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Cabecera

El atrevimiento de la ignorancia hace que los hablantes vulgares creamos que nuestras palabras tienen un valor universal y un significado inequívoco. Por eso nos sorprende que no nos entiendan, e incluso se burlen de nosotros cuando hablamos. Eso es lo que nos pasa con algunas acepciones de una palabra tan corriente –pero de ascendencia tan clásica- como cabecera. Con ella nosotros nombramos, parece que de una manera poco conveniente, lo que los otros llaman almohada; aunque realmente sea una cabecera, porque sobre ella colocamos la cabeza. Pero peor nos fue con las otras cabeceras, llamadas también talegas: aquellas bolsas de tejidos diversos y colores variopintos, con predominio de los pardos, que en principio se colgaban de la cabeza de las caballerías para darles el pienso, y luego, cerradas con unas cintas corredizas, se hicieron imprescindibles para guardar y transportar toda clase de pertenencias, desde ropa hasta alimentos. Esta cabecera, antes tan presente, no solo ha desaparecido de la realidad, sino que no queda siquiera memoria de que alguna vez se haya nombrado. Si no, miren el diccionario.

Cacarico

Aunque Góngora llamara al gallo “doméstico del sol, nuncio canoro”, según la asentada creencia de que con su canto preludia el comienzo del día, como si fuera el criado que avisa de la salida del astro rey, la verdad es que esta ave canora lo que pretende con su quiquiriquí prolongado y estridente no es más que marcar el territorio y proclamar, en cualquier momento del día, su condición de rey del corral, como una declaración de intenciones del macho único que atrae los cloqueos complacientes y sumisos de las gallinas. Esta actitud hinchada y suficiente del gallo pronto fue tomada como referencia para etiquetar al hombre engreído y jactancioso que eleva su voz cantante sobre cualquier asunto y a todos quiere imponer su opinión y sus afanes de dominio. A este gallito, en la mayoría de los casos un mozo petulante que pretende deslumbrar a todos, y preferentemente a las mujeres, se le llamaba por aquí cacarico, diminutivo que traduce el desprecio y, a la vez, la envidia que nos produce quien trata de encantarnos, como el gallo con la prestancia de su figura y de su canto.

Cachulero

Les voy a pintar un cachulero, nombre que a más de uno le sonará a chino, aunque sea un derivado distinguido del latino caveola, “jaula”. Es un artificio cilíndrico de esparto, estrechado en sus extremos, con una estructura de círculos enlazados verticalmente por unos tirantes también de esparto, que dejan entre sí aberturas de no más de dos centímetros de alto y uno de ancho, en cuyo polo superior se abre una abertura corrediza y con extremos unidos por un cordel, para colgarlo en forma de bandolera. El cachulero era útil imprescindible para la búsqueda de caracoles, ya fueran boquinegros o serranos. Todavía lloviendo, el caracolero, calzado de esparteñas y con la cabeza metida en el cujón de una manta mulera, iniciaba la captura inmisericorde de las piezas que, sorprendidas mientras disfrutaban paciendo en lo húmedo, iban cayendo por la abertura corrediza al fondo del artilugio. Tras un tiempo colgado en una estaca, para que los caracoles se depuraran, era el momento de hacerlos con arroz y conejo o con tomate frito. Por no hablar de palabras mayores, como el guiso de trigo y caracoles del domingo de Ramos.

Cacicuesco

Si no han oído nunca este estruendoso vocablo, su son estentóreo ya les anuncia que no dirá nada bueno de aquel a quien se le aplica. Si pedimos pelos y señales de este espécimen, siempre masculino, en el suroeste murciano nos dirán que es un simplón, un tonto de marca mayor, de mente tan cerrada y obtusa como el hueso de la fruta y tan poco sólida como el pedo gordo, ambos llamados cuesco. Pero nadie se plantea la veracidad de esta supuesta etimología a la hora de mirar mal al prójimo, aunque realmente no sea tan así: nuestro sobrino es un cacicuesco porque lleva atascados los estudios, tacharemos de cacicuesco al dependiente de escasa diligencia e incluiremos en la categoría a todos los que queramos presentar como duros de mollera; pero sin dejar fuera a los que simplemente nos caen mal. Porque, como otros muchos vocablos peyorativos, se suele utilizar como arma arrojadiza para herir al de enfrente, quien, si es tan intolerante como nosotros, quizá nos tache de lo mismo. Que no hay medida que establezca con certeza dónde empieza y dónde acaba la torpeza del cacicuesco.

