se va a tratar –respecto a, con referencia a, en relación a, a propósito de, en cuanto a…-, los habladores murcianos recurrían a la expresión arcaizante atento a/atento de, tal vez porque les parecía que el participio atento centraba aún más el interés en lo que se iba a decir. Cuando oíamos “”Atento de la venta de las crillas, no sé lo que voy a hacer” o “No veas, atento del porrazo del zagal, el dijusto que tengo”, u otras frases semejantes, todos entendíamos lo que nos querían decir. Además, nosotros también empleábamos atento a/atento de y nos comprendían. No como ahora, que ni siquiera los antiguos adictos a nuestra parla nos acordamos de usarla, ni nuestros interlocutores estarían en condiciones de entenderla. Eso es lo que pasa.

Tocarse el moniato

Para los habladores silvestres es motivo de creciente autoestima que nuestro moniato, objeto de burla para los bienhablados, haya alcanzado la bendición académica, entronizado en el diccionario oficial, con lo que eso supone de reconocimiento de nuestras peculiares soluciones idiomáticas. Pero no hablaremos de la gracia del nombre ni de las bondades del dulce tubérculo que nombra. Nos detendremos más bien en el valor imaginario con que designa el fruto de la entrepierna, femenino o preferentemente masculino, dada su forma recia y alargada. Y diremos, además, que este moniato es el alma de un giro que, lejos de ser malsonante o grosero, describe con acierto y puntualidad el comportamiento de la persona holgazana o entretenida en ocupaciones inútiles: si decimos que nuestro marido, el nene o el abuelo “están tocándose el moniato”, los pintamos como desocupados o dedicados a labores ociosas e inútiles. Aunque si lo utilizamos como apelación categórica, se convertirá en un arma arrojadiza –“Tú cállate y tócate el moniato”, “A tocarse el moniato”…- con la que manifestamos a nuestro interlocutor la sorpresa o el desprecio que nos producen sus dichos o hechos disparatados o inútiles.

Tener barra

Desháganse buscando en el diccionario esta expresión entre las decenas de acepciones de barra, y finalmente encontrarán que significa ”ser desvergonzado”, sin ningún añadido ni matiz. Pero tener barra era hasta hace poco una locución polivalente, para expresar con energía el asombro o la indignación ante el “valor” y el atrevimiento de los demás: sus comportamientos inadecuados o incomprensibles de distinta naturaleza, por acción, como las ocurrencias o tonterías, las impertinencias y los hechos u opiniones temerarias; sin olvidar tampoco los de omisión, como la desidia, la pachorra o el olvido de la obligación. En estos casos, y en muchos más, el irritado podía rumiar su enfado de una manera genérica -“Es menester tener barra para hacer esto”, “¡Hay que tener barra!”- o apostrofando furioso al pecador –“¡Qué barra tienes, Josefa!”- o añadiendo un chorreo al reproche –“¡Hay que tener barra y media para estar así!”. Sin embargo, el gañanismo expresivo actual, tanto de hombres como de mujeres, no se para en barras y prefiere los huevos, llamados así o de otra manera, para afear la conducta de los demás. Miren si tienen huevos. O barra.

Cada perrico que se lama su pijico
                                                  
“Que cada perrico se lama su pijico”, exclamó con timbre seguro y sentencioso aquella vocecilla aguda y desapacible, como remate de su repalandoria quejumbrosa sobre los desastres y catastrofes de la vida –la subida de los crudos, la revolución en Polonia…-, tomados de oídas en el moderno transistor que acababa de mercarse. Parece que la oigo y la veo ahí sentada a la sombra del tambanillo, a resguardo de los rigores de la siesta, toda de negro, pañuelo a la cabeza, pequeña y encogida; y no acierto a comprender la doctrina de frase tan poco acorde con el recato femenino, y menos con temas tan inquietantes. Pero la imagen del perrillo faldero de la vieja refugiado debajo de su silla y entregado al aseo minucioso de su herramienta, desenvainada y desnuda, ajeno a lo que se decía y ocurría alrededor, nos dio a todos la clave de la sentencia: en tiempos de mudanza, cada uno a lo suyo, que cada palo aguante su vela y sálvese quien pueda. O lo que es lo mismo, que cada perrico se lama su pijico, aunque esté feo decirlo.

Llevárselo a uno el barzoque

En todas las culturas, las fuerzas del más allá han estado presentes como realidades muy cercanas que vigilaban nuestros pasos y pertenencias para protegernos y traernos la felicidad, o para arrebatarnos hasta el alma. Entre las protectoras, hay que reconocer divinidades mayores –dioses, profetas, santos- y menores, domésticas, de andar por casa, como los lares romanos, que desde su hornacina, tras la puerta, traían la seguridad al territorio familiar. Entre las malignas, en la tradición popular consta también la existencia de demonios de marca mayor –Belcebú, Satanás, Lucifer- y otros más cercanos, enraizados en la vida cotidiana, como si fueran miembros de la familia  -diantres, demontres, Pedros Boteros…-. Y eso es lo que le pasa al vulgarmente conocido como el Barzoque, hoy olvidado, pero en otros tiempos siempre atento a cumplir las maldiciones de nuestros enemigos -”¡Anda y que te lleve el barzoque!”- o a llevarnos con él, sin más trámite, si éramos pasto de la irritación y la ira -”Mi Juana tiene una enritación que se la lleva el barzoque”-; aunque todo fuera un decir y una mentirijilla que todos sabíamos que no iba a ocurrir.

Atar los huevos al diablo

Cuando el género humano aún no había caído en la laicidad y el descreimiento, se tenía por mano de santo el encomendarse a los buenos oficios de la divinidad a la hora de pedir gracias y favores. Pero aún había un método mejor para recuperar lo perdido o conseguir lo imposible: un sencillo conjuro doméstico, un arte de magia destinado a maltratar al diablo, precisamente donde más le podía doler. Un pañuelo moquero, o de la cabeza, o un blanco pañito se tranfiguraban en los atributos varoniles del maligno, anudándole sus puntas para dejar dolorosamente atado y bien atado lo que siempre ha de andar suelto y desembarazado, mientras se le apostrofaba: “Diablo, los huevos te ato y si no me lo devuelves, no te los desato”. Si se habían perdido el dedal, o las tijeras, o las gafas de coser, o la pelotica del zagal, ahí teníamos a nuestra abuela, a nuestra madre y a las tías –porque esta era una dedicación preferentemente femenina- atareadas en anudar en secreto los pelendengues del maligno, mientras nos animaban a confiar en el buen resultado de la búsqueda.

Dar un borneo/ ir de borneo

Aunque muchos no lo reconozcan, seguro que todos hemos dado un borneo, y no solo una vez, sino en muchas ocasiones. Y no piense usted que se trata de una aventura lejana en la exótica isla del sureste asiático, sino de una experiencia más próxima. Cuando por estas tierras le inviten a dar  un borneo o, sin darse cuenta, se lo dé usted mismo, ha de saber que este borneo nuestro es un simple paseo, una vuelta, sin rumbo prefijado, que uno puede darse por el barrio, la ciudad o el campo, sin otro fin que el de airearse o de distraerse, estirando las piernas y contemplando el pequeño mundo alrededor. Y a partir de ahora, cuando esté aburrido, o saturado de una faena larga y monótona, no tiene más que coger la gorra y el bastón y salir de casa para irse de borneo. Luego, alguien le dirá que este borneo murciano es pariente del académico bornear, “dar la vuelta, revolver” y también “balancear o mover el cuerpo en el baile”; pero eso importa menos. Y ahora, si me disculpa, me voy de borneo.

Coger/ ir del bracillete

El contacto físico, condenado por la Santa Madre Iglesia, no gozaba de buena opinión en una sociedad austera, e incluso ruda, para las manifestaciones de cariño, aunque fueran tan inocentes como el cogerse del brazo. Para catalogar esta visión peyorativa del andar enlazados, los habladores murcianos inventamos la expresión del bracillete, cuya forma diminutivo-despectiva manifiesta ya de entrada la opinión poco favorable sobre tales tocamientos. Si unos novios pasaban del casto andar uno al lado del otro a ir del bracillete, podían sufrir las advertencias de la madre de ella y la maledicencia del vecindao, que pensaba –y no sin razón- que el que toma el brazo puede ir más allá, hasta coger cualquier otra parte o miembro de su pareja. Pero ir del bracillete podía ser también una conducta impropia de los matrimonios mayores, de dos mujeres solas, y aún mucho más si los del bracillete eran hombres.  Además, coger del bracillete era un comportamiento criticable en una persona considerada hasta ahora poco amiga, pues se veía como una maniobra falsa o incluso interesada con que confundir a su presunta víctima. ¡Tiempos aquellos!

Cabico (de) tripa

Acérquense a esta estampa familiar, teñida del color sepia que le ha ortorgado el paso del tiempo: tomando el fresco en la placeta o agrupados en torno al calor de la cocina –llamada por algunos hogar y por muchos chimenea-, se divisan las huestes de la nutrida tribu familiar. Mientras los abuelos dormitan ensimismados, los padres conversan con hermanos, cuñados, tíos y primos; y los hijos –ocho por lo menos-, unos nenes, otros zagales y otros ya zagalitrones, alborotan por toda la casa con sus juegos o tontean con los amigos. Pero fíjense en el nenico, en el pequeñuso, que trastabilla vacilante de un sitio para otro, trasteándolo todo y haciendo gracia a todos con el continuo hablaero de su media lengua. Si preguntan quién es este, alguien les dirá que es el retoño, el benjamín, el último de la fila. Pero  si nos preguntaran a los habladores de aquí diríamos sin dudar que es el cabico de tripa, el que cierra la larga ristra de los hijos, como si del adelgazado y atado extremo de una longaniza se tratara. Una imagen que, para nosotros, lo dice todo.

Coger el caire

Dicen por ahí que no nacemos enseñados y que todo en esta vida requiere un aprendizaje, una adaptación que nos dé la experiencia necesaria para manejar un botijo o un ordenador, la soltura para redactar una instancia o una carta de amor, y el tacto y la cortesía que requiere el trato social. Todo es cuestión de costumbre, de práctica, de hábitos que desarrollen nuestras habilidades hasta convertirlas en algo cotidiano. Pero no ha de ser una mera rutina, fría y mecánica, sino que lo ideal es tomarle el gusto a lo que hacemos, amoldarse bien a lo que exigen la situación, el objeto o la persona con que tratamos. Por eso, aunque podríamos esforzarnos por cogerles el tranquillo, aquí nos pareció mejor tomarles o cogerles el caire, para que todo resulte bien, para hacerlo con gracia, como propone este vocablo de origen árabe; y también para que nos sea beneficioso y rentable, como sugiere el significado “dinero” que el término adquirió en el lenguaje de argot. Vean ustedes que coger el caire no es una cuestión baladí que se pueda resolver de cualquier manera.

A capazos

No es necesario hacer un elogio del capazo, esa espuerta grande tejida de pleita de esparto y, en algunos casos, de palma, como instrumento para transportar a brazo, llevado de sus dos asas, toda clase de cargas: tierra para levantar un caballón o rellenar un cibanco, yeso y otros materiales de construcción, las frutas que se recolectan en la huerta, alfalfa y verde para alimento de los animales, cargamentos de grano que se van vertiendo en sacos y costales para subirlos a la cámara… Pero conviene insistir en el capazo como unidad de volumen indeterminado pero abundante y, sobre todo, como imagen hiperbólica con que medir todo aquello que, en cantidad o calidad, a nuestro parecer se sale de lo normal porque se tiene en demasía. Así que diremos que el zagal pequeño tiene la gracia a capazos, que el rico atesora el dinero a capazos o que cierta persona que no nos cae bien derrocha la mala leche a capazos, por no contar que llueve a capazos; y quien nos oiga quedará perfectamente informado de los excesos que, para bien o para mal, adornan a lo dicho.

De cancamacola

A pesar de la variedad del léxico común, a veces el lenguaje se queda corto para ponderar lo excepcional de un carácter o de una situación. Entonces es cuando la voz popular se lanza a inventar vocablos que retraten a lo vivo lo que se quiere decir. Cancamacola es uno de esos curiosos inventos que con solo escuchar sus sones largos e insistentes, aunque uno no sepa el porqué de su composición, nos lleva a pensar que se refiere a algo no muy común; y aún más, quizá áspero y desapacible. La familiarización con su sentido hará que con él se pueda describir a una persona de carácter fuerte, retorcido o intratable que se sale del patrón común, así que nos servirá para decir que nuestra suegra -nunca nuestra madre- es de cancamacola o que nuestro vecino Eugenio es un individuo de cancamacola. Aunque también podríamos utilizar la extraña expresión para consignar como de cancamacola un hecho extraordinario, peligroso o de difícil solución. Y no estaría de más el autodiagnóstico para comprobar si uno mismo resulta que es también de cancamacola, aunque nunca haya pensado que pudiera serlo.

Echar el carro por el pedregal

La imagen del camino es la más socorrida para retratar el curso de nuestra vida, que irá por buena o mala vía según el itinerario  elegido. El mal camino nos lleva a compañías, situaciones y hechos que desembocarán en un final equivocado, en la frustración y el fracaso. Pero, para esto, los habladores silvestres, más precisos y evocadores, echamos mano del carro –la vida- que, mal dirigido, cae en el áspero pedregal de las afueras del camino, que entorpece la marcha, si es que no impide el paso -el mal vivir-. Así que este descarrilamiento por el pedregal nos servirá para describir decisiones y comportamientos que nos apartan del buen hacer –“El Julián ha echado el carro por el pedregal”- y, sobre todo para las advertencias severas a quien dice o hace cosas que puedan echar a perder su propia vida o entorpecer la convivencia con los demás -“Cállate, que estás echando el carro por el pedregal”, “Si te juntas con ese, echarás el carro por el pedregal”-. Aunque como ya no existen los carros, pocos entenderán la gravedad de lo que les queremos decir.

¡Válgame la que se escostilló (por vérselo)!

Sepan que nuestra capacidad de asombro o de indignación ante lo que pasa alrededor no tiene límites. Una manera muy devota de potenciar la sorpresa o la mala impresión es invocar la ayuda de la divinidad: “¡Válgame Dios!” o ¡Válgame la Virgen!” expresan nuestra incapacidad de enfrentarnos nosotros solos a una situación que nos supera. Pero a veces esta manifestación se presenta como un desconsuelo ante la falta de ayuda divina cuando gritamos un incomprensible “¡Válgame san válgame!” Aunque el colmo de la sorpresa y la irritación ante lo disparatado o inadmisible se condensa en una invocación laica que potencia lo absurdo al reclamar la protección de alguien que lleva sus afanes al colmo de la inutilidad. Admiren cómo la requerida, algo entrada en carnes, dobla el espinazo inclinando la cabeza a ver si la implacable manta de grasa que le cubre el ombligo le permite contemplar los misterios de su entrepierna; hasta que la caprichosa e inútil contorsión por observar sus comperdón partes desemboca en el trágico desenlace, que servirá de imagen para retratar lo inaudito e incomprensible que nos resulta lo que hacen los demás.

Chanchas marranchas

No sé si habrán oído ustedes alguna vez la expresión cháncharras máncharras, cuya imposible pronunciación parece que la condena más bien a dormitar en algún rincón escondido del diccionario sin que nadie se atreva a decirla. Pero los habladores murcianos, dispuestos siempre a facilitar la buena y ágil expresión, hemos hecho una reforma universal de tan disparatado modismo de manera que, con abreviaciones y cambios de orden y de entonación, hemos mantenido su fonética complicada y enredosa dentro de unos límites razonables que sugieran lo que se quiere decir sin enredarse en un trabalenguas. Así, cuando decimos que alguien anda con sus chanchas marranchas o que no nos debemos fiar de ese fulano, que es un chanchas marranchas, queda perfectamente claro que nos estamos refiriendo a los rodeos, pretextos o artimañas de que se sirven algunos para no cumplir con sus obligaciones y compromisos, por no hablar de los enredos que vemos que alguien utiliza para llevar el agua a su molino, actuando según los dictados de su conveniencia. Chanchas marranchas, comportamiento enrevesado y marrullero, que atribuimos siempre al prójimo y nunca a nosotros mismos. Faltaría más.

A pijo sacao (ir, venir, hacer las cosas)

Los modismos y frases hechas son como los viejos daguerrotipos, que guardan para siempre la imagen fidedigna de un comportamiento o un suceso llamativos, que podemos repetir mil veces con la misma viveza y frescura, pero aplicada a situaciones diversas en las que vemos el mismo factor común que el dicho evoca. Vean, si no lo creen, esta estampa de la premura que no deja lugar a dudas de la decisión y rapidez con que se hacen las cosas: un hombre, apremiado por una urgencia mingitoria repentina, acude raudo y veloz a un ribazo, a un lugar apartado, a un rincón o, en el mejor de los casos, a un  retrete, con la herramienta en la mano, ya desembarazada de presillas, botonaduras y portañuelas, presto para satisfacer su inaplazable necesidad, aunque provoque el escándalo alrededor. Pues así, de esta guisa atropellada y urgente, nos imaginamos a todo aquel -incluidos nosotros mismos- que va o que viene o que realiza un mandado con la celeridad del rayo, con la urgente apretura con que actuaba aquel cuya imagen primera dio lugar a expresión tan acelerada y sugerente.

De/al chaspón

Podemos coger el toro por los cuernos o capearlo haciendo que nos roce la taleguilla, enfrentarnos a los problemas por derecho o solo tocarlos superficialmente, tratar cara a cara con un adversario o mirarlo sólo de reojo, recibir un tiro en el pecho o en la cara externa del brazo. Pero si lo meditamos con cierta lógica, preferiremos el segundo término de estas opciones, es decir, el chaspón, lo que se hace de chaspón, lo que queda en un mero roce o refilón, en algo que nos toca superficialmente, que pasa de manera ligera o fugaz o que vemos solo de reojo, asomatraspón. Pero no crean que no es desagradable y doloroso el dar de chaspón con el codo en una pared rugosa, el que nos den al chaspón con la mano en la cara, el comprobar cómo los asuntos se tratan de chaspón, el saber que una persona que nos interesa nos mira de chaspón o de reojo o el dejar pasar de chaspón una buena oportunidad sin disfrutarla. Así que hay que tener cuidado con el chaspón y con lo que ocurre de chaspón.

Más marrano/chino que las arañas

Dejando aparte las abubillas, que elaboran con porquería la arquitectura de sus nidos, muchos creerán que el cerdo –llamado por aquí chino, con perdón- es la imagen más rotunda con que encarecer la falta de higiene del prójimo, del que podemos decir que es “muncho chino” o que “va hecho un chino”, convirtiendo así chino -hablando conmigo solo- en la cualidad de sucio por antonomasia. Pero cuando los habladores silvestres decimos que alguien es más marrano o chino -con perdón de los presentes- que las arañas, tomamos como referente de la suciedad a un ser –desde la araña patúa al lero- que goza viviendo en la basura del escondrijo recóndito, del rincón polvoriento, del techo cochambroso, del recinto abandonado, de las entrañas del tronco carcomido –yo lo dijo Machado- donde instala el fino entramado de sus telas, que acabarán convertidas en colgajos sucios y empolvados. Sabido esto, nos bastará decir que un primo nuestro, o el vecino, o un recién conocido, es más marrano o chino –hablando cortamente-, que las susodichas, para que todo el mundo quede al tanto de la condición “no nada limpia” del aludido.

Tomar copero

Si oyen que alguien mienta la palabra copero por estos lares, no piensen que se refiere al mayordomo que escanciaba el licor al rey o al gran señor, o a lo relacionado con los trofeos deportivos en forma de copa. Porque es que aquí la imaginación popular había elaborado una imagen muy sugerente partiendo, no de copa, sino de la manipulación de la familia de copo y copete. Así como estas dos palabras designan el mechón de pelo, el plumero o el adorno que llaman la atención sobre una cabeza o un mueble, el copero nuestro ponderaba la fuerza, la importancia o la dimensión sobresaliente que un asunto iba adquiriendo. Y por eso decíamos u oíamos decir que la tienda de ultramarinos de Silverio estaba tomando mucho copero y nos irritábamos por el copero que adquirían las travesuras del hijo de la Luisa y no dejaba de preocuparnos el copero que iba cogiendo la verruga o el grano que nos poblaba la nariz. Aunque esta expresión, que tomó mucho copero antaño y que todo el mundo manejaba, hoy apenas se usa y muy pocos la recuerdan.

…Y la perra cazando

Los vocablos que designan elementos y acciones de la vida rústica pueden convertirse en imágenes poderosas y sugerentes para exaltar situaciones llamativas o encubrir la mención de lo embarazoso o mal visto. En la tertulia veraniega de la placeta o en el refugio invernal de la cocina –llamada por otros chimenea- se repasan las penas y venturas de familiares y amigos: el trabajo, las escaseces, las pejigueras del cuidado y la alimentación de los hijos, que son muchos en unas familias y otras, desde los nenes pequeños a los zagalones en edad de mocear. Y es entonces cuando alguien confiesa que ahora tiene cinco, cosa que ya se sabía; “y la perra cazando”, añade como una información novedosa que, a pesar de su literalidad aparentemente absurda, todos entienden y celebran mirando curiosos a su señora, sin necesidad de ser más explicitos, porque “hay ropa tendida”: los  hijos están presentes y hay que evitar su curiosidad malsana y sus preguntas inoportunas sobre un asunto del que está feo hablar. Y, finalmente, unos meses más tarde, llegará la sexta criatura, tan bienvenida como la presa de la perra cazadora.

Cosa mala

Está visto que el contenido y el uso de las palabras depende de la decisión de los hablantes, muchas veces dictada por el gusto o el capricho, sin otra justificación. Y eso es lo que ocurre, sin ir más allá, con la expresión cosa mala, que en todas partes viene a referirse a algo carente de bondad, dañoso; y como eufemismo, a enfermedad o asunto muy grave que se evita nombrar. Pero por aquí, por arte de birlibirloque, cosa mala se ha dado la vuelta completa para convertirse en un término ponderativo más de lo bueno que de lo malo, como un adverbio que resalta la intensidad con que se hace una acción, incluso sobrepasando hiperbólicamente el significado de mucho. De manera que la madre disfruta de las hambres de su hijo diciendo que “come cosa mala”, y todos confesamos que “el melón de agua nos gusta cosa mala”, aunque a veces nos quejamos de que “el precio del pan ha subido cosa mala”. Por eso, en muchas ocasiones, decir cosa mala no es mala cosa, sino todo lo contrario. Aunque no sé si me explico.

Ir/ llevar a coscoletas

Entre los juegos y juguetes más apreciados por la grey infantil siempre han estado los de montar: desde cochecitos de bebé a caballos de madera o de cartón, pasando por patinetes, triciclos y coches de pedales, hasta el burro que nos paseaba con la paciencia de los tales. Pero el más sufrido, el que lo aguantaba todo, era el cuerpo de los padres o de los criados de la casa, siempre dispuesto a cargar con el infante cansado o simplemente caprichoso, colgado de cualquier manera: en brazos, sobre el costado y, sobre todo, a cuestas, sobre la espalda o los hombros: a coscoletas, nombre gracioso y juguetón, como la propia postura del “jinete”, pegado como una lapa a la espalda o a horcajadas sobre los hombros, con las manos enganchadas al cuello de la “cabalgadura” mientras la aguijaba para que corriera o saltara más -¡Ay, cuánto señorito mamón a coscos del casero por caminos y veredas del campo y de la huerta!-. Pero hoy montar a coscoletas ya divierte poco al niño, y la palabra ha quedado un tanto arrinconada en la memoria de otros tiempos.

Dar descarte

Los entrometidos y fisgones harto trabajo tenemos, porque no crean que nuestra labor se limita a espiar lo que hace todo bicho viviente, poner la oreja en tertulias y conversaciones y, en definitiva, ser notarios de lo que ocurre en calles y salones, en asuntos ordinarios y en sucesos fuera de lo común. No; porque falta exactamente la segunda parte, la de cocinar y servir la comidilla de lo que allí ocurrió y se dijo, la de dar cuenta exhaustiva y fidedigna de sus dimes y diretes. Y en eso consiste el dar descarte: en desprenderse, como hace el jugador con sus cartas, de todo lo que uno conoce sobre un asunto, en sacarlo a la luz, sobre todo si tiene un componente inédito, secreto o morboso. Así quedamos contentos si hemos dado ehcarte de la última discusión de nuestros vecinos, de ciertas gestiones tenidas por discretas o de las tropelías urbanísticas jamás contadas del alcalde de turno. Y nos sentiremos felices con el interés que prestan a nuestro descarte los que luego irán dando descarte, a su vez, a otros, en una rueda sin fin.

Fumar más que un morciguillo

Hete aquí que los zagales han cazado un morciguillo – en otro lares conocido como murciélago- que estaba colgado cabeza abajo del techo de la cuadra o que ha aterrizado con su volar sonámbulo en el balaguero de la paja. Mientras la familia toma el fresco en la puerta o en la era, los nenes se entretienen sujetando sus enormes y sedosas alas para meterle un cigarrillo en el pico. El ave nocturna forcejea, aprieta los dientes y jadea haciendo que el cigarro humee como si estuviera fumando. Y todos, pequeños y mayores, ríen y celebran el prodigio del fumete del morciguillo. La imagen ya está forjada, así que sólo queda aplicarla al vicioso empedernido o al zagalico fumador precoz para ponderar su fumar continuado y compulsivo. La abuela reconvendrá al nieto cogido in fraganti diciéndole que fuma más que un morciguillo y lo mismo hará la señora con el marido que fuma hasta en misa, y todos con el enfermo del pecho que, aun así, fuma más que la nocturna ave. Ni que decir tiene que con esta sentencia todo el mundo quedará enterado del asunto.

Me cache en diole/diela

El lenguaje suele ser válvula de escape para las irritaciones y enfados: en la retórica popular tonos elevados, interjecciones, blasfemias y expresiones malsonantes canalizan los estados de ánimo descompuestos e iracundos; pero al mismo tiempo todo un mundo de creencias y temores ancestrales tratan de refrenar las expresiones social o moralmente reprobables. Ciertos eufemismos son la expresión fidedigna del quiero y no puedo, del digo y el diego  de la blasfemia y la malsonancia. Y ninguno más llamativo que el que encubre la mención ofensiva y nada vana del nombre de Dios: el verbo maloliente se convierte en el neutro me cache, cercano a la cursilería finolis del mechachis, mientras que el nombre del ofendido se deforma, de manera que unos lo convierten en diez y los otros en diole/ diela, términos que parecen no tener nada que ver con el referente en que se piensa, pero que todo el mundo entendía y admitía, dado el significado aparentemente inocuo de la expresión. Hoy, mayores y niños, sin ninguna traba, presumen de blasfemos y malhablados; así que se burlarían de nuestros remilgos expresivos, me cache en diela.

Que hay ropa tendida

Veamos una cuerda de ropa recién lavada flotando al viento, y cerca de ella un grupo de personas, hombres y mujeres, mayores y pequeños, que conversan animadamente, sin ningún reparo en hablar de todo; hasta que alguien pronuncia la frase enigmática que inquieta a todos, les hace mirar a uno y otro lado y les lleva finalmente a callarse o cambiar de tema. Seguro que se estaba hablando de temas escabrosos, relacionados especialmente con el sexo y la reproducción. Pero no pensamos que la ropa tendida, esté o no presente, pueda escandalizarse de lo dicho. Solo un observador minucioso podría advertir que alguien hace un guiño o señala discretamente a los zagales allí presentes, y entonces caería en la cuenta de que aquellas crituricas ingenuas y puras, desconocedoras de lo que los mayores comentan, son como la ropa limpia que debemos cuidar de que no se manche de salpicaduras. Aunque esta prevención ante la ropa tendida era antes, porque hoy nadie se guarda de airear guarrrerías y brutalidadades expresivas, aun con niños presentes. Si no son ellos mismos los que las dicen sin ningún pudor.

En tenguerengue

Saludar es de gente civilizada; aunque la retórica sobre la salud se componga de clichés fosilizados, repetidos invariablemente sin apenas contenido: “¿Qué tal?”, “Bien, ¿y tú?”; “¡Cómo estamos?”, “Pues vamos tirando (millas)”. Y si los repetimos con frecuencia, e incluso varias veces al día, corremos el riesgo de ser tomados por tontos de marca mayor, como ya nos advirtió Quevedo. Pero a veces la pregunta no es mera cortesía, sino que está cargada de interés -”¿Qué tal la abuela?”, “¿Cómo va el tío Fermín?”-, lo que exige una respuesta más precisa, como un diagnóstico. Pero cuando el estado es inestable, de pronóstico reservado, hay una respuesta que, aunque en principio parece imprecisa, describe muy bien la imagen de quien está “así, así” o “más p´allá que p´acá”, en un delicado equilibrio, para bien o para mal. Entonces diremos que la abuela o el tío están en tenguerengue. Y lo mismo de todo aquello que está en situación crítica, como una maceta al borde de una repisa o una reparación hecha para mantente mientras cobro. Y así diremos lo que queremos decir y nos entenderemos todos.

Ehjarrarse/ ehjarretarse a llorar

Mil caras y otros tantos sones tiene el llanto, llamado por otros llantera y por nosostros lloraera. Del llanto hondo y silencioso de quien, como Mio Cid, abandonaba su patria “de los sus ojos tan fuertemente llorando”, con las lágrimas regándole las mejillas, hasta el gemecar, que se manifiesta con sollozos entrecortados, muchas veces más fingidos que sentidos, con el fin de llamar la atención de los demás. Pero hay una lloraera de tonos patéticos que combina lágrimas, muecas y sonidos acusados y estentóreos como expresión de un sentimiento doloroso e inconsolable. Y el lenguaje se encarga de retratar su tono desesperado y trágico cuando decimos que el niño se está ehjarrando a llorar en la cuna o que la abuela se esjarraba a llorar al ver al abuelo herido. Pero aún hay un paso más en este desgañitarse del llanto que parece potenciar el desgarro de la garganta del lloroso. Entonces es cuando vemos al niño “ehjarretándose a llorar” sin consuelo o decimos que la abuela “se ehjarretaba” a llorar ante el cuerpo del abuelo maltrecho. Que siempre hubo grados en esto de la lloraera.

Entrar/ presentarse/ estar con las aguaderas puestas
                      
Rueda de prensa de la gloria deportiva de turno con gorra de enorme visera calada hasta las orejas o colocada al revés; alumnos que entran en clase dando una patada a la puerta, aderezados con gorra, camiseta de hombreras y bermudas; representantes de las fuerzas vivas locales en actos culturales, oficinas o consultas médicas con chanclas y sombrero de paja o, en su defecto, con casco de motero (o de buzo); una infanta de España que saluda a las autoridades, preside un acto solemne, pronuncia un discurso y se despide cubiertos casco y rostro con un sombrero panamá. Pues bien, yo tengo que recordar que a esto en mi tierra se le llamaba “ir con las aguaeras puestas”. Porque las normas de cortesía de los seres silvestres y, en general, de las personas educadas, dictaban la forma de presentarse en público y de comportarse en casa o sitio ajenos: pedir permiso, quitarse la gorra o el sombrero al traspasar el umbral… Pero vista la reforma actual de las costumbres, me da por pensar que soy yo el que, sin saberlo, lleva puestas las dichas aguaeras.

Dar cojetás

La cháchara popular se esfuerza por que los vocablos sean reflejo vivo de la realidad que retratan, por que nos hagan ver, oír o gustar lo que nos dicen, sea un referente amable y armonioso o una realidad desapacible y de poco gusto. Cojo es un término que evoca el desgarro del tullido que arrastra su defecto físico con posturas y contorsiones con las que intenta andar sin perder del todo el equilibrio. Lo que hace el cojo es cojear y el mal que padece es la cojera, que, como toda tara física, suscita la curiosidad, la compasión o la burla, según el tipo de relación con el afectado. Pero solo la parla popular ha ido más allá, con un término preciso y rotundo que capta el efecto de la acción de cojear. Cuando decimos que alguien anda dando cojetás, sentimos cómo la pierna más corta baja rauda para percutir –tas- en el suelo, y luego sube para volver a precipitarse otra vez con un golpe seco, como si del frenético e incansable sube y baja de la aguja de la máquina de coser se tratara: tas, tas, tas.

Ponerse, quitarse los folios

Folio es el nombre culto con el que los leídos bautizaron las hojas de los libros y cuadernos, a imagen y semejanza de las que cubren y adornan los árboles. Pero la inventiva de los habladores silvestres, haciendo una vez más alarde de una cultedad impropia de su condición, recurrió a folios para componer una imagen novedosa y atrevida del atavío de las personas. Si decíamos que había que irse poniendo los folios para ir a misa, a la fiesta, a una boda e incluso a un entierro, todo el mundo nos entendía; y al regreso de tales eventos había que quitarse los folios, y todos sabíamos de qué se trataba. Los folios eran la vestimenta, los tocados y los aderezos con los que nos alistábamos para acudir a un acontecimiento, así como las hojas visten y hermosean los árboles. Pero a ustedes lo que digo quizá les parezca sueños y fantasías, porque hoy nadie recuerda vocablo tan distinguido con el que nombrábamos con toda naturalidad el atuendo aseado que nos poníamos y luego nos quitábamos en ocasiones señaladas. Pero así era, aunque no lo crean.

A gallete

La participación en la vida social requiere superar ciertas pruebas para ser aceptado por el grupo de edad, de juegos, de aficiones o de cualquier otra actividad. En otros tiempos, entre las muchas señales que demostraban la adquisición de la seguridad y la autonomía por parte del nene o del zagal estaba la de aprender a beber agua a gallete, es decir, recibiendo el chorro del botijo sin poner los labios en el pitorro, situado cuanto más distante mejor. Toda la familia celebraba que el nuevo infante ya no bebía mamando del vaso o de la jarra; y, por el contrario, el grupo de zagalones y juagarzos se burlaba del torpe que no era capaz de mantener el gallete; y todos, grandes y pequeños, se reían del señorito o del finodo que se chorreaba enteretico en su afán de emular el airoso gallete de los indígenas. Aunque no siempre el galllete era motivo de orgullo y reconocimiento social,  porque “cagar a gallete”, es decir, a chorrillo, si teníamos conperdón cagueta, era una acción vergonzosa para el doliente al tiempo que risible para el que no la padecía.