Cagarrache/ cagastiles

Entre la fauna avícola y la humana, que a ambos órdenes de la zoología pertenece, el cagarrache es una especie nada desdeñable. Ornitológicamente, es un pájaro pequeño, insectívoro, de aspecto un tanto erizado y friolero que, ya desde el propio nombre, no parece merecer demasiada consideración. Conocido genéricamente como tarabilla común, se ha ganado sobradamente el nombre nada halaguero de cagarrache dada su costumbre de colocarse sobre cualquier estaca o palo vertical, incluidos los mangos o astiles de las herramientas agrícolas, como azadas, picos o legones, que suele enredar con el churrete de sus defecaciones, lo que le ha merecido también el nombre de cagastiles. Y no les sorprenda que nombres tan atrevidos los hayamos traslado también a los seres humanos, sobre todo si nos parecen insignificantes y encogidos, de escasa soltura o poco espíritu de trabajo –“No sé qué hace aquí este cagastiles”-; o sin otra intención que el deseo de malmeter y molestar al prójimo –“Tú cállate, cagastiles, que eres un cagastiles”-. Aunque también puede aplicarse como apelativo cariñoso al niño menudito y estruciante para celebrar sus gracias: “¡Mira las ocurrencias que tiene este

Cagueta, caguetilla

Las mentes puritanas han sometido a muchas palabras a un proceso de descrédito al atribuirles la maldad o la mala imagen de lo que designan; mientras que los habladores vulgares nos recreábamos en ellas, e incluso inventábamos sinónimos más llamativos. Ingenuos y silvestres como nuestro padre Adán, seguíamos diciendo comperdón cagar, como los cultos latinos, que también cacabant (sic); y cuando la tal evacuación se hacía blanda y frecuente, derivaba naturalmente en cagueta, y si llegaba a líquida e incontinente, alcanzaba la consideración de caguetilla, por no llamarla cagalera, correncia o zangarriana. Pero desde siempre los finos -aunque “caga el pobre, caga el rico,/caga el obispo y el papa”- evitaban tales vocablos y hablaban de cuerpo ligero o trastornado y, en caso de necesidad, de descomposición o diarrea. Y con el lenguaje medicalizado de ahora, todos sabemos de gastroenteritis, de virus intestinal o del virus que corre (sic). Aunque algún viejo analfabeto y descreído nos pregunte si lo que de verdad tenemos es cagueta o caguetilla; y siga llamando cagueta o caguetilla– y no gastroenterítico- al medroso que se va a la pata abajo ante el mínimo problema.

Cahcarrias

Leo en el diccionario que las cazcarrias son única y exclusivamente las adherencias de lodo que se pegan y se secan en los  bajos de la ropa, y entonces me paro a pensar que muchas de nuestras palabras, palabricas y palabrotones dicen bastante más que ciertos vocablos académicos. Para empezar, nuestro cahcarrias da noticia fidedigna sobre los medallones, colgajos y pelendengues de suciedad reseca que adornan la capa pilosa o lanar de rabos, corvejones y costados del ganado cuando se escagarrucia o se tiende sobre el lecho de estiércol blando amasado con excrementos y orines. Y de aquí pasa a nombrar, no sin cierta intención hiperbólica y crítica, la suciedad que se acumula en los cuerpos, ropas y recipientes por falta de higiene, en forma de mugres, roñas, pelotillas y gurullos que se amasan y envejecen con el polvo, el sudor, las grasas y otras adherencias. “El zagal lleva los calzones llenos de cahcarrias”, “Lávate, hijo, y quítate esas cahcarrias” o “Límpiale las cahcarrias al vasijo”, decimos, y todo el mundo entiende que estamos hablando de cosas no nada limpias, y no porque lo hayamos aprendido en el diccionario.

Cajonera

En otros tiempos, cajonera no era solo un conjunto de cajones. Cuando existían burros, mulas y caballos, por estos parajes todo el mundo sabía que cajonera era el montón de excrementos que estos deponen de una sola vez, mientras que cajón eran las unidades del conjunto; y pocos conocían que eran formas sincopadas, respectivamente, de la cagajonera y el cagajón del diccionario. Por entonces patios y aledaños de cabañas y palacios, caminos y carreteras, estaban sembrados de frescas o secas cajoneras, y hasta era negocio lucrativo su recogida ambulante con un barredor y un capacico, que incluso se le ponía a la bestia debajo del rabo para no desperdiciar el preciado abono o evitar que un competidor se adelantara. Y también servía para nombrar el dicho inoportuno o la obra insignificante –“Menuda cajonera se ha dejao caer el Jaime”-, y se recomendaba para tapar la boca abierta del niño o del pardillo que se asombraba ante lo desconocido o novedoso: “Nene, en Madrid, ponte una cajonera en la boca”. Hoy solo los señoritos caballistas gozan de su vista y olor. Aunque quizá ya no se llamen así.