Pegarle fuego a la tinaja del agua

En tiempos de penurias y escaseces el rumbo y el derroche eran siempre, más que realidad, una ilusión, un espejismo que por un instante nos convertìa en personas desahogadas, con posibles, e incluso entregadas al lujo y la ostentación. Quien ansiaba que le tocara la lotería, el que se creía afortunado por una buena cosecha o por recibir una excelente noticia, e incluso los que celebraban algún evento de tono menor como una opípara comida o el encuentro con un viejo amigo, se dejaban llevar por la euforia del momento, que quizá no era para tanto. La expresión pegarle fuego a la tinaja del agua certificaba el deseo de entregarse a decisiones y aventuras extraordinarias, aunque fueran temerarias e irrealizables, tanto como lo era el derroche que suponía el desperdicio de bien tan preciado en tierras de sequía, sumado a la disparatada pretensión de entregar al fuego el agua que sirve precisamente para apagarlo. El dicho, casi siempre en primera persona del plural, reflejaba la euforia desatada de quien buscaba compartir, aunque fuera por un momento, unos sueños vanos, que el mismo sabía que eran inalcanzables.

Al igual/ anigual

Los hablantes vulgares no sólo inventamos términos para designar las cosas que solo existen en nuestro pequeño mundo, sino que a veces creamos vocablos y expresiones de carácter abstracto, enlaces o modificadores de frases, que empleamos en vez de las de uso común. Y eso es lo que hemos hecho con la locución adverbial al igual, que, apartándose del significado académico “con igualdad”, se ha convertido en un adverbio de duda que expresa la falta de seguridad del que habla sobre lo que está diciendo, como podía hacerlo con quizá, tal vez, a lo mejor o posiblemente: “Yo al igual voy también a la boda”, “Mi cuñado al igual está ya de vuelta”. Pero no conformes con esta construcción, dimos un paso más y la fundimos en una sola palabra, anigual, que significa lo mismo: “Esta anigual no está ca su madre, “Las procesiones anigual no salen este año”. Anigual estoy equivocado, pero me parece que anigual ustedes han oído o utilizado alguna vez estas expresiones. Si es así, cuídenlas y mímenlas porque, si no, al igual se nos imposibilitan y se nos mueren cualquier día.

Tener muchas ínsulas

Entre la fauna variada de los hablantes vulgares, podemos distinguir el caso peculiar de los etimólogos populares, que confunden dos palabras de significado parecido, de manera que usan indebidamente una por la otra. Entre ellos hay dos especies diferenciadas. Unos son los que someten a una degradación vulgar el término confundido, de origen culto o selecto, para adaptarlo a su mundo cercano. Así sandalias, relacionado con andar, se transforma en andalias; esparadrapo, con trapo, se convierte en esparatrapo; mientras que desternillarse viene a ser destornillarse por contagio de tornillo. Y los otros somos los hablantes, en el fondo poco ilustrados, pero con ínfulas de finura y elegancia expresivas, que nos llevan a sustituir el término litúrgico latino ínfula, excesivo para nuestras entendederas, por el también clásico ínsula, no menos estrafalario, que designaba uno de los espacios míticos de las aventuras caballerescas, conocido este quizá por haber oído, que no leído, que don Quijote prometió a Sancho Panza como valiosa recompensa una ínsula. Identificábamos así el exceso de presunción y vanidad con la posesión, no de una, sino de muchas ínsulas. De modo que no íbamos tan descaminados.

Ponerle a alguien la piedra en la cuesta

Hay momentos en que el carácter de las personas o las circunstancias ponen trabas para decir o hacer lo que uno quiere o lo que los otros quieren que uno haga o diga. La prudencia o la vergüenza hacen que no nos atrevamos a hablar de determinados asuntos o a hacer cosas que puedan resultar demasiado llamativas o poco convenientes. Pero para eso están los demás, quienes, por curiosidad bienintencionada o malsana, gustan de saberlo todo, aunque no les importe, o tienen interés en que el otro se comporte de una determinada manera. Y para animarlo no hay nada mejor que ponerle la piedra en la cuesta, como si al sufrido campesino le colocaran el bolo en la pendiente para facilitarle su desplazamiento cuando está entregado a la ruda labor de rular piedras para limpiar terrenos escarpados y hacer pedrizas. La piedra es la palabra o el gesto que invita a contar lo inconfesable, que facilita la declaración de amor o incita a la aventura temeraria, con una imagen algo más rústica que la que sugiere cómo le facilitaban las cosas  al rey Fernando vii.

En el inte

Déjenme que reivindique esta expresión que, aunque aparece en el diccionario académico y en algún palabrero murciano, está prácticamente obsoleta, como ahora se dice. Y no es que le falte raigambre clásica, porque proviene de la voz latina interim, integrada en la locución ad interim, que significa “entre tanto, en el ínterin, provisionalmente”. Pues bien, algunos recordamos haberla oído, así o como inter o inten, con el significado de “al instante, al momento”, referida a  la inmediatez de una acción –“Voy en el inte”, “Se puso a comer en el inte”-, es decir, al instante, inmediatamente. Pero también adquiría un sentido casi detectivesco y policial cuando se utilizaba en un contexto de hostilidad, en cuyo caso indicaba que se había cogido a alguien in fraganti, en el momento justo de acometer una acción no muy recomendable: “Robó las cabras y lo cogieron en el inte”, “Me gustaría ver la cara que ponía en el inte”. Ustedes seguro que no la recuerdan; pero yo sí, porque estaba en el lugar y en el momento oportunos -en el inte- en que aún se utilizaba. Y por eso lo cuento.

Echar, sacar el jámago

Cuando los habladores informales quieren dar cuenta de una realidad fuerte, dolorosa o detestable, no dudan en manipular los vocablos para, cambiando o añadiendo ciertos sones, subrayar lo que encierran. Tomen nota, por ejemplo, del soso (h)ámago, que nombra el residuo correoso y amargo que las abejas mezclan en el panal con la dulce miel, cuyo gusto desapacible parecía potenciarse si le llamábamos jámago. Y mucho más si lo utilizábamos como imagen para resaltar el aprovechamiento exhaustivo e incluso abusivo de algo o de alguien. Así, en cualquier momento podíamos certificar nuestro cansancio al decir que veníamos “echando el jámago” -que en el ser vivo sería la bilis o el jugo gástrico- tras una caminata o una faena dura y fatigosa; y también podíamos ponderar hasta la exageración el hecho de aprovecharse de algo o de alguien, si lo exprimíamos y le sacábamos todo y más de lo que podía dar: se le “sacaba el jámago” a un limón muy escurrido, a un bancal cultivado intensivamente para obtener el mejor rendimiento o al viejo indefenso al que los familiares iban despojando de todos sus bienes y dineros.

Estar uno que le echa el culo al perro

La vara de medir la abundancia, y sobre todo su ostentación, es una regla variable y caprichosa que depende de las circunstancias en que se aplique. Pero ninguna tan fidedigna como la que inventaron los habladores silvestres lorquinos, tomando como referencia un detalle tan nimio que podría pasar desapercibido: cuando en la muertechino, el matachín empuñaba su arma para abrir y vaciar el cuerpo del cochino, hablando conmigo solo, lo primero era extirpar la zona anal de la víctima con los conductos que llevan a ella, pieza que, para evitar trámites, se colgaba en un clavo o en la rama de un árbol, abierta a la posibilidad de hacer con ella un buen cocido. Pero hete aquí que las familias rumbosas podían donarla a un mendigo o a una tropa de gitanos. O, en el colmo de opulencia y la demasía, arrojársela graciosamente al perro, como si estuvieran tirando la casa -y el gorrino- por la ventana, haciendo así bueno el dicho con que se ponderaba irónicamente la ostentación no muy fundada de algunos, que con tan poco presumían de derrochar mucho.

Llenársele a uno el gorro de guijas

Sancho Panza diagnosticó que don Quijote había confundido unos molinos de viento con gigantes porque llevaba “otros tales en la cabeza”. Aplicaba aquí el escudero una imagen original, entre las muchas que tratatan de explicar los desvaríos, fantasías o necedades del género humano, siempre que no se trate de nosotros, atribuyéndolos a la influencia de elementos que perturban el funcionamiento equilibrado de la sesera. Tener pájaros o serrín en la cabeza, tenerla echa agua o tener poca sal en la mollera son muestra fidedigna de ciertas conductas anormales. Pero la imaginería popular extiende más allá de la cabeza ciertas reacciones, como el hartazgo que refleja el ”estar hasta el gorro”. Pero si ese hartazgo lo vemos como una reacción no muy justificada del prójimo, indudablemente decimos que al tal “se le llena el gorro de guijas” por muy poco; pero sin que nadie sepa explicar el efecto de esta leguminosa papilionácea, llamada por otros almorta, en su comportamiento. Y no hace falta decir que las personas suspicaces o irascibles suelen llevar el gorro provisto de una buena cosecha de ellas. O al menos eso nos parece a nosotros.

…Más que el decirlo

Si oyen ustedes que ese niño corre más que el decirlo, que Andrés es más tonto que el decirlo o ustedes mismos confiesan que están más hartos que el decirlo, veremos que estamos ante un símil que tiene mucho que ver con la discusión sobre la mímesis del lenguaje: si las palabras son imagen fidedigna de las cosas o meros signos que las representan arbitrariamente. Ni que decir tiene que quien esto dice considera que los hechos tienen más realidad y verosimilitud que los términos que los representan: que del dicho al hecho va un gran trecho, por lo que nos haremos cargo de su intensidad y certeza si los presentamos ante el oyente como algo real visto o vivido, más que referido o contado. Además, este cliché nos libera de repetir términos de comparación que no resultan siempre originales ni convincentes: Picio para la fealdad, burro como espejo de la ignorancia, la estrella fugaz como imagen de la velocidad…. Así que bastará con afirmar que algo o alguien es más feo, más tonto o más veloz que el decirlo para que todo quede claro y bien entendido.


Irse por loveao

Adán y Eva fueron arrojados con cajas destempladas del Paraíso Terrenal, donde vivían libres y felices, por violar la única prohibición que Dios les puso, y desde entonces tuvieron una vida erizada de paraísos vedados e inaccesibles. Porque vedar es prohibir, y buena parte de lo que quisiéramos hacer está prohibido, por unas razones o por otras: cotos vedados para el cazador; ropajes impuestos para el nudista; alimentos prohibidos por razones estéticas o de salud; ayuno y abstinencia para el buen cristiano; prohibido hacer aguas mayores y menores, escupir, fumar, gritar, patinar, jugar a la pelota, pasear perros… Pero lo que verdaderamente atosiga es saltarnos lo prohibido por antonomasia: lo ve(d)a(d)o, el conducto que cierra la glotis y, por la faringe, conduce a los pulmones, abierto solo al paso del aire. Si un buche de agua o de cocacola “se va por loveao” producirá carraspeos y toses incontenibles; pero si es una patata o una alita de pollo, el tósigo y las arcadas pueden preludiar el ahogo definitivo, como desenlace natural a la invasión de loveao. Luego no digan que no les advierto.

Luego a luego

A veces, los hablantes nada exquisitos preferimos formas de expresión más sencillas de decir que de explicar. Como sin darnos cuenta, los murcianos utilizamos con mucha frecuencia esta expresión, que tiene al menos dos significados, uno de ellos no muy fácil de entender. El fácil es el de adverbio de tiempo que -a pesar de su repetición que, aparentemente, debería de posponer aún más las acciones que se predican- significa, por el contrario, “pronto, enseguida, más pronto que tarde”: “El verano vendrá luego a luego”, “Tendremos que irnos a casa luego a luego”. Pero hay otro uso, también muy común, pero más complicado de explicar, con el que se introduce la aceptación de que una idea o un hecho, que a primera vista parecían descabellados, “a fin de cuentas” o “en definitiva” han resultado acertados o útiles: “Aunque hemos padecido mucho, luego a luego ha merecido la pena el trabajo”, “Hemos tenido que andar veinte quilómetros, pero luego a luego han estado bien empleados”. No sé si luego a luego ustedes me entienden; porque, si no, se lo vuelvo a explicar; luego a luego, naturalmente.

Padecer más que Simón con la pollina

En algunos lugares de nuestra tierra no hay hipérbole mejor que esta para ponderar las aflicciones de esta vida trabajada que tenemos: de la madre que carga con el labariento de la casa y de los hijos, del que soporta las fatigas de una ocupación laboriosa, de quien sufre las secuelas de un accidente o una cruel enfermedad, se dictamina que están padeciendo más que Simón con la pollina. Y los curiosos querríamos saber quién era este Simón que dio lugar al dicho y qué desgracias padeció con el citado equino que le convirtieron en ejemplo vivo del penaero. Unos nos dirán que se trataba del apostol Simón, conocido luego como Pedro, del que la tradición cuenta que conducía la borrica sobre la que entró Jesús en Jerusalem, y el dicho  encarecería el bregaero que un personaje tan impulsivo sufriría para gobernar el tozudo animal. Pero para otros poco importa el nombre y los pelos y señales del hecho, porque lo principal está en hacerse cargo de la magnitud de los trabajos y padeceres de aquel a quien asociamos con el Simón de la borrica.

No me hagas

“No me hagas”, podrían decirle los indígenas del territorio suroccidental si usted decía o hacía cosas chocantes o molestas, y usted se pondría muy atento y aguzaría el oído para entender el resto de esta frase apelativa. Pero no habría tal, porque no me hagas era una expresión completa en sí misma, que traducía la sorpresa o el desagrado ante lo dicho por el interlocutor: si alguien nos pedía un favor imposible, si decía que había visto un burro volando o si confesaba que le había tocado el gordo de la loterìa, nosotros podíamos expresar  nuestro rechazo o nuestro asombro con un rotundo “No me hagas”. Aunque les diré que no me hagas tenía mucho de expresión recatada y eufemística, un tanto cursi, que se solía escuchar más bien en conversaciones de mujeres; mientras que los hombres, más rudos y desconsiderados, se  inclinaban por completarla (por ejemplo, con “la puñeta”) o sustituirla por otras de tono más bronco y desapacible, que aquí no vamos a citar. Pero este giro anda ya perdido y olvidado, porque ahora ni siquiera las mujeres gustan de estas  elipsis y delicadezas expresivas.

Estar hecho una primavera

Cuando oigo que el viejo, el achacoso o el deprimido están hechos una primavera, me viene a la memoria la identificación clásica, y luego barroca, de las edades de la vida con las estaciones del año, para advertirnos que la existencia es un tránsito fugaz entre la primavera de la la juventud y el invierno de la vejez. De las cuatro estaciones, la primavera supone el renacer tras el letargo invernal: plantas y otros seres vivos recuperan su tono vital, y reverdecen también los ánimos del género humano, que festeja la alegría de vivir con canciones, bailes, fiestas florales, romerías... Pues bien, para nuestros habladores la expresión estar hecho una primavera manifiesta el deseo de ver la lozanía de la estación más hermosa del año, no en el niño o el joven, en quienes se da por descontada, sino en la abuela casi centenaria, en el enfermo convaleciente o en la persona de poco ánimo, a los que de forma bienintencionada o con cierta ironía, aunque sea por un momento, retratamos en la plenitud de la salud y de la vida. Como a mí, sin ir más lejos.

Al pintar el día

Muchos, llevados de una falsa creencia, pensarán equivocadamente que los habladores silvestres, dada nuestra rusticidad y escaso apego a las letras, si ya maltratamos la prosa, recurriremos a pocas licencias poéticas en nuestro hablar. Pero si un día se despiertan muy temprano y, aún oscuro por todo el mundo, se asoman al balcón o se adentran en la soledad del campo, serán testigos de la batalla perdida de las tinieblas con la luz, que se anuncia con los rosados dedos de la aurora señalando, como si surgieran de la nada, los perfiles de las cosas. Entonces sabrán que es al pintar del día, como nuestros habladores, testigos del prodigio diariamente repetido, llaman al momento en que los mil colores de la paleta de la aurora van creando la imagen del paisaje que emerge del misterio nebuloso de las sombras. Aunque los que madrugan para la guarda del granado, el laboreo de la tierra o el viaje tempranero al pueblo, preocupados por situar sus acciones en una referencia temporal precisa, quizá no piensan en la fineza y la poesía de su hallazgo. Ni falta que les hace.

En semejante sitio

Los hablantes muchas veces recurren a signos de distintos lenguajes para dar un tono redundante a un mismo mensaje que asegure su comprensión de manera inequívoca. Entre otros muchos casos, detengámonos en que la función señaladora de los demostrativos se suele reforzar con indicaciones gestuales del dedo o de la mano, con el giro de la cabeza o con tocamientos. Así ocurre cuando nos referimos a una realidad presente, como las distintas partes del cuerpo, que podemos localizar con pronombres o adverbios demostrativos o con la expresión en semejante sitio, mientras nos agarramos o señalamos el punto exacto al que nos referimos. Pero en otros tiempos en semejante sitio podía convertirse en una indicación en clave que, al no ir acompañada del gesto mostrativo, eufemísticamente evitaba identificar de qué lugar se trataba, aunque todo el mundo entendía que se refería a las comperdón partes situadas en la entrepierna o en las posteridades del cuerpo, que por pudor convenía no mentar. No como ocurre en el decir de ahora, que, para bien o para mal, todo el mundo nombra y muestra sin ningún reparo aquello que antes estaba feo señalar.

Dar pasás

Recuerdo como si fuera ayer aquella estampa del consejo familiar en torno a la cama del niño postrado y dolorido. Mientras unos apostaban por la medicina convencional de parches, emplastos, purgantes, lavativas y desahumos; otros ponderaban las propiedades milagrosas de ciertas medicinas tradicionales que curaban como por ensalmo una pulmonía, un dolor de madre o una quebrancía. Había, según unos, que avisar al rezador, que remediaba toda clase de dolores y daños, incluidas las verrugas más pertinaces, con una oración; según otros, al curandero, que con una simple botella de agua, de misteriosos origen, pero de efectos curativos radicales, como si del bálsamo de Fierabrás se tratara, resucitaba al enfermo ya desahuciado con unos tragos del benéfico remedio. Aunque finalmente se acordó que había que darle pasás. Para ello, bastaban unas manos diestras con que aplicar un suave masaje sobre la zona dolorida del enfermo que transmitiera la gracia del sanador, que era como una letricidad que ahuyentaba dolamas y malengues, sin otro requisito que el paciente no fuera un descreído y gratificara con largueza al curandero, en cuyo caso las pasás lo dejaban nuevo y bien dispuesto.

Ir/ venir follao/ follaico vivo

Los habladores del sur disponen de dos expresiones que extreman el afán de exagerar la presteza y la diligencia con que se hacen las cosas. “Ir a pijo sacao” es ir o hacer a toda velocidad, como el que se encamina, casi ciego, con la herramienta en la mano, a solventar una urgencia mingitoria, si no es una inaplazable apetencia sexual. Pero en el caso de follao, la urgencia perentoria es más desazonadora e inquietante porque nos empuja y acomete por detrás, con el recelo que eso conlleva: no sabemos si nos arrastra el viento de un gigantesco fuelle, o quizá nos avergonzamos de que la ventosidad salga de nosotros mismos a raíz del esfuerzo; pero quizá la mejor imagen es la de que se trate de alguien que ha abusado de nosotros atacando impúdicamente nuestras posterioridades. Pero si decimos del tal que va o viene o hace las cosas “follao vivo” o “follaico vivo”, aumentamos la intensidad y dimensión del hecho con el adjetivo y, aún más, con el diminutivo, que, lejos de aminorar su relevancia, lo agranda y lo acelera hasta límites casi inimaginables.

Tener/ echar gusto

Es sabido que el gusto es el sentido con el que se percibe el sabor que tienen las cosas, y también se llama gusto al propio sabor, sin entrar a valorar si es bueno o malo; y solo los calificativos que le pongamos nos dirán si es amargo o dulzón, por poner un ejemplo. Así que cualquiera que oiga este dicho pensará que se trata de una expresión redundante, por innecesaria. Pero hete aquí que muchos habladores murcianos rompen la neutralidad del vocablo, atribuyéndole un significado peyorativo cuando se refiere a los alimentos: se trata de mal sabor, de un paladar impropio, alejado del que habitualmente suelen tener. Si decimos que el agua tiene gusto, estamos pensando que esta, lejos de ser insípida, tiene mal gusto, por estar corrompida o contaminada con otras sustancias; y el aceite con gusto es el rancio o con demasiados posos. Y puestos así, podemos decir que aquel guiso de lentejas echaba gusto o que la carne que compramos ayer tenía gusto porque estaban estropeados o corrompidos. Por eso, nuestro “echar gusto” no es cuestión solo de gusto, sino de mal gusto.

Dar malculillo

Cuando vemos a los niños espatarrados en el sofá y ensimismados en el televisor, la play, la tableta o el teléfono, algunos recordamos un tiempo en que la vida del zagal era un tanto silvestre y los juegos infantiles tenían lugar en la calle, y no en el salón. La imaginación de los participantes creaba el juego cada día, y su repetición lo hacía costumbre y tradición; pero siempre sometido al grupo, donde se asignaban papeles y jerarquías según la capacidades o simpatías del individuo. Así que había juegos que, más que eso, eran pruebas que medían el valor o la fuerza de los participantes y, en definitiva, su perseverancia para aguantar en el grupo. Entre estos juegos asilvestrados y políticamente poco correctos, el malculillo, variante un tanto arriesgada del manteo, consistía en columpiar a la víctima cogida de las manos y los pies, con el riego inminente de que el culo rozara con el suelo, o fuera metido en un charco, o sencillamente lo soltaran de golpe, mientras se cantaba algún estribillo alusivo al evento, como el que dice: “Malculillo, malculillo, / corre, corre que te pillo”.

Mandar (mucha) romana

En estos tiempos de básculas analógicas o digitales de enorme precisión no estaría de más recordar un instrumento hoy apenas utilizado ni recordado: la romana, con su larga barra graduada y el pesado pilón colgado de uno de sus tres ganchos con que se equilibraba el peso. En otras épocas nunca faltaba este artilugio portátil que contaba en onzas, arrobas o quilos el peso de animales, capazos y costales de cereales, harina o almendras, ya fuera sostenida a brazo si era romana pequeña, o colgada la grande de un palo apoyado en el hombro de dos hombres fornidos. Ni que decir tiene que a más peso, más valor de lo pesado. Y de ahí derivó una imagen rotunda e incontestable para ponderar la valía, la influencia o el poder de una persona, y también la relevancia de un asunto: si decimos que el tío Genaro manda aquí mucha romana o que en ese matrimonio la señora manda mucha romana o, finalmente, que el tema del agua manda romana entre los agricultores, todo el mundo tendrá constancia del peso y la importancia de aquello de lo que hablamos.

To lo nacío

Estoy casi seguro de que ustedes no han oído una expresión más inclusiva y universalizadora que to lo nacío, con la que se exagera la cantidad y variedad de lo referido, con la buena intención de encarecerlo: si en aquella tienda hay de to lo nacío es que está repleta de toda clase de artículos, si la nena tiene de to lo nacío en el ajuar guardado en el arca es que es completísimo, si en la mesa han puesto de todo lo nacío es que no puede estar mejor abastada. Pero también la frase puede compendiarlo todo, no ya para encarecerlo y alabarlo, sino con el propósito de descalificarlo y maldecirlo, manifestando así el enfado y la irritación monumental de quien la pronuncia: “Me cago -con perdón- en to lo nacío”, decimos cuando nos machucamos un dedo con el martillo, o se hos ha extraviado la caja de las herramientas, o el zagal se ha caído de la bicicleta. Así que no hay mejor termómetro que este tó lo nacío para registrar la visión optimista o, por el contrario, desapacible y agresiva, de aquel que la dice.

Menear los palillos

Los sones del hablar nos trasmiten un cúmulo de referencias literales que todo el mundo entiende; pero en muchos casos se convierten en imágenes en que se asocia el sentido primario con otros aparentemente alejados de él. Así, si alguien habla de menear los palillos, inmediatamente vemos cómo la señora hace media con la aguja inserta en una varilla puntiaguda o maneja los bolillos con que teje el encaje; pero también oigo las varitas con que repiquetea el tamborilero o el guitarrista golpea para llevar el compás. Pero no se trata de eso: hay que imaginar una película de cine mudo en que el azogado protagonista va despendolado de un sitio a otro con un continuo y desenfrenado ajetreo de piernas y brazos que se agitan sin tregua como los citados palillos, y entonces es cuando sabremos que menar los palillos es afanarse mucho en la tarea. Con esto, solo nos queda decir que, más que la descripción del hecho, suele ser un “hay que menear los palillos” que pondera lo esforzado de la faena, ya sea encareciendo la nuestra o advirtiendo de su dificultad a los demás.

Amagar el lomo

Los aspirantes a un título, cargo o trabajo han de someterse a mil pruebas: presentación de méritos, ejercicios, exámenes, tests, entrevistas, que den cuenta de sus conocimientos y aptitudes. Pero esto no siempre fue así, sobre todo en la vida rural, donde la voz popular dictaminaba de forma inequívoca que eran aptos para cualquier trabajo si estaba demostrado que sabían y querían amagar el lomo: hacer cualquier trabajo físico, fundamentalmente los del campo, que exigían doblar la cintura para plantar, cavar, escardar, segar y, en definitiva, cultivar la tierra y recoger sus frutos. Al que amagaba el lomo, además de trabajador, se le consideraba persona esforzada, responsable y de toda confianza. En cambio, lo peor era decir de alguien que no le gustaba amagar el lomo: los amos no lo contrataban, el padre advertía a la moza casadera del peligro de hablarse con tal individuo, y la familia y los amigos lamentaban esta ominosa renuncia a amagar el lomo. Sólo los señoritos, que vivían de las rentas, estaban exentos de amagar el lomo; que este, y no otro, fue el castigo de Adán al ser expulsado del Paraíso.

Buscarle la púa al trompo

Los que no gozábamos de la habilidad de hacer bailar el trompo –por otros llamado peón-, envidiábamos la soltura con que algunos cogían aquel cono de madera terminado en una púa, al que arrollaban cuidadosamente una cuerda para lanzarlo y hacerlo bailar frenéticamente en el suelo, y luego cogerlo con la gracia de un prestidigitador para que lo siguiera haciendo sobre la palma de la mano, difuminado por el vértigo del girar, como si de un alocado derviche se tratara. Pero no menos nos llamaba la atención el enigmático “Búscale la púa al trompo” que en ocasiones profería el abuelo, como si de un desiderátum inalcanzable se tratara. Cuando un asunto se daba por imposible, cuando la discusión se atascaba o la búsqueda de un objeto resultaba estéril, venía esa especie de mandato categórico, que a todos y  a ninguno obligaba, para consignar la impotencia, y también la conformidad, ante el fracaso. Aunque también podía expresar el reproche a quien intentaba averiguar cosas inexistentes o hurgar en ciertas heridas. Operaciones todas tan estériles e imposibles como distinguir la púa de la peonza en el vórtice de su girar.

Hacer el paso

La imitación burlesca es uno de los recursos más socorridos para poner en solfa la apariencia, el carácter y el comportamiento de las personas: los alumnos caricaturizan al profesor o a sus propios compañeros a sus espaldas y en la tertulia siempre hay algún gracioso que parodia el comportamiento de familiares y conocidos. Pero por estos lugares a este remedar los defectos –que nunca las virtudes- del prójimo, se le llamó hacer el paso, pensando quizá que el compás del cuerpo da una imagen muy acabada del individuo; aunque luego no se imiten solo los andares, sino también los gestos y mojigangas, el peinado o la forma de hablar.  Así que era motivo de diversión hacer el paso al cojo, al desgarbado y al jorobado; pero también al tartamudo y al gangoso, al tuerto y al cegato, al tonto o al muy espabilado, siempre a espaldas de la víctima y, a ser posible, jaleados por un auditorio inclinado a la risa y a la burla. Aunque me temo que en estos tiempos ni el giro es muy usado ni está muy bien visto esto de hacer el paso.

Mega mega

Las cosas se pueden hacer de mil maneras o más, según la situación, el carácter y la intención de quien las hace; y la lengua tiene muchos modos de designar ese hacer, así que no es lo mismo hacerlas por las bravas que a la buena de Dios, a tontas y a locas o con primor. Pero hay quien, como Robert de Niro, las compendia solo en tres: “La correcta, la incorrecta y la mía”; aunque si somos exigentes nos quedaremos únicamente con la última, porque existen tantas maneras de actuar como personas. Y para demostrarlo viene que ni al pelo la expresión mega mega, que califica la manera particular con que cada persona hace las cosas: a su modo, a su ritmo, paso a paso, para diferenciarla de otras hechas con más diligencia, pero quizá de forma un tanto alocada o con descuido. De modo que si yo las hago “a mi mega mega” o usted dice actuar “a su mega mega”, es que usted y yo ponderamos nuestro trantrán de hacerlas y no el atropello o el tuntún con que las hacen otros.

Estar/ ir de minguillo

Un día, no se sabe cuándo ni por qué, los habladores de estos pagos acuñaron un término nuevo con que denigrar al prójimo o quejarse uno mismo de una situación humillante. Con este diminutivo vulgar, propio para llamar a niños desharrapados, a pastores y a criados, se trataba de retratar el comportamiento manso y sumiso de quien, sin personalidad propia, se somete a los dictados de otro que lo dirige y maneja a su antojo, sin ser su mozo o asistente. Decíamos que el tal estaba o iba de minguilllo cuando en la conversación, en el trabajo o en otras actividades cotidianas, aceptaba un papel secundario, siempre dispuesto a otorgar, a no tomar decisiones y a ser el mandado de otro. Aunque también era un término muy propio para expresar el inconformismo y la rebeldía de quien advierte que no quiere ser subordinado o subalterno de nadie. Así que cuando decíamos que Andrés estaba de minguillo del señorito o de su suegro o nos quejábamos de que alguien nos tenía de minguillo, todo el mundo entendía de qué hablábamos, aunque no siempre con qué intención lo decíamos.

Con las mismas

Los adictos al diccionario académico, si oyen decir “Me estoy un ratico contigo y con las mismas me voy a mi casa”, tendrán la certeza de que se encuentran en Cuzco o en las estribaciones del Macchu Pichu. Pero lo más probable es que no hayan llegado tan lejos en su aventura. Si visitan la villa de Moratalla o la ciudad, el campo y la huerta de Lorca, les sonará este con las mismas, tan del gusto de los indígenas de aquí, que, cuando queremos decir que vamos a hacer algo inmediatamente después de haber llevado a cabo otra acción, decimos con las mismas, y a todos nos queda claro, como si hubiéramos dicho acto seguido o a continuación. “Te dejo a la nena y con las mismas me pongo a planchar”, dirá la Maruja a su madre; “Se sentó en la silla y con las mismas se quedó dormido”, maldiremos del comportamiento de nuestro visitante un tanto distraído; e incluso yo, que esto estoy escribiendo, con las mismas no diré más de este giro tan nuestro; aunque otros con más autoridad lo sitúan en el Perú.

Solo, la y mondo, da

No parece que haya lugar en los diccionarios oficiales, ni siquiera en la memoria reciente de las gentes de aquí, para una expresión tan desgarrada y desoladora como solo y mondo. Mondo es lo despojado de añadidos o adherentes; pero sumado a solo, resulta una expresión redundante que pondera la soledad y el desarraigo del que se siente aislado, inerme, sin nadie alrededor. Pues bien, si fuéramos observadores curiosos de nuestro hablar, todavía oiríamos a alguna abuela lamentar que está sola y monda en la vida; y de la moza solterona que mira pasar el tiempo desde la soledad de su ventana y de la madre que se queda en casa cocinando mientras los demás andan de parranda por la calle, diríamos que se han quedado solas y mondas. E incluso leeríamos cómo Miguel Hernández recuerda en la distancia a Josefina sola y monda sin él, y cómo en otra ocasión ruega que lo dejen solo y mondo, sin ninguna compañía. Y entonces comprenderíamos que entre los distintos grados de la soledad y el desamparo el más descarnado es el que nos pinta solos y mondos.

Ponerse el culo del arca/ cofre

Decían las antiguas lenguas que el buen paño en el arca se vende: los bienes más preciados se guardaban como oro en paño, sin ninguna intención de airearlos ni hacer alarde de ellos. En lo viejos cofres y arcas, hoy desaparecidos, lo más valioso, los atalajes de fiesta, lo que se usaba solo en grandes ocasiones, se guardaba y resguardaba en el fondo, para no tocarlo ni estropearlo. Llegada la fiesta señalada, el acontecimiento del año, era la ocasión de ponerse el culo del arca, expresión con que se encarecía la importancia del suceso o se criticaba el afán de ostentación de los que hacían tal derroche. Así que vean cómo cambian los tiempos: de guardar lo más valioso en el fondo del cofre o del arca y no sacarlo mas que en fechas señaladas, hemos pasado a tener fondo de armario, que es un conjunto de ropa básica que se guarda allí dentro con la vana ilusión de que no pasa de moda, por lo que en cualquier momento podríamos recurrir a ella. Así que nada comparable con el culo de aquellos cofres y arcas.

A la calla/ callá callando

Callar es verbo para discretos: los que hacen las cosas sin llamar la atención, los parcos en manifestar lo que piensan o sienten, frente a los habladores de diluvios que hablan por no callar. Aunque ese callar puede ser un callandico, que añade al silencio un cierto toque afectivo, que retrata el cuidado y la delicadeza con que actuamos para no interrumpir un acto o una conversación, no despertar al que duerme o hacer más sorpresivo un encuentro inesperado. Pero no todos los silencios cuidadosos son bienintencionados. Sírvales de ejemplo este que, en el colmo del callar, actúa sirviéndose del casi olvidado a la calla callando, con una doble dosis de silencio que esconde, no ya la prudencia y la discrección, sino el sigilo y el disimulo de quien actúa en secreto consciente de que sus decisiones no están bien o no serán aceptadas. Decimos que actúa a la callá callando el novio que oculta que se entretiene con otras, el niño que hace novillos, el que abusa de la confianza del amigo a sus espaldas. Que a veces el silencio daña más que mil habladurías.

El pijo once

El repertorio de expresiones con que manifestamos el asombro, la incredulidad o el rechazo ante lo que hacen o dicen los demás, no tiene fin. Pero si ustedes quieren, les  recordaré que la cháchara murciana dictamina esa disconformidad de manera rotunda e inapelable con una locución en la que el vocablo áspero y desapacible tan grato para nuestros habladores se ve corregido y aumentado con un extraño numeral, que no se sabe si cuenta u ordena aquello a lo que determina. “¡El pijo once!”, dicho con seguridad y energía, deja bien clara nuestra actitud ante las propuestas inadmisibles de los amigos, los hechos que no nos gustan o las historias increíbles que nos cuentan. Ahora bien, no me pregunten quién inventó expresión tan poco explicable ni qué le llevó a aplicarla para tales fines, porque yo no lo sé. Pero sí les puedo asegurar que resulta muy eficaz, aunque no deje en muy buen lugar la fineza de quien la dice. Por eso algunos, para este mismo fin, recurren a “once núos”, modismo que les parece más presentable. Allá ellos, que sobre gustos no hay nada escrito.