Calandraca

En el género humano se distinguen dos tipos de personas: yo y el otro, como ya ocurría con nuestros primeros hermanos Caín y Abel. Lo nuestro es lo bueno, lo pertinente, lo bien hecho, mientras que lo de los otros nos cansa o nos resulta insoportable. Y en el saco de la pesadez y la inoportunidad está el discurso enfadoso, por reiterado e inconveniente, que pretende adoctrinarnos con consejos u obtener alguna dádiva o beneficio con requerimientos insistentes. Otros lo llaman cantinela, monserga, lata, cancán, tabarra, gaita o tostón, y los murcianos repalandoria, retólica o sermonata. Pero cuando sube de tono o se hace especialmente reiterativo, para convertirse en una romancina insoportable que nos calienta la cabeza, por aquí tiene un nombre que, con su sola mención, retrata la impresión desagradable de este martilleo más molesto por el runrún de su música desacorde y cargante que por el propio contenido. Lo llamamos calandraca; y si no es bastante, lo reforzamos con matraca, y así le podemos decir  a nuestro interlocutor que no siga con la matraca y la calandraca. A ver si el tal se da por aludido.

Caldear, carlear

Ahí viene haldeando la señora de mediana edad y abundosa de carnes mientras sube la empinada cuesta que, en una siesta calurosísima del mes de julio, la trae del mercado; allí tenemos al zagal que llega extenuado y sediento tras darse una larga carzarena sobre la bicicleta; frente a su amo está el perro que espera ansioso la recompensa tras perseguir a una liebre esquiva. En todos estos casos, los decires de la retórica popular no encontraron una imagen mejor que la del horno de cocer el pan al que se ha echado calda, por cuya boca sale el eco rumoroso de la combustión e incluso una vaharada de calor y de fuego, para aplicarla al jadeo y al respirar entrecortado y acezante del que llega extenuado por el exceso de calor, la sed o la fatiga del esfuerzo continuado. Decíamos entonces que estaban caldeando, carleando o cal-leando la señora, el niño o el perro, y con este vocablo todos sentíamos su penoso jadear. Ahora seguramente personas y animales también se cansan y jadean, pero hemos olvidado el caldear que describía con justicia el atosigamiento de su estado.

Calistro

Cuando los habladores silvestres pronunciamos calistro, nos viene la imagen erecta del árbol de origen australiano cuya sombra adornaba la puerta de la casa, dio protección con su ancha copa al corral del ganado, fue el refugio de la siesta para los que trillaban en la era o transitaban por caminos y veredas, fue guardián del pozo y fue ágora para el encuentro y la conversación. Cuando digo calistro, me llega la figura del calistro vulgar, de hojas finas y alargadas y fruto en forma de pequeñas pelotillas; pero también veo el calistro medicinal, de enorme porte, hojas más anchas y verdes y fruto recio de capsulas piramidales. Hablo del que, alto y airoso, era habitado de la algarabía de miles de pájaros, del que era vigía de la era, del cortijo y de sus habitantes, testigos minúsculos de su exuberancia; aquel cuyas hojas utilizábamos para tomar desahumos que curaban toses, congestiones y gripes, como el mágico bálsamo de Fierabrás. Digo de aquel que un día cortaron de forma inmisericorde, privándolo antes de su rotundo nombre, que devino en el pretencioso eucaliptus, como ahora lo conocen los finodos y hembrilatinos.

Callacuezo

El género humano no deja de ofrecernos ejemplares raros y curiosos, y el lenguaje se ocupa de catalogarlos, a veces de manera una tanto redundante, insistiendo en el rasgo que mejor los define, y en la mayoría de los casos los descalifica. Si no, vean ahí la figura del callado, del retraído, del que no opina ni para bien ni para mal, del que no participa en las conversaciones ni se hace cargo de nada. Alguien podría confundirlo con el abanto, el inútil que no pincha ni corta. Pero no es así: por las muestras que da, se trata de una especie reconcentrada y extraña, que calla pero no otorga, que se guarda sus opiniones y fobias y las va condimentando en su interior, sin compartirlas con nadie, sin decir ni que sí ni que no. Pero luego actúa como le da la gana, sin hacer caso de nadie, en el momento más inoportuno, a la chita callando, o suelta una inconveniencia o un reproche que no viene a cuento. Es el callacuezo, especie de cuidado que lo hace todo a sorbo callado; pero casi nunca nada bueno.

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