Medio regular

Solemos ver las cosas desde una perspectiva subjetiva, generalmente interesada, de manera que una misma botella media la veremos medio llena o medio vacía, según los casos. Pero en cuanto al estado de las cosas o de las personas, aunque el término medio entre bien y mal es regular, algunos, no contentos con esta equidistancia inventaron la graciosa expresión medio regular, que rebaja el escaso justo medio del regular hasta la mitad. Así que si les preguntan cómo están de salud, cómo les va en el trabajo o cómo se llevan con la familia, contestarán que “medio regular”, dando la impresión de que aquello va menos que regular: exactamente la mitad de lo que el vocablo indica; es decir, bastante mal. Pero también medio regular es un recurso para quien no quiere presumir de buena salud, de la bondad de su trabajo o de la excelente relación con su familia, aunque se le adivine en el gesto su apreciación positiva. Que en esto de medir situaciones personales y estados de ánimo, el medio regular se aprecia como más o como menos según el cristal con que se mira.

La fin del mundo

El zagalico, curioso y observador, ponía el oído atento a la parla de los mayores, sobre todo cuando trataban de la fin del mundo, cuyo significado categórico y totalizador le atraía entre la curiosidad y el terror, estremecido ante la inminencia de las profecías que lo fijaban en el año 60 del pasado siglo, o para el día siguiente en el caso de la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, en 1962. En otras situaciones, la fin del mundo marcaba la lejanía incalculable que nos separaba de lugares o personas, que exagerábamos situándolas en el otro extremo, en el borde del precipicio, imaginando que la tierra era plana. Pero lo que encandilaba a aquel zagal era la llamativa y morbosa condición femenina que tomaba el dicho en la parla silvestre; y, sobre todo, la ampliación de su sentido, aquí aplicado también a sucesos extraordinarios, a situaciones desmesuradas o catastróficas. Era la fin del mundo una tormenta de piedra, el convite de la boda del Ginés y la ruptura del noviaje de la Inés. Y así todos quedaban enterados de la magnitud nunca vista de lo dicho.

Quedarse móvil

Móvil es la palabra que, como es sabido, caracteriza a todo lo que se mueve, y está muy de moda porque etiqueta al teléfono portátil, así llamado. Pero así como no es oro todo lo que reluce, tampoco es móvil todo lo que se califica de movible. Lo digo porque la sabiduría popular ha conseguido invertir radicalmente el sentido del vocablo, así que cuando se dice móvil, ha de entenderse precisamente lo contrario, es decir, inmóvil; e incluso ha ido más allá al crear una expresión que, como la cuadratura del círculo, plantea una contradicción radical entre sus términos: “¡Me quedé móvil”, exclama una señora al recibir una noticia inesperada, y lo mismo dice el caballero al que descubrieron en la cama con la otra; pero no debemos entender que salieron huyendo a cajas destempladas, pese a que hubieran querido hacerlo, porque en realidad lo que ocurrió es que la sorpresa o el miedo los dejó asombrados, paralizados, “inmóviles”, aunque parezca que dicen lo contrario. Cosas “veredes” y, sobre todo “oiredes”, que os dejarán móviles. O todo lo contrario, que no está muy claro.

Mirar nito nito

“Hablar, no habla; pero fijarse, se fija mucho”, habrán oído ustedes decir de alguna persona, mediante la identificación con el búho, que, inmóvil, con sus grandes ojos redondos y permanentemente abiertos, parece tener la mirada clavada, como con un imán, en un punto fijo. Pues bien, no hacía falta esta imagen zoológica, porque hay una expresión que certifica esa fijeza de la mirada con toda la rotundidad imaginable: si decimos que alguien “mira nito nito”, es que fija la vista en algo sin desviarla a otra parte; porque nito nito es la adaptación popular de la locución de hito en hito, que así lo significa, sirviéndose de la imagen de los hitos, que eran las estacas o postes que marcaban la linde de una propiedad o los márgenes de un camino, que el viandante había de ir observando con atención para orientar bien sus pasos y no perder la buena dirección. Así que si alguien nos mira nito nito, es que se fija en nosotros porque siente sorpresa, curiosidad o interés por nuestra persona. Para bien o para mal, que eso ya es otra cosa.

Once núos (a babor)

No me pregunten quién inventó expresión tan rotunda, y por demás enigmática, no se sabe si venida de la mar o de tierra adentro. Y no la busquen en catálogos fraseológicos ni en palabreros eruditos porque quizá no la encuentren. Lo cierto es que hubo un tiempo en que era de uso común en la parla informal, aunque con cierto tufillo a dicho un tanto áspero e incluso malsonante. Y no sabemos por qué. Lo que sí sabemos es que venía que ni pintada para expresar nuestro asombro y el consiguiente rechazo ante opiniones, peticiones y conductas que nos resultaban inoportunas, chocantes o ridículas. Si alguien nos pedía dinero graciosamente, o afirmaba que era posible volar a pelo, o se daba una importancia impropia de su condición, nos bastaba con exclamar “¡Once núos!” para que lo dicho o hecho por nuestro interlocutor quedara desautorizado, sin ningún viso de credibilidad. Además, sepan que si se le añadía “a babor”, tomaba un giro claramente náutico que resaltaba aún más el despego y el desprecio de quien la pronunciaba. Así que no sé qué más les voy a decir.

En puesto de

Cuando parecía que en esto del hablar ya todo estaba inventado y sesusos maestros de la gramática había registrado todo un caudal de términos y giros con que componer el discurso, resulta que los habladores silvestres pretendemos enmendarles la plana. Y muchas veces lo conseguimos, dándoles un nuevo sentido a sus vocablos, inventando otros radicalmente nuevos, e incluso construyendo giros gramaticales que enriquecen y hacen novedoso nuestro decir. Vean que la lengua ya disponía de numerosas locuciones con que manifestar que algo sustituirá a otra persona, cosa o acción: “en vez de”, “en lugar de” o “lejos de”. Pues bien, nosotros pensamos que nuestro “en puesto de” dice de forma más precisa dónde lo colocaríamos, no en un tiempo o lugar imprecisos, sino en la situación exacta que le corresponde. Así que cuando decimos que ·”invitaremos a Juana en puesto de Josefa” o que “en puesto de dormir, el zagal anda jodiendo”, estamos siendo incluso más precisos y claros que quienes nos tachan de llanos y poco ilustrados. Que “en puesto de” criticarnos, podrían aprender de nuestras novedosas soluciones idiomáticas. Que cosas más raras se han visto.

Mal dolor te dé (que trines, que clujas)

Las maldiciones ofrecen un enorme catálogo de males con que amedrentar o injuriar al prójimo, desde las más transcendentes, que auguran desgracias y condenas en el más allá –“Anda y que te lleve el barzoque”- a las que desean la muerte más o menos prematura. Pero las más crueles son los que condenan a sufrir los peores males en esta vida. En este orden, una de las más rotundas era la que deseaba un dolor nada benigno, aplicable a animales –reses que invadían el sembrado vecino o que no se dejaban ordeñar, caballerías desbocadas…- y sobre todo a aquellas personas que nos irritaban en un momento dado o queríamos mal de forma permanente. Pero como el maldecir no tiene límites, se podía ir más allá, añadiendo el efecto que queríamos que el dolor provocase en la víctima. Un dolor incontenible e insoportable que le hiciera clamar o reventar sin remedio. Pero esta maldición, escueta o con el añadido hiperbólico, ya apenas se utiliza, para satisfacción de las asociaciones protectoras de animales y de defensa de los derechos humanos. Aunque algunos todavía la echan de menos.

Que me muera aquí mismo

No se esfuercen porque ya no encontrarán a nadie que certifique la verdad de lo que dice con esta fórmula tan radical. Tendrían que volver aquellos tiempos en que mujeres de su casa, hombres barbados y niños poco más que de teta recurrían a mil juramentos que acreditaban sus dichos, poniendo por testigo a divinidades mayores y menores, exhumando a seres queridos o haciendo la señal de la cruz sobre la boca con firmeza y hasta con rabia. O yendo más allá, con esta fórmula que sobrecogía a los interlocutores más descreídos. Imagínense que hoy el político de turno iniciara cada una de sus promesas electorales con un rotundo “Que me muera aquí mismo si…”, y que otro tanto hicieran los banqueros que embaucan con la letra pequeña de sus ofertas; y, en general, los muchos que mienten más que hablan. Pero tal juramento ha desaparecido, como los demás, no solo por el descreimiento general que lleva a prometer, y solo por imperativo legal, sino porque en el fondo quizá estos sembradores de mentiras teman que, si se cumpliera a rajatabla el dicho, estarían todos irremisiblemente muertos.

Andar/ estar de correntillas

Nuestra correntilla es en todo idéntica a la correndilla de los finos; aunque la nuestra anda más cercana de la primitiva forma culta, que no siempre se nos va a tachar de vulgares y malhablados. Se trata de correr un corto trecho para tomar impulso ante un salto o como parte del correteo incesante de los juegos infantiles. Sin embargo, a las correntillas plurales los habladores silvestres les damos, además, otros usos muy acordes con su significado. Así. el ir y venir de una forma apresurada  y urgente ante un suceso imprevisto –un parto que se adelanta, una indisposición repentina, una noticia que debemos difundir…- nosotros lo conocemos como “andar o estar de correntillas”, y no precisamente un corto trecho. Pero las correntillas más genuinas son las producidas por la diarrea continuada y persistente –también llamada comperdón cagueta o caguetilla-, ya que, en este caso, en el término correntillas parecen aunarse la correncia del desagüe líquido e incontinente y la premura del correr apresurado para evacuarla, lo que nos lleva a decir con toda propiedad, pero sin faltar al buen gusto, que el afectado anda de correntillas.

Hacer(se) carbonato

Muchas son las imágenes que retratan a lo vivo la acción de romper o destrozar las cosas, y también la del cansancio extremo, físico o moral, en las personas: hacer(se) polvo, mixtos, añicos, quina, y otras. Pero fijense en hacer(se) carbonato: con una sustancia química de muchos usos, sobre todo relacionados con la limpieza y la higiene, se pondera la acción de romper en partículas mínimas, imaginariamente semejantes a las del polvo de tal sustancia: “El zagal hizo el cántaro carbonato”, “Mi hombre trae la ropa del trabajo hecha carbonato”. Pero también describe a lo vivo las dolencias y el cansancio físico –“Tengo los pies hechos carbonato”,  “Estoy hecho carbonato de tanto trabajar”-, y aún la fatiga moral –“La muerte del abuelo me hizo carbonato”. Y no olviden, además, que el deseo y la excitación sexual se describe como un “hacerse carbonato”. Y sepan que los exagerados, y también los más finos, pueden extremar doblemente el desastre diciendo que lo afectado ”se hace bicarbonato”. Pero podría ser peor, porque las cosas y las personas pueden llegar a “hacerse gas”, en el colmo de una volatilización que las desintegre.

En na(da) que

Los habladores llanos nos preocupamos mucho de hacer muy presente lo que decimos, recurriendo, si es preciso, a la exageración. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, cuando queremos ponderar la inmediatez de una acción con relación a otra anterior. Mientras que otros recurren a expresiones más o menos denotativas para marcar la cercanía temporal de ambos sucesos –tan pronto como, en cuanto, al punto que-, nosotros preferimos giros extremos que no dejen lugar a dudas sobre la diligencia del actuar. Así que podríamos decir en to(do) que…, con lo que encareceríamos la urgencia de lo que pretendemos; pero cuando elegimos en na(da) que, no hay lugar a dudas de que no tardaremos ni un segundo en hacer lo que afirmamos: “En na que termine, estoy contigo”, En na que me lave, salgo cortando p´al pueblo”, “En na que me llames, voy a recogerte”, decimos, y nuestro interlocutor queda enterado de nuestra implicación en el asunto y de la inminencia de nuestro hacer. Por eso podemos decir que en este caso poca es la distancia entre el todo y la nada a la hora de encarecer nuestra diligencia.

En parte nacía

Vamos a suponer: resulta que hemos perdido las gafas de cerca que tanto necesitábamos para hacer ese zurcido o para leer la última entrega de El hijo de la obrera, y las buscamos desesperadamente; echamos de menos el aparato del flit, tan necesario en esta época para que la casa no se nos llene de moscas, y no sabemos dónde ha ido a parar; se nos ha traspapelado la cartilla del seguro de enfermedad y nos hacemos tierra pensando dónde la hemos dejado; el nene se fue a jugar a la calle con sus amigos y esta es la bendita hora en que no ha vuelto, y la comida está puesta en la mesa… En todos estos casos, y en muchos más, nos deshacemos buscando el objeto o la persona desaparecidos dentro y fuera de la casa, arriba y abajo, en lugares conocidos y en sitios imprevisibles, y preguntamos por ellos a unos y a otros y, al final, confesamos que no los hemos encontrado en parte nacía, es decir, en ningún sitio que se pueda imaginar. Y entonces sí que, con razón, empezamos a preocuparnos.

La orden (cana)

Las interjecciones impropias con que soltamos de golpe nuestras emociones son casi infinitas, desde los eufemismos inocuos e incluso cursis, como cáspita o córcholis, a toda clase de términos groseros relacionados con órganos sexuales y funciones fisiológicas, conocidos de todos. Pero mencionemos una muy de aquí que, si nos remontamos a su origen, la veremos teñida de resabios de rebeldía y heterodoxia, hoy difícilmente imaginables. Hablo de la orden y la orden cana, abreviación de “Me cago en la orden cana”, expresión blasfema seguramente dirigida, de manera críptica, a la orden dominicana, odiada por ser la administradora de la Inquisición. Hoy, olvidado su turbio origen, cualquiera puede subrayar su admiración –“La orden, qué zagala más guapa!”-, sorpresa –“¡Qué susto me has dado, la orden cana!”- o irritación –“¡La orden cana con el zagal, que me lleva frito!” Aunque también es un sustantivo que define la magnitud de un hecho o lo extraordinario de una persona, al identificarlos con dicho término: “¡Esto es la orden cana!”, “Estos zagales son la orden”. No me digan que esta expresión no es la orden, e incluso la orden cana.

Abrazo chillao

De igual modo que expresamos nuestro desprecio, burla o aversión hacia el prójimo con actitudes y palabras cargadas de intención, también podemos manifestar de forma expresiva el apego y el cariño hacia los seres queridos. Y no hay mejor muestra de estos quereres que el abrazo chillao, que es un abrazo con banda sonora, cuyos gritos de alegría subrayan el calor afectivo que ya de por sí transmite la acción de estrechar el cuerpo. La del abrazo chillao es una técnica que se practica con espontaneidad desde la más tierna infancia: el nene pequeño proyecta su cariño con un abracico chillao, animado y celebrado con entusiasmo por padres, abuelos y demás familia. Así que el zagal cogerá el gusto de estos abrazos chillaos, hasta que llegue el momento en que comprenda que el abrazo y otras manifestaciones del cariño y del amor conviene que sean más bien recogidas y mudas, al menos en público. Aunque siempre recordará la emoción compartida de esta muestra de cariño y la gracia de la expresión que, a lo vivo, la retrata. Y en más de una ocasión reprimirá el deseo de repetirla.

Que pa(ra) qué

De siempre te atrajeron estas expresiones disfrazadas de una forma tan misteriosa, aparentemente incomprensible, por abierta e incompleta: “No me hagas”, “más que el decirlo”, “Que te voy a dar”… Pero ninguna tan desmesurada y expresiva como esta, con su aparente no decir nada. Este “que pa qué” te recuerda mil situaciones de la infancia en que, con la boca abierta, oías a tu alrededor su son explosivo y juguetón: tu madre que tenía cosas que hacer que pa qué, el abuelo que proclamaba que el nieto tenía una gracia que pa qué, y todo el mundo que cerraba con un enigmático que pa qué sus comentarios, quejas o alabanzas sobre lo mucho que llovía, la subida del pan o lo crecido que estaba el zagal. Y te ponías a buscarle las piezas que le faltaban, como el que le busca la púa al trompo. Hasta que años después descubriste que la gracia del giro estaba precisamente en este vacío insondable que la imaginación de los destinatarios podía rellenar con todas las acciones, cualidades o situaciones del mundo. Circunstancias que eran tan llamativas, “que pa qué (decirlas).

Al remate /su último remate

Damos por sabido de todos que remate es el fin, la extremidad o la conclusión de algo; y también lo que queda de una cosa; y especialmente la venta rebajada de los restos de un producto. Pero los habladores murcianos, siempre tan detallistas, añaden algunos usos más al vocablo, construyendo giros que mediatizan el significado de lo que se dice, como si el hablador tuviera interés en el cumplimiento de la acción, cuya conclusión, para bien o para mal, se complace en contar. Así, la locución adverbial “al remate” insiste retóricamente en la pregunta o la afirmación sobre la conclusión de una acción cuya terminación quizá le ofrecía dudas: “Al remate, ¿vas a comerte el guiso?”, “Al remate se decidieron a comprar la dichosa finca”. Pero se puede insistir aún más en que lo dicho es la última instancia, la decisión obligada que alguien ha de tomar en un asunto. Entonces diremos que “El último remate fue comerse el guiso” o que “Su último remate será comprar esa finca”. Aunque no sé si con estas explicaciones tan prolijas, al remate se entenderá lo que quiero decir.

Comerse a Dios por una pata

En aquellos tiempos de escaseces el comer mucho era una bendición de Dios, como si de un milagro se tratara. Por eso, los alimentos se veneraban como si se nos otorgara un don divino, semejante al maná que llovía sobre los judios en el Sinaí: se hacía la señal de la cruz al partir el pan, se besaba si se había caído al suelo, e incluso el hambriento Lazarillo lo divinizaba, llamando a los panecillos “la cara de Dios” y al arca inaccesible que los guardaba “Paraíso panal”. Pues bien, siguiendo con esta ponderación hiperbólica de los alimentos y del ansia de comerlos, nada mejor que esta expresión aparatosa y blasfema, que situaba las ansias del comilón en el mismísimo cielo y convertía al propio Dios en un manjar apetecible para su hambre insaciable. Así que esta frase servía tanto como confesión muy celebrada del propio apetito como para ensalzar el buen saque de los demás. Pero esto era antaño, porque hoy sólo serviría para escándalo, no ya de beatos y vegetarianos, sino de todos los estreñidos del comer, que ahora son muchos y muy combativos.

Que Dios tirita/ se caga

Esto de poner a Dios por testigo de lo que hacemos, o tomarlo como referente de lo insólito o extraordinario de esas hazañas, puede resultar poco respetuoso para muchos, salvo para los habladores silvestres, que, lejos de amedrentarse por su condición divina, que impide a todos los creyentes mentar su nombre en vano, lo toman como un personaje cercano, capaz de tener los mismos sentimientos e idénticas aflicciones que los mortales. Así que nadie mejor para certificar con su imagen el asombro, la sorpresa o el miedo que queremos provocar en los demás con el relato de los pequeños sucesos y tribulaciones que nos acaecen a diario. Nadie se atreverá a discutir nuestra descripción aparatosa de la tormenta que se nos viene encima, ni la epidemia de gripe asiática que invade nuestra casa, ni el miedo que nos produce andar de noche por ese paraje desolado e inhóspito, si afirmamos que el propio Dios se echaría a temblar, e incluso llegaría a ensuciar su inmaculada persona ante tales hechos. Así, esta insólita humanización del Supremo Hacedor, reafirmará el carácter casi sobrehumano de los sucesos que contamos.

Tocarse la flor

No resulta del todo explicable que el colmo de la dejadez y la holgazanería se represente con la imagen de tocarse la física anatomía, y especialmente sus partes menos nombrables. Pero ninguna de las innumerables expresiones que retratan este toqueteo imaginario se sirve de los nombres científicos de esos elementos corporales –nadie daría crédito a un, con perdón, “tocarse el pene, los testículos, la vulva o el ano”-, sino de la retahíla de términos gruesos con que los suplanta el hablar común, que no hace falta aquí nombrar. Quizá la única excepción a estas rudezas expresivas sea el descriptivo “Tocarse la flor”, que esconde el mismo dardo que retrata al prójimo, e incluso a nosotros mismos, en un despreocupado y obsceno no hacer nada; pero dulcificado con la delicada imagen bucólica, de manera que pueda ser utilizado por lenguas pudorosas sin ningún desdoro. Así, todos, y especialmente todas, podrán decir que Ana se pasa el día tocándose la flor o plasmarán su asombro o desagrado ante lo que otros hacen o dicen con un categórico “¡Tócate la flor”. Y cada uno que imagine el referente de tal flor.

De parte de

Para nuestro buen entender, dividimos el día en tres grandes periodos temporales: mañana, tarde y noche. Sobra decir que cada uno de estas divisiones es una parte del día. Pero los habladores de estos pagos, en nuestro afán de ser claros y bien entendidos, no teníamos inconveniente en insistir en ello, de manera que solíamos decir de parte de mañana, de tarde o de noche: “Te veré de parte de mañana”, “Hace más calor de parte de tarde”, El baile será de parte de noche”, decíamos, y así creíamos que todo quedaba mejor dicho. E incluso algunos pensaban que ese de parte de quería decir “al comienzo” o “a primera hora” de la mañana, de la tarde o de la noche, con lo que se acotaba aún más el momento referido. Aunque sobre esto había opiniones encontradas, lo que resultaba inequívoco es que con nuestra parla tan precisa nadie confundiría unas partes con otras, ni con el todo, del día. Sin embargo, en estos tiempos de confusión y de mudanza en el hablar ya nadie se acuerda de este giro antes tan oportuno y tan bien entendido.

Estar de pino nino

Sabido es que el lenguaje popular no goza de muy buena fama entre los cultos y enterados. Según las buenas lenguas, los hablantes vulgares son unos prevaricadores y trabucaires del hablar que, con premeditación y alevosía, se ceban en degradar la forma de las palabras y trastocar su sentido, e incluso en crear vocablos nuevos de morfología disparatada y sentido poco comprensible o grosero. Así es que nadie les alaba su espíritu creativo, con su música expresiva de onomatopeyas, aliteraciones, ecos, consonancias y reiteraciones, ni sus referentes originales, nuevos, sugerentes. Si ustedes no lo creen, escuchen, pronuncien y recréense en la expresión pino nino, tan nuestra, tan lorquina, que pervive en el eco y en la memoria con una resonancia tintineante y cantarina que prolonga el son de la palabra pino, como si estiráramos la figura del dicho árbol. Y cuando alguien les diga que está todo el día de pino nino o les advierta irritado que lleva media hora esperándoles haciendo el pino nino, créanle a pie juntillas y vean su imagen perenne ahí plantada en la calle, hierática y firme, con la impasibilidad solemne del pino.

En/ por pocas y

Quizá no encuentren una forma más expresiva de ponderar el riesgo de que un suceso hubiera ocurrido, o lo cerca que estuvimos de hacer o conseguir algo. Con la preposición, el adjetivo plural femenino fosilizado, la conjunción y la mención del hecho al que nos referimos, los habladores orientales dejamos bien sentado que esa acción, esperada o inesperada, que, para bien o para mal, estuvo a punto de suceder, finalmente no tuvo lugar. Así que no es raro oír afirmaciones como estas sobre lo que pudo ser y no fue, para suerte o por desgracia: “El zagal por pocas y se estroza con la bicicleta”, “En pocas y espichamos por el camino con el calor que hacía”, “En pocas y se cae la casa con el terremoto”, “Por pocas y nos cae el gordo de la lotería”. Y a muchos nos parece que este en pocas o por pocas lo deja todo más claro que el casi o el por poco que otros prefieren. Lo digo así para que me entiendan, aunque por pocas y me pierdo en la explicación sobre un giro que ya tampoco existe.

A lo primero

Cuando nos referimos al primer instante de la existencia de algo, le llamamos principio, inicio, comienzo, arranque, entrada, prolegómenos, preliminares, etc.; y todo el mundo dice, por ejemplo,  al principio o al comienzo o en el arranque para marcar ese momento. Pero muchos habladores murcianos, para indicar esa circunstancia no eligieron precisamente un adverbio de esa clase, sino que llegaron al buen convén de recurrir al primer numeral ordinal sustantivado, lo primero, que identifica a todo lo que precede a lo demás, y lo convirtieron en la locución a lo primero, que deja muy a las claras la situación preferente, en el orden o en el tiempo, de aquello de lo que hablamos: “A lo primero todo marchaba bien en mi casa”, “Si tú me lo dices a lo primero, no hubiera pasado esto”. Y si, con perdón, la Biblia la hubiéramos escrito nosotros, el Génesis no hubiera comenzado diciendo: “Al principio creó Dios los cielos y la tierra”,  ni el Evangelio de San Juan arrancaría con “En el principio era el Verbo…”, sino “A lo primero…”, que sería decir lo mismo, pero a nuestra manera.

Pasar el purgón

Sabemos que purgar es limpiar o purificar a alguien, ya sea física o moralmente. En el primer caso, aparte otros usos, se trata de dar al enfermo la medicina adecuada para liberar su intestino. En el segundo, la medicina consiste, más bien, en aplicar una pena o castigo merecidos por una culpa; y para eso crearon Dios, y sobre todo, la Santa Madre Iglesia, el Purgatorio. Aunque los mortales, desde tiempo inmemorial, han estado convencidos de que el purgatorio es esta vida, donde se pasan fatigas y penalidades sin cuento. Y la sabiduría popular ha sabido ponderar la dureza y el padecimiento de estas penas terrenales, convirtiendo purga en el aumentativo hiperbólico purgón. Así que en muchos lugares de estos tierras escucharemos la expresión “pasar el purgón” para resaltar el tormento o el suplicio que sufre una madre con sus hijos, o la señora que llega del mercado atosigada de calor, o quien las ha pasado negras en un entrevista o en un mal encuentro, o nuestro vecino que atraviesa dificultades económicas o familiares. Así se pasa el purgón; quien lo probó lo sabe.

El hueco del día

Las interminables jornadas del verano alcanzan su cénit en el sestero, cuando nos refugiamos en la sombra o la penumbra para huir del calor y las moscas que nos acucian en las horas centrales del día. Pero otra cosa es el hueco del día, ese breve momento de plenitud que encontramos en las jornadas breves y tristes del invierno que, como si fueran algo estrecho y pasajero, por un momento se remansan, se dilatan y se profundizan para dar las horas de más luz y de mayor actividad, que nos alejan de los márgenes oscuros de la mañana que viene de la tiniebla, y de la tarde que nos sumirá otra vez en la oscuridad de la noche. Aprovechando este paréntesis de bonanza, el campesino de otros tiempos echará su jornada de arar con la yunta, apacentará el ganado por aradas y eriales o regará y recogerá los frutos de la huerta. Y por otro lado, algún poeta purista, sintiéndose casi como un dios, idealizará este momento del hueco del día diciendo que todo está ya pleno, es mediodía y dan las doce en el reloj.

Darle/ meterle a uno una reja

Sabido es que las reprimendas a más de uno le resbalan y no le causan ningún efecto. Esto ocurre con muchas personas, a nuestro juicio descarriadas, que no escuchan los consejos y orientaciones para enderezar su camino, con lo que mantienen comportamientos equivocados sin atenerse a razones. Entonces es cuando había que recurrir a una dura reprensión que abriera su alma en canal, como lo hace el arado con los campos endurecidos, soltando y mullendo la tierra. Así que la fuerte reñidura actúa como una reja que revuelve su conciencia, como un arma con que amonestar al niño inquieto y manifacero, con que echar una bronca al amigo que no hace las cosas a nuestro gusto, con que reñir al amante despegado y propenso a caer en otras redes. Dicho esto, solo falta añadir que este procedimiento, aunque parezca un tanto rudimentario, resultaba de gran eficacia, según certifican los que antaño lo utilizaban. Sin embargo, hoy esto de meterle a alguien una reja ha quedado en el olvido, pues cada uno actúa a su manera sin atender a razones ni dejarse arar la conciencia.

A sorbo callao

Los indígenas de todo el mundo tenemos la costumbre, que los demás consideran fea, de beber aspirando, sobre todo cuando se trata de leche, sopa u otras líquidos de cierta densidad, especialmente si están calientes, produciendo un frotamiento burbujeante en la boca, para escándalo de los presentes. Y aún es peor si el sorber consiste en aspirar la mucosidad nasal, con el mismo estrépito que el de las aguas bravas de una caratarata o un rápido. Pero sepan que, para disimular esta ruidosa costumbre de sorber, podemos llegar a la cuadratura del círculo de la absorción, que es hacerlo callada y silenciosamente, sin dar pelos ni señales de tal operación. Y entonces llegamos a extenderla como imagen a todo aquello que hacemos discretamente, sin que se entere nadie. Hechos que pueden ser de carácter positivo –comprarse una casa, hacer unas gestiones, emprender una nueva relación-; pero, sobre todo, situaciones negativas, incomprensiones y fracasos que uno sufre en silencio, calladamente, con resignación, aunque el trago –o mejor, el sorbo- sea tan áspero y desagradable que nos den ganas de vocearlo, haciendo tanto ruido como el de los sonoros sorbitones.

Más bruto que un ara(d)o

Los que de esta materia entienden dicen que Dios creó a los seres humanos para que vivieran juntos, pero no revueltos. Por eso sus ministros interpretaron que la voluntad divina mandaba que se dividieran en tres estados: oradores y defensores, arriba, cuya dignidad y poder representaban la cruz y la espada, respectivamente; y abajo, los labradores, con el arado como símbolo de la servidumbre, la incultura y la rudeza del pueblo llano. Por eso, el arado -fuera romano, de vertedera o de otra clase-, pese a ser uno de los artefactos que revolucinaron la vida de la humanidad, llevándola de las simas de la prehistoria a las vertientes de la modernidad, pasó a gozar de escaso crédito. Descrédito que se extendió no sólo a sus usuarios, sino a todos aquellos a quienes por su rudeza, se les veía pinta de poder manejarlo, llegando a tanto la identificación con el instrumento, que se dice de ellos que son más brutos que un arado. Y para que no haya dudas, al que siendo rústico lo disimula con apariencias de fineza y buenos modales, se le tacha de desertor del arado.

Trabajar en el alambre

Esto de que Adán fuera condenado a ganarse el pan con el sudor de su frente, tengo que decir que todavía no ha sido asimilado por algunos, que se esfuerzan por trabajar lo menos posible o, en el colmo del fingimiento, solo por aparentar que lo hacen. Frente a estas actitudes engañosas, la voz popular se defiende atacando con ironía al trabajador tramposo: a la pregunta sobre el trabajo de nuestro vecino haragán o del recién estrenado novio de la Maruja, las malas lenguas contestan con énfasis que “trabaja en el alambre”. Esta respuesta llevará a algunos a interpretar que se dedica a hacer alambre o a trabajar con el dicho hilo metálico; y otros, más entendidos, crerán que el tal es funambulista en el circo. Pero dejándose de discusiones etimológicas, los más entenderán que estas supuestas ocupaciones son tan poco creíbles como las nada habituales del trabajo en el alambre. Aunque en el caso contrario, lo que se critica, lejos de la vagancia, es la entrega a una tarea excesiva e inexcusable, preguntándose si es que se trata de trabajar en el alambre. Que todo puede ser.

Un jano (como la pata un gitano)

Si por casualidad hubieran oído por aquí el término jano, podrían pensar que los indígenas del lugar éramos expertos conocedores de la mitología clásica. Pero sepan que no es el caso, sino que se trataba de un término mucho más vulgar, e incluso zafio, pero que no se utilizaba con su significado pleno de “zurullo, excremento alargado y compacto”, sino como expresión de rechazo ante una petición o una opinión impertinente o excesiva. Se recurría a él en vez de utilizar jamón, huevo, pijo o comperdón mierda; pero de una manera hiperbólica y desmesurada porque lo mismo que al valor negativo de jamón los finodos le podían añadir chorreras (“… Y un jamón con chorreras”), nuestro jano se adornaba con una comparación muy poco ortodoxa para los partidarios de una igualdad entonces inexistente. Así, si nos pedían dinero o expresaban una idea inoportuna, la respuesta era contundente: “Y un jano como la pata (de) un gitano”. Además, si el cándido interlocutor nos interrogaba sobre el sentido del dicho jano, se le aclaraba que era “una mierda como la palma de la mano”. Y todo, con perdón, quedaba claro.

Pasar los quiries

Los primeros cristianos imploraban la protección divina mediante los quiries (“Señor ten piedad, Cristo ten piedad”) si se encontraban en una situación de peligro o de dificultad; y esa invocación se repetía hasta seis veces al comienzo de la misa, por lo que la palabra quiries o quirios era muy conocida y repetida, aunque los que la oyéramos y dijéramos entendiéramos poco griego. Y como reflejo de esas invocaciones, los indígenas de aquí, cuando se encontraban en un penaero y lo pasaban mal, en vez de “pasarlas canutas” o “pasarlas moradas”, como otros, pensaban que lo suyo era “pasar los quiries”, ya fuera por pesares del alma o por el trabajo corporal, caso este último en el que también se solían “sudar los quiries”. Así que quizá alguna vez oigan que “Huertas está pasando los quiries con ese zagal” o que “en la siesta pasaremos los quiries con estos calores”; situación que puede llegar al extremo de “echar los quiries”, es decir, de vomitar mucho o devolver las papillas. Pero se trataría de un verdadero milagro, porque ya no se oyen los quiries ni siquiera en misa.

Ir/ llevar de rabillo

En pocos lugares del mundo, si se excluye este nuestro terruño, oirán ustedes una expresión tan familiar, tan cariñosa y tan bonica. Pero para que surta efecto necesitamos un niño de corta edad y una persona mayor: el padre o la madre, el tío o la tía, aunque preferentemente el abuelo o la abuela. Y hay que ver cómo la madre o la abuela se afanan en las tareas de la casa, yendo de un sitio para otro, fregando, limpiando, lavando, cocinando o echando de comer a las gallinas, mientras el padre o el abuelo reparan las herramientas del trabajo, entran y salen del porche o de la cuadra, riegan o majincan las plantas de la huerta. Y en todos los casos el pequeño infante va detrás, pegado al mayor, parándose cuando él se para, andando cuando él anda, intentando hacer lo mismo que ve hacer, siempre preguntando. Y entonces al padre o la madre, al abuelo o la abuela, al tío o la tía, se les cae la baba, se les derriten los huesos por llevar de rabillo a todas partes a tan pequeño y gracioso acompañante.

Estar removía, vío

Por aquellos tiempos, de la sexualidad se hablaba poco, y aun en voz baja. Pero a veces era necesario nombrarla, aunque fuera con términos asépticos que pasaran desapercibidos para la mayoría. Así ocurría con los ciclos del celo de los animales, que era necesario tenerlos en cuenta para el buen gobierno de los tales. Así que cuando se veía cierta mutación en los organos sexuales femeninos y un comportamiento arrastrado y zalamero, quedaba absolutamente claro que la oveja o la china, hablando conmigo mismo, había que “arrimarla” al macho porque “estaba removía”; mientras que a la gata o a la perra convenía apartarlas de él para evitar la proliferación de la especie. Aunque otros, más explícitos, se atrevían a decir que estas hembras “estaban salías”. Pero como el demonio todo lo confunde, pronto empezó a considerarse también removía a la mujer fogosa que se acercaba mucho a los hombres, aunque no fuera más allá. Y ya puestos, de todo aquel que hablaba mucho de mujeres o las miraba con deseo se decía también que estaba removío, aunque esta “remoción” se tomaba como un elogio de la mucha hombría.

Tener/ no tener salía

La salía era la medida incontestable con que se caracterizaba la competencia social de una persona; y  en la mayoría de los casos su incompetencia. “¡Qué poca salía tiene este zagal!”, decía la madre del hijo indefinido y apocado; “Mi hombre no tiene salía pa ná”, confesaba la señora acerca de su marido irresoluto; “Este tiene salía para todo”, dictaminábamos del amigo atrevido y emprendedor. Así que salía era una caracterización que retrataba el temperamento, la capacidad de afrontar, no ya un asunto concreto, sino la vida y la relación social. Los que tenían salía eran valorados y admirados por todos mientras que a los que teníamos poca salía nos quedaba poco que hacer frente a la desenvoltura de aquellos, de manera que siempre llegábamos tarde, o simplemente no íbamos, a una conquista amorosa, a la búsqueda de un trabajo, a los trámites de una gestión o a la resolución de un problema. Aunque la poca salía, como otras muchas etiquetas negativas, se solía aplicar casi exclusivamente al prójimo, que es donde se suelen ver los defectos y carencias, y no a nosotros mismos, que presumimos de no tenerlos.

Criar/ tener a pico de rollo

Si a alguno de ustedes lo han criado a pico de rollo, quizá nos pueda explicar el porqué de expresión tan enigmática. Seguro que empezará por decir que, aunque parezca mentira, en otros tiempos había rollos –como se llama por aquí a panes, bollos y dulces redondeados- que, dejando a un lado su forma habitualmente circular, adquirieron una configuración cuadrangular, quizá como aspiración a la cuadratura del círculo, aunque respetando la abertura redonda del centro. Luego, usted añadirá que los picos tostaditos de este dulce cuadrilátero eran un capricho apetitoso que se reservaba para el rey de la casa, que era usted. Y concluirá diciendo que criar o tener a alguien a pico de rollo es regalarlo con una alimentación escogida y exquisita; y aún más, cuidarlo y mimarlo, poniendo a su alcance todo tipo de galguerías y caprichos. Y entonces ya podremos decir nosotros, con conocimiento de causa, que de niños también nos trataron así, o que ahora criamos a piquico de rollo a nuestros hijos, por no decir que los malcriamos. Que todavía estamos a tiempo de llamar a las cosas por su nombre.

Tierno como el agua

Ahora que se ha descubierto que se puede cortar una gota de agua, algunos podemos decir que ya sabíamos de la escasa resistencia al corte del líquido elemento; así que, desde tiempo inmemorial, ponderábamos la ineficacia del cuchillo romo y de otras armas blancas diciendo que no cortaban ni el agua. Pues sepan que los habladores de aquí tienen el agua como referente para ponderar la suavidad de los alimentos: oíamos a la abuela cantar las excelencias de las patatas nuevas y, sobre todo, de los garbanzos del cocido, afirmando que estaban tiernos como el agua; y no había mejor piropo para la cocinera que ensalzar la textura delicada de la carne –cortada en recios chuletones y entrecotes, en finas lonchas y bistelicos o en apretados tacos-, diciendo de ella que estaba tierna como el agua. Y ya puestos a encarecer la ternura, podíamos extender el dictamen a panes y dulces, a las verduras y a toda clase de elaboraciones culinarias, fueran en sartén, cazuela, parrilla u horno. Todo ello sin olvidar el esponjoso melocotón o la jugosa pera, que, tiernos como el agua, se deshacían en la boca.

Bueno de comer/ de comida

Decimos de alguien o de algo que es o está bueno aplicándole una etiqueta genérica y bienintencionada que no distingue, entre el cúmulo de bondades, si se refiere a la inclinación a hacer el bien, a la utilidad, al sabor exquisito, al tamaño considerable o al perfecto estado de conservación. Compramos unos tomates o melocotones, hemos hecho unas tortas de pascua o empezamos un pernil –ahora llamado jamón- y decimos que están buenos, sin más, con lo que no todo el mundo entendería en que consiste esa bondad. “Bueno está lo bueno”, nos dirán con sorna los que esperaban una información más precisa. Por eso, algunos habladores de aquí han encontrado la fórmula que aclara cuál es la bondad de tomates, melocotones, tortas, perniles y de toda clase de productos alimenticios: “Están buenos de comer” o “de comida”, es decir, que son gustosos y apetecibles por su buen sabor, al margen del tamaño, apariencia o estado de conservación. Así que Paco el frutero, el ama de casa, la abuela y el aprendiz de masterchef con un rotundo “bueno de comer” dejarán del todo claras las excelencias del manjar.

La punta arriba/ la punta abajo

Aunque a ustedes les parezca mentira, les diré que, pese a nuestra mala fama de “comernos” sonidos y palabras, una de nuestras preocupaciones es ser fidedignos en nuestro decir, aunque sea recurriendo a pleonasmos y redundancias que a más de uno le parecen ridículas y hasta vulgares. Por eso decimos picoesquina, subir p´arriba o bajar p´abajo, expresiones que a nosotros nos parecen el colmo de la precisión y el detallismo. Y a este afán puntualizador responden las expresiones locativas que nos dirigen o nos sitúan justo en el culmen de la altura o en el extremo de la bajura. Si decimos que vamos a ir a la punta arriba de la calle, o del cejo, o del rascacielos, o que bajamos a la punta abajo del sótano, de la calle o de la gruta, a nadie le quedará duda de nuestro ascenso hasta el punto más alto o de nuestro descenso al límite de lo más bajo. Y una vez llegados allí, podemos retratarnos en la punta arriba o en la punta abajo de esos lugares. Para que luego los bienhablados censuren la impuntualidad de nuestros dichos.

A tomar viento a la farola

A los pesados, pegotes y, en general, a todos aquellos que nos resultan molestos e impertinentes, procuramos despedirlos con el encargo de que se entreguen, lejos de nosotros, a actividades inútiles o vergonzantes, a ver si así escarmientan. Entre las casi inocuas que mandan “a paseo” o “a freír espárragos”, y las desconsideradas que envían ” a la mierda”, “al carajo” o “a hacer leches”, queda el aparentemente airoso “a tomar viento”, luego completado con el locativo “a la farola”, cuya paternidad se atribuyen muchos urbes marineras, siempre que posean un faro marítimo que haya adoptado el nombre de farola: unos dirán que nació en las costas catalanas, otros que nada mejor para tomar el viento que la farola de Málaga, pero los habladores de aquí –y sobre todo los suroccidentales- sabemos, por la parte que nos toca, que el mejor sitio para remitir a los que nos enfadan es la farola de Águilas, que, al pie del castillo y a la entrada del atrevido rompeolas, proporcionará al allí enviado buenas ráfagas de Levante, que los malpensados interpretarán como un eufemismo irónico que sugiere otro tomar.

No haber salido de las paretas de San Diego

En estos tiempos de globalización en que han desaparecido fuertes y fronteras y el mundo se ha hecho pequeño y de sobra conocido, podríamos creer que la vida fue siempre así. Pues desengañense, porque durante siglos la dificultad de las comunicaciones y el miedo a lo desconocido e inseguro, hacían que la vida no fuera mucho más allá de las lindes de la aldea y que villas y ciudades se fortificaran con murallas, fosos y puentes levadizos que separaran nuestro vivir del mundo ancho y ajeno. Pero pronto algunos interpretaron que esos límites físicos simbolizaban la inexperiencia y el aldeanismo de los que no salían de los confines del terruño para conocer el mundo. Así, muchos lorquinos lamentaban estas carencias confesando que no había rebasado las paretas, reales o imaginarias, del barrio extremo de San Diego; o eran tachados por otros de ignorantes y pueblerinos por no haberlas traspasado. Pero si a ustedes nada les dice este localismo, recuerden si en su pueblo también hubo una frontera que marcara los límites con el ancho mundo y, en definitiva, el nivel de cultura y de modernidad de los paisanos.

Bata de boatiné/guatiné

A multitud de mujeres, del barrio o del campo, el ingreso en la modernidad les vino dado, en mitad del siglo pasado, por el acceso a la bata de boatiné, con  su tejido acolchado, acotado en cuadrillos enmarcados por pespuntes. Miles de mujeres, de un día para otro, habían sustituido el recio y negro manto de lana o la fina y escueta toquilla por una prenda de cuerpo entero, con colores vivos y lucida apariencia. Pero este tránsito supuso serios problemas de adaptación, empezando por el nombre, que fue desde el boatiné exótico al adaptado guatiné; pero fueron sobre todo de uso: muchas creyeron que aquella prenda aseada y lustrosa era atalaje muy apropiado para andar por la calle, ir al mercado, asistir a misa o a la fiesta, uso social que no se oponía a que, acto seguido, se pudiera freír un huevo o aviar un cocido con ella puesta. Hoy aquellas tan  novedosas y populares batas se siguen vendiendo en mercados y comercios tradicionales y no deja de verse alguna mujer que presume de ella por la calle. Aunque nunca encontraremos su nombre en el diccionario.

Mega mega

Las cosas se pueden hacer de mil maneras o más, según la situación, el carácter y la intención de quien las hace; y la lengua tiene muchos modos de designar ese hacer, así que no es lo mismo hacerlas por las bravas que a la buena de Dios, a tontas y a locas o con primor. Pero hay quien, como Robert de Niro, las compendia solo en tres: “La correcta, la incorrecta y la mía”; aunque si somos exigentes nos quedaremos únicamente con la última, porque existen tantas maneras de actuar como personas. Y para demostrarlo sin duda alguna viene que ni al pelo la expresión mega mega, que califica la manera particular con que cada persona hace las cosas: a su modo, a su ritmo, paso a paso, para diferenciarla de otras hechas con más diligencia, pero quizá de forma un tanto alocada o con descuido. De modo que si yo las hago a mi mega mega o usted dice actuar a su mega mega, es que usted y yo ponderamos nuestro trantrán de hacerlas y no el atropello o el tuntún con que las hacen otros.

Salírsele a uno el ses

La siesta. El sol se desploma sobre los campos desolados. El aire reverbera ondulando su falso oleaje entre la calima. La vieja, con su pesada cesta de mimbre, llega caldeando al cortijo. Y nada más espatarragarse en la silla, suelta la sentencia: “Me se está saliendo el ses”. Al nene de la casa aquello del ses le parece un arcano indescifrable; y andará tiempo dándole vueltas al vocablo hasta que, años después, llegó a la certeza de que se trataba del ser; así que la vieja, filósofa a su pesar, quiso decir que el calor le hacía exhalar el último aliento, el alma, la esencia del existir. Pero un día le dijeron que en los campos de Lorca y de Cartagena el ses era el tramo final del intestino, y supo también que salirse el ses, es decir, aflorar el repliegue del recto por el ano, era la imagen poderosa con que se encarecía el esfuerzo o el cansancio extremos. Pero él no dejó de pensar que aquella hermosa palabra representaba el ser, que, por azares del destino, no se nos iba por la boca sino por el comperdón culo.

A tajo parejo

Hay mil maneras de hacer las cosas, según la atención que se pone en ellas, el tiempo que se les dedica y otras mil circunstancias. Pero la forma más sencilla que aquí tenemos de hacerlas es a tajo parejo, sin establecer distinciones y llevándolas a la vez; aunque esta expresión puede ofrecer una visión favorable o, por el contrario, negativa de nuestro hacer. Para lo bueno, ir a tajo parejo significa tratar a todo y a todos por igual, sin favoritismos ni discriminaciones, sin preferencias ni distinciones; así que el funcionario atiende a todos a tajo parejo, los trabajos de la casa se hacen a atajo parejo y el difunto repartió su herencia a tajo parejo entre sus hijos. Sin embargo, actuar a tajo parejo puede ser un comportamiento ineficaz, arbitrario o injusto si el operario recoge la fruta sin distinguir entre verde y madura, el profesor aprueba o suspende sin valorar los méritos del alumno o se hace todo deprisa y corriendo sin ningún cuidado. Por eso, si quieren hacer las cosas medianamente bien, no vayan a tajo parejo, porque les pueden salir a troche y moche.

Estar hecho un silbío

El grosor del cuerpo humano se puede pesar y medir con exactitud; pero en muchos casos es una apreciación subjetiva que depende de las circunstancias y de la intención de quien la juzga. Si ahora estar entrado en carnes –y, en definitiva, ser gordo- está completamente desacreditado, en aquel pasado de penurias, si no de hambre, la delgadez se veía como signo inequívoco de escasa alimentación o de mala salud. No había mejor imagen para sorprenderse de la delgadez extrema que la identificación con el silbido, como si desmaterializáramos la figura humana al convertirla en el sonido afilado y vano que hace el aire. Del nene engalicao decíamos que estaba hecho un silbío y como un silbío veíamos a la moza delgada y enfermiza que no tenía donde agarrarse. Pero dados los gustos y modas de estos tiempos, no estaría mal retomar esta expresión casi olvidada, con la que podríamos alabar la imagen estilizada y “saludable” de modelos escuchimizadas y anoréxicas y hacer eslóganes de dietas y métodos infalibles de adelgazamiento extremo. Que los tiempos han cambiado y ya quisiéramos más de uno estar como un  silbío.

No caberle a uno un cañamón/ esparto por el culo

Las manifestaciones extremadas de satisfacción de los demás las solemos ver, quizá por envidia o por desprecio, como prueba de presunción y de arrogancia. Pero manifiesten una cosa o la otra, tendemos a identificarlas con un ponerse hinchado, orondo y campanudo,  como si los aires de ese ánimo alimentaran hasta reventar, no solo el ego, sino también el cuerpo del afectado, a semejanza de lo que les suele ocurrir a numerosas aves, que inflan su plumaje para impresionar a sus congéneres; o como le sucedió a don Quijote, que, de verse ordenado caballero, el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Pero los habladores informales, deseosos de pintar a lo vivo los cuerpos y las almas del género humano, llevan la imagen más allá: el retratado, inflado en grado sumo por el gozo o a reventar de puro engreimiento, no puede ya aumentar el nivel de este estado de ánimo, aunque solo sea con la minucia de una semilla de cáñamo, que los habladores montaraces sustituyen por la delgada fibra del esparto. Ni siquiera haciendo uso, contra natura, del conducto posterior, sepultado entre tanta grosura.

Y dale, Perico, al torno

Estamos rodeados de personas que nos resultan impertinentes o cargantes por lo que hacen a dicen. Pero lo peor de estos comportamientos molestos es la reiteración: el insistir, pese a las advertencias, en el mismo hecho, o el reiterar dichos y opiniones inapropiados o ya de sobra conocidos. Con esta expresión, en que la y ilativa enhebra esta acción con otras muchas anteriores igual de inapropiadas, se muestra el hartazgo ante el azogue del zagal que todo lo trastea, las peticiones reiteradas de dineros y dádivas por parte del gorrón, o la mención inoportuna de la soga en casa del ahorcado, por no ir más lejos. Así, la figura humilde del torno que movíamos insistentemente para devanar o moldear la cerámica u otros materiales, o de aquel otro que, activado por un manubrio, se aplicaba a las ruedas de los carruajes para frenarlos, se convierte en imagen viva del reproche categórico al que insiste mucho en actuaciones o comentarios que consideramos fuera de lugar. Pero hoy, desaparecidos tales instrumentos giratorios de la vida común, díganme el tiempo que hace que no han oído esta frase tan disuasoria.

Emplearse en alguien

Los habladores informales consiguen a veces invertir el significado de ciertos vocablos, dándoles un uso opuesto al habitual. Vean cómo la acepción principal de emplear da cuenta de una acción transitiva que consiste en ocupar a otro en un trabajo, negocio o encomienda. Pero hete aquí que, mediante un curioso juego de magia, podemos invertir el papel de sus actores para convertir al empleador en empleado y al empleado en empleador. Y entonces diremos que nosotros nos empleamos en alguien si es que nos valemos o nos servimos de él, pidiéndole ayuda, favores o dinero. Pero como nuestra dignidad nos dice que eso es rebajarnos un tanto, porque confesamos que nos ponemos en manos del otro, lo habitual es que critiquemos este encomendarse a los demás, tan del gusto de algunos – “El Andrés se emplea en su suegro para todo”-, y manifestemos que a nosotros no nos hace gracia este emplearse en alguien porque es ponerse a su disposición, entregarse a él. E incluso afirmamos categóricamente que no nos gusta emplearnos en nadie. Y entonces todos, empezando por nosotros mismos, nos congratulamos de esa declaración de valía y autosuficiencia.


Hecho un pollo tito

Mientras que aquí llamábamos pilas a las gallinas y pilis a los pollos, los valencianos llamaban tit a pollos y gallinas; pero en todos los casos estas aves acudían atentas y sumisas al requerimiento. Pues bien, el tit valenciano fue adoptado por nuestras hablas en la expresión redundante pollo tito, que designa al pollo recién nacido, apenas salido del cascarón, alicaído y tiritando, con los folículos y cañones de las plumas desnudos y mojados. Pero fíjense, sobre todo ahora que ya no vemos pollos titos sino más bien talluditos, y casi siempre recién asados, cómo el término ha pervivido en una imagen muy expresiva que todavía utilizamos algunos: “estar hecho un pollo tito”, con la que designamos a las personas, y sobre todo a los niños, que presentan un aspecto semejante al del tito recién nacido cuando llegan mojados y ateridos de la playa o la piscina, o resultan calados hasta los huesos por un chubasco repentino, o vienen de jugar completamente empapados de sudor. Y entonces les ofrecemos una toalla o nos ponemos a secarlos para sacarlos del desamparo y la tiritera del pollo tito.

En to que

La riqueza del hablar estriba en la posibilidad de elegir unos términos u otros, en función de la intención del que habla, de su conocimiento del léxico, del afán de precisión o del deseo de economizar el esfuerzo. Así, para situar un hecho en un tiempo correlativo con otro inmediatamente anterior, el pedante de resabios literarios dirá, por ejemplo, “Al punto que paró el tren, nos bajamos”, mientras que el de pretensiones cultas y espíritu poco ahorrador dirá tan pronto como, y finalmente, el hablador común recurrirá al más breve en cuanto. Pero no es este el caso de los habladores murcianos, que, llevados de un afán totalizador, se esfuerzan por ponderar la inmediatez de las dos acciones utilizando con profusión en to (do) que. Por eso decimos “En to que coma, voy a verte” o “En to que me despierte, te llamaré”; y todo el mundo queda enterado de la rapidez y diligencia con que actuaremos. Seguro que este giro les ha sonado en to que lo he dicho, y hasta lo han utilizado muchas veces; aunque no se encuentre testimonio escrito de su existencia.

Un suponer

Decir las cosas de forma directa, sin tapujos, suele ocasionar incomodidades y disgustos para el que habla. Por eso, conviene dulcificar lo que decimos mediante fórmulas que rebajen su intención, dejándolo en el campo de la suposición, el deseo o la posibilidad. Así que cuando, un suponer, manifestamos una opinión atrevida, una petición inesperada o una amenaza, es mejor presentarla como una ocurrencia, una especulación o una simple premisa de una acción posterior. Para ello, nada mejor que nuestra locución un suponer, que, en forma explicativa, restringe lo que se dice, muchas veces ya rebajado con el uso del condicional o el subjuntivo, como si se tratara de algo meramente imaginado. Así se deja al interlocutor la interpretación del mensaje implícito, que puede conllevar una amenaza –“Si yo, un suponer, te diera un par de guascas…”, una petición –“Yo necesitaría, un suponer, doscientos euros”- o un deseo –“Tenemos, un suponer, dos días de vacaciones y nos vamos a la playa”-. Con lo que acabo de explicar ustedes, un suponer, se habrán enterado de lo que quería aclararles sobre nuestro un suponer. Aunque quizá es demasiado suponer.

Echarle sal a algo

Resulta y da por resultado que los hechos y los dichos se prestan a interpretaciones encontradas según quien los valore y las circunstancias en que se produzcan, aunque su protagonista crea que tienen un sentido claro e inequívoco, que es precisamente el que el tal les ha atribuido. Pero sobre todo nos quejamos de aquellos que, para bien o para mal, los condimentan añadiéndoles matices más o menos desviados. De estos decimos que son los que “le echan sal” a todo lo que ven y oyen, imaginando lo que no es, dándole más importancia de la que tiene a lo que se dice o se hace, tomándose a chacota lo que no tiene gracia, añadiendo apostillas y comentarios inoportunos o malintencionados y, en definitiva, cocinándolo a su gusto, con razón o sin ella, para disgusto de quien escucha sus puyas y habladurías. Entre estos “sazonadores” interesados están los que meten la cuchara en todas las salsas, los impertinentes que no miden lo que dicen y, en general, todos aquellos que desconfían de los demás o los desprecian, considerando que hay que desacreditarlos o burlarse de ellos.

Hablando conmigo mismo/ conmigo solo

Los cultiparlantes, un tanto atrevidos e imprudentes, nos atribuían a los habladores silvestres unos decires groseros, sin apreciar nuestra retólica de la cortesía y la buena crianza que, a veces, por excesiva, provocaba la risa y la burla de los ilustrados. Para nosotros, la mención de ciertas realidades consideradas como sucias o nefandas, siendo en el fondo necesaria, requería de una disculpa porque resultaba formalmente inconveniente y grosera. Con nuestros “hablando conmigo solo” o “hablando conmigo mismo”, dichos como entre paréntesis, tratábamos de pedir la benevolencia del interlocutor para que no se sintiera cómplice de la mención impertinente, por ejemplo, de los chinos, hablando cortamente, llamados por otros cerdos o guarros; retórica pudorosa de la que ya se burlaba el narrador del Quijote al referirse a “unos puercos que, sin perdón, así se llaman”. Autismo excusatorio aplicable además a la mención del retrete, si no se le llamaba excusado, y a todo lo que en él se hace, y también a ciertas partes del cuerpo nada confesables. Pero esto era antes; que ahora rústicos y finodos llamamos a las cosas por su nombre sin excusas ni retólicas.

Emprender a alguien

Como la gracia de nuestro decires consiste en manifestarnos de forma directa, sin tapujos, pintando a lo vivo las cosas que pasan, si queremos afearle a alguien su conducta vituperando o reprochando lo que ha hecho o dicho, dejaremos a un lado la expresión “emprenderla con” por oscura y prolija, y lo que haremos será emprenderlo, tomándolo como objeto directo de nuestras acometidas: “La Anica emprendió a pescozones a su zagal”, “A ese lo voy a emprender diciéndole de todo menos bonico”, hemos oído, y entonces muchos entenderemos que la intención de quien tal hace o dice es amonestar, corregir o agredir al prójimo, ya sea de obra o de palabra, recurriendo a un término en el que se confunden, y no se oponen, el significado de reprender y el hoy desusado de emprender referido a encender el fuego, como si al que “emprendemos” lo fuéramos a incendiar y consumir con el arrebato de nuestros golpes o reproches. Aunque les diré que este concepto de “emprendedores” tan poco ortodoxo y distante del que hoy se lleva,  está cayendo en el olvido, quizá por demasiado franco y nada correcto.

Tirarse un peo con borlas

Como ustedes bien saben, las borlas son conjuntos de hilos o cordones que cuelgan como adorno de gorros, vestiduras o calzados. Lo que ya no resulta tan natural ni mucho menos explicable es cuando se dice que tales pelendengues ornamentan algo tan vano e inconsistente como las ventosidades corporales. Sin embargo, por estos lugares algunos confiesan que se han tirado un peo con borlas -aunque los más lo dicen de los otros- para significar no solo la inutilidad e inconveniencia de algo que se ha hecho o dicho, sino lo llamativo y aparatoso de ese comportamiento, del que hubiera sido mejor no hacer ningún alarde. Leve como el aire o el viento, pero agravado por su tono ruidoso y desapacible y sus olores poco recomendables, el peo con borlas retrata de forma ostentosa lo ridículo de nuestro intento de pretender algo inalcanzable, la fatuidad ostentosa del que proclama opiniones innecesarias o inconvenientes o el ridículo del arbitrista cuyas ocurrencias llevan al fracaso aquello que se propone. Así que este peo con borlas es como el parto de los montes; pero más vacuo y de más estruendo.

Quien quiera peos que se los tire

Los habladores informales, cuando buscamos imágenes que evoquen a lo vivo lo que queremos significar, recurrimos a referentes que sean de dominio común. Por ejemplo, imaginen que hemos de criticar al que gasta para sí el dinero de todos o actúa irresponsablemente sin tener en cuenta el daño que hace a otros. Podríamos decir que el tal “dispara con pólvora de rey”; pero no expresaríamos con toda justeza nuestra idea, ni seríamos del todo entendidos, si es que acaso sabíamos explicar el simbolismo de este uso torticero de la munición real. En cambio, la expresión que comentamos va mucho más allá porque desnuda la doble perversidad del que hace cosas innecesarias y vanas con la intención de alardear de posibles y de relevancia social, y lo hace a costa del bolsillo o de la confianza de los demás. Así que quien quiera presumir de oropeles y vanaglorias, en todo semejantes a la vacuidad e inconsistencia de las flatulencias corporales, que sepa de antemano que debe cargar con las consecuencias y los costes de tal obrar. Que conviene disuadir cuanto antes a estos aprovechados y pedorros.

Otras veces

Los sabeores de la gramática dicen que una vez…, otra vez son expresiones que marcan la distribución en el tiempo de hechos que ocurren por turno. Así que unas veces hablamos y otras veces estamos callados, unas veces hace sol y otras llueve. Pero los habladores murcianos le concedemos a otras veces un valor temporal intrínseco con el que situamos en un tiempo pasado sucesos que ocurrieron antaño. Lo mismo que el autrefois del francés, nuestro a veces establece la barrera temporal entre nuestro presente y lo anterior, lo de otro tiempo. Pero lo curioso es que a su valor temporal suele añadirse un cierto tono de nostalgia con el que echamos de menos el tiempo pasado, aunque no fuese mejor. “Otras veces llovía más que ahora”, “Cómo nos divertíamos otras veces”, “Otras veces íbamos a pata o en burra”, “Otras veces pasábamos hambre”, decíamos, y todo se teñía de un tono melancólico como si fuéramos memoria viva de un mundo distante, que se fue para no volver. Pero hoy solo algunos podemos decir que tan curiosa expresión solo existió otras veces; aunque casi nadie entenderá de qué hablamos.

Venacápacá

“Si tú me dices ven, lo dejo todo”. Así dice la canción popular, y no le falta razón, porque ven es un imperativo categórico que un enamorado, y más un niño, entendería como una orden inapelable. Pero no crean, que en esto del ordeno y mando hay categorías, cuyo rigor y urgencia el destinatario ha de interpretar. Si el ven es el grado mínimo, el ven acá añade a la orden el destino del movimiento, pues el mandatario nos quiere tener a su alcance, indicio casi seguro de una reprimenda o castigo. Aunque pueden ir peor las cosas. Si el demandante, con voz airada, decía venacápacá, martilleando con las consonantes oclusivas, y lo acompañaba con el índice oscilando de delante atrás, o con la palma de la mano hacia arriba y yendo de izquierda a derecha, a los niños no nos cabía la menor duda: el venacápacá nos instaba a acudir, con temblor de piernas, porque algo muy malo habríamos hecho. Y lo probaríamos en nuestras propias carnes. Lo digo por experiencia propia, aunque ahora quizá han cambiado las tornas y es el niño el que pronuncia el terrible mandato.

Estar hecho un vendo

Hay momentos en que nos rencontramos tan cansados físicamente o con el ánimo tan derrotado que necesitaríamos disponer de una palabra o expresión que certificara inequívocamente nuestro estado. Y el diccionario no nos dejará huérfanos de ellas, porque podríamos decir que estamos destrozados, desbaratados o agotados; o hechos pedazos, trizas, fosfatina e incluso una comperdón mierda. Pero sin despreciar la eficacia de las imágenes anteriores, por aquí podemos recurrir a una expresión que retrata a lo vivo el cansancio y el desmadejamiento de quien no tiene ansias para nada: estar hecho un vendo nos identifica con los zorros de sacudir el polvo, formados por tiras de paño llamadas también vendos. Lo curioso es que vendo cayó pronto en el olvido como instrumento de limpieza doméstica,  arrinconado por la pujanza de nuestro espulsador; aunque se mantuvo vivo para dejar constancia fidedigna de nuestra incapacidad física o de nuestro desánimo, de manera que la abuela acansinada, el caballero sumido en el desencanto y todo aquel que se siente apocado y sin fuerza todavía pueden decir que estan hechos un vendo con la esperanza de que alguien quizá los entienda.

Mear muy alto

Dicen por ahí las malas lenguas, que siempre las habrá, que la micción no es una acción tan neutra como parece, sino que ofrece ciertos asomos de la condición o la intención de quien la lleva a cabo. Así, la sabiduría popular afirma que la mucha elevación y distancia del chorro es expresión fidedigna de la fuerza y la hombría de quien la ejecuta, mientras que un fluido desmayado y exangüe certificaría su escasa virilidad. Pero en estas cosas, como en casi todo, conviene no pasarse, porque el exceso puede resultar contraproducente: al que se obsceca en “mear p´arriba”, el chorreo puede venírsele encima de su propia persona. De ahí surge la imagen “mear muy alto”, que nosotros aplicamos a otros menesteres y aspiraciones del resto del género humano. Si decimos que el Julián mea muy alto, quizá estaremos consignando que tiene unas ambiciones excesivas, poco acordes con sus capacidades o su posición social. Aunque este mear muy alto puede ser también una estimación comparativa, que pone al que tal hace muy por encima del resto de los mortales, que nunca alcanzarán la altura de sus logros.

Montársele a uno una cuerda

Si a ustedes les parece, les hablaré de cuerda; pero no del “conjunto de hilos entrelazados que forman un solo cuerpo largo y flexible que sirve para atar, suspender, pesos, etc.”; porque a eso los habladores silvestres le llamábamos soga, y bien que nos entendíamos, al menos entre nosotros. Yo trataré de la acepción de cuerda que el diccionario presenta como un término genérico que designa al “tendón, nervio o ligamento del cuerpo humano o de los animales”. Y les daré cuenta sobre todo de un accidente que consiste en la dislocación de uno de estos ligamentos, que se sobrepone a otro, dando lugar a una hinchazón considerable y dolorosísima, que puede encallar el funcionamiento de la espalda, el pie y, sobre todo, la mano. En aquellos tiempos, cuando esto ocurría decíamos que se nos había montado una cuerda, y acudíamos prestos al domicilio del habilidoso sanador de turno, quien, con fuerza y maña, daba un áspero y repentino meneo al miembro contorsionado que nos dejaba, aunque algo mareados, nuevos y bien dispuestos al instante, para envidia de traumatólogos, rehabilitadores y fisioterapeutas, si entonces los hubiera habido.

No oscurecérsele/ escurecérsele a uno na(da)

El oscurecer es la paulatina pérdida de la luz y la claridad que se produce desde que el sol se va ocultando, ya sea por la llegada de la noche o al ser tapado por las nubes. Esta privación de la luz, que altera y confunde los perfiles de las cosas, se puede trasladar como imagen para dar cuenta de la confusión que nos impide apreciar, comprender o resolver situaciones y problemas de la vida cotidiana. Pero esta expresión se inventó con la intención contraria: dar cuenta de la inteligencia de quien lo tiene todo claro y, sobre todo, la soltura del que se enfrenta a los problemas con resolución y habilidad, sin temor a la dificultad o al fracaso. Con una negación tan rotunda del oscurecimiento, que lleva a la indecisión y al apocamiento a muchos, se nos presenta al aludido como el colmo del arrojo y el buen hacer, virtud que podemos predicar como un merecido elogio del prójimo; pero, sobre todo, de nosotros mismos, con la buena o mala intención de ponderar nuestra dedicación frente a la desidia y la inacción de los demás.

Pan, pijo y habas

Algunos quieren convertir este dicho en lema castizo de nuestro terruño, aunque apenas está arraigado en la huerta de Murcia y alrededores. Pero antes de tal adopción convendría que los sabios que de esto entienden se pusieran de acuerdo en el qué de su significado e intención. La mezcla surrealista, por heterogénea, de ingredientes difícilmente conciliables apunta a un menú de pacotilla con que el enfadado o el amigo de burlas trata de no responder a la curiosidad inoportuna de quien insiste en qué hay de comer, hurtándole así la información verdadera. Pero también puede reflejar la escasez de productos en la despensa, la improvisación de quien no tiene pensado lo que hacer o, simplemente, que se comerá lo de siempre. A partir de la broma culinaria, el dicho puede convertirse en expresión de lo improvisado, lo vano y lo inútil: desde las excusas inadmisibles a los asuntos que, pese a su aparente credibilidad, resultan poco serios. Falta de credibilidad del dicho o del hecho que denotamos con un rotundo “pan, pijo y habas”, que pone de manifiesto su nadería o su condición de tomadura de pelo.

Hacerle a uno un traje


Traje es el vestido completo con que nos cubrimos para abrigarnos o hurtar el cuerpo a los demás. Pues bien, cuando algunos se empeñan en hacerle un traje a otros, sin que haya motivos para este alarde de generosidad, lo lógico es que se trate de otro tipo de vestimenta. Así como el traje se corta en distintas piezas que luego se van cosiendo, este del que hablamos está confeccionado con las opiniones de murmuradores y chismosos que se van sumando para cubrir de improperios, descalificaciones y críticas a quien es objeto de su atención. Se trata, pues, de un traje imaginario que no guarda ni protege, sino que pone al descubierto las manías, miserias o maldades de la víctima, siempre según el criterio de los que así la visten. Así que de las personas que hablan de nosotros, sobre todo a hurtadillas, tenemos la sospecha de que, con murmuraciones y maledicencias, nos están haciendo un traje que llevaremos puesto a los ojos de los demás. Si es que no somos nosotros los que les tomamos las medidas y se lo hacemos a ellos. Que todo puede pasar.

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