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Danzar

 Las cosas y los hechos son como son y ahí están para verlos; pero son las palabras las que los pintan de una manera o de otra, dando de ellos una imagen subjetiva. Así ocurría con el bullicio continuado de las personas, al que se le aplicaba la imagen del movimiento acompasado y rítmico del baile o del moverse acelerado y saltarín de una cosa. Generalmente, el término danzar ponderaba el trajinar sin pausa de la persona que llevaba todo el día danzando en las faenas de la casa o estaba danzando por la calle haciendo recados y gestiones; aunque a veces adquiría un tono recriminatorio que criticaba los malos pasos o la holganza de quien hace lo que no debe, como el que no paraba de danzar por la casa con el suelo recién fregado o el que andaba danzando noche y día por bares y tabernas. Pero en estos tiempos el verbo danzar no está tan en danza para mentar una actividad bulliciosa e incansable, con lo que parece que ese ir y venir y ese trajín han perdido gran parte de su continuidad y su gracia.

Deceomo

El lenguaje de la religión y de sus ceremonias impregnó la retórica popular con multitud de términos, no siempre bien comprendidos, con que catalogar a personas, objetos y acciones de nuestra vida cotidiana en un principio ajenos a ella. En cuanto a las personas, a un hombre se le puede presentar como un adán, verlo hecho un cristo o decir de él que es más falso que Judas o más malo que Caín; y de una mujer podría decirse que llora como una Magdalena o llamarla hija de Eva. Pero hay que confesar que en la imaginación popular no había vocablo más rotundo y expresivo que eccehomo para caracterizar a la persona de aspecto poco agradable. Aunque por aquí decidimos no aligerar tan raro vocablo, sino alargarlo como si lo multiplicáramos por diez: como un decehomo veíamos a quien iba destrozado y sangrante tras un accidente, a la persona sucia y desarreglada o al roto y remendado. Y sobre todo, así retrataba su madre al nene todo sucio, despeinado y descompuesto tras una caída o una sesi


Denantes/ endenantes

Afirmaba Góngora que la distinción de los hombres doctos consiste en hablar de manera que a los ignorantes les parezca griego. Pues bien, cuando los más viejos del lugar decían endenantes era como si estuvieran recitando de un tirón casi la mitad de las preposiciones latinas; y los más jóvenes teníamos la impresión de estar escuchando de viva voz lo que habíamos leído en Cervantes, Quevedo o Lope de Vega. Como si fuera cosa de milagro, celebrábamos la pervivencia de unos endemismos expresivos que nos remontaban al más antiguo y mejor decir. Pero otros muchos, presumiendo de cultos y bien hablados, hacía tiempo que ya le habían colgado a endenantes, y a otros muchos decires antiguos, la etiqueta de arcaicos, para acabar echándolos a la hoguera de los vulgarismos. Así que este endenantes –y mesmo, agora, vide, y tantos otros- fueron arrinconados como chocheces trasnochadas del abuelo, y definitivamente olvidados. Así que cuando yo digo ahora endenantes, convidar o cuasi, todo el mundo me mira de reojo y se sonríe como si yo hablara en griego, porque no saben que en ese instante lo que oyen es latín. 

Desabejar(se)

Cuando oímos la palabra desabejar, inmediatamente volvemos atrás en el tiempo para ver la figura enigmática del colmenero que, una mañana de abril, como si se tratara de un cosmonauta con su traje espacial provisto de escafandra y armado de un humeador de fuelle y una larga espátula, combate con saña a las últimas escuadras de abejas que revolotean enloquecidas alrededor de la colmena. Ni que decir tiene que está desabejándola. Pero como ocurre con frecuencia en la cháchara popular, muchos de los términos del lenguaje de las faenas agrícolas se transmutan en imágenes muy expresivas con que dar cuenta de acciones y comportamientos humanos. Así, cuando uno se ve acosado por amigos pelmazos, vive encimado por familiares y allegados entrometidos y pesados o se siente incómodo en el fragor de una reunión o una tertulia, lo que desea es desabejarse de esa molesta compañía, como quien ahuyenta un enjambre de abejas. Aunque en otras ocasiones lo que querríamos es desabejarnos de ocupaciones un tanto molestas, de trabajos engorrosos o de preocupaciones que nos sobrepasan, como si se tratase de una nube de abejas que zumbaran amenazadoras alrededor.

Desaflojar

Puestos a manosear y manipular la anatomía de las palabras, los hablantes informales nos vemos atacados por una especie de trastorno bipolar, si no esquizofrenia declarada, que nos lleva a quitarle piezas a su forma comúnmente admitida (bujero, onde, zafrán, chino…) o, por el contrario, a añadirles postizos, algunos un tanto chocantes, vengan o no a cuento. Es el caso, entre otras, de aflojar, que por arte de magia aquí podemos convertir en saflojar; mal menor que puede ir a peor cuando con frecuencia, quizá por un prurito culto mal entendido, la alargamos en desaflojar, cuya anatomía léxica, iniciada con el prefijo des-, que indica privación, puede sumir en la confusión y el absurdo a quien la escucha: nuestra intención es “disminuir la presión o tirantez de algo”, significado que se le atribuye en el diccionario; pero en realidad lo que estamos diciendo es lo contrario de lo que querríamos decir, pues estamos negando tal aflojamiento. Así que muchos no sabrán si cuando desaflojamos estamos aflojando o, por el contrario, estamos presionando o tensando lo que pretendíamos aflojar. Aunque nosotros nos entendemos. O al menos eso parece.

Desagerar, desageración

A veces la imaginativa popular quiere retratar tan a lo vivo lo que piensa o siente, que se empeña en que la forma de las propias palabras se contagie de ese afán expresivo. Dejando a un lado desanchar, cuyo significante apoya el afán extensivo del contenido, vengamos a desagerar, vocablo en el que la prótesis vulgar de la d- parece querer alargar y aumentar lo que el significado indica ya que es de proporciones excesivas. Así, se podría decir de un hombre que “es muncho desagerado”, y de las cosas que dice que “son una desageración”, con lo que la susodicha persona o el mentado suceso quedarán subrayados como fuera de lo normal o lo conveniente, y más si se abre mucho la boca al pronunciar sus sílabas y se hace una pequeña pausa expectativa entre ellas. Por eso, las personas que quieran alardear de un cierto tono épico en sus expresiones deben desagerar, sin ningún temor a pecar de desagerados, para que los destinatarios de sus historias las celebren afirmando con mucho énfasis que “vaya una desageración”. Sigan mi consejo, que no desagero nada.

Desahumo

Cuando eras un niño, una vez o dos cada año se repetía el consabido ritual del desahumo, con unas condiciones: tener un fuerte resfriado, congestión nasal y pectoral y bastante fiebre. Acurrucado en la cama, oías el crepitar de la lumbre y el trajín de tu madre en la cocina. Y de pronto entraba ella a toda prisa, con una gran olla entre las manos, y ordenaba que te colocaras atravesado en la cama, con la cabeza, tapada con las mantas, asomada por el borde. Cuando se quitaba la tapadera del recipiente, la vaharada intensa del cocitorio de grandes hojas de calistro (eucaliptus globulus) te envolvía en una atmósfera cálida y húmeda que acariciaba el rostro y se metía por la boca y la nariz creando una sensación de cierto ahogo, pero al tiempo acariciadora y balsámica. Una vez desahumado, tapado cabeza y todo con siete mantas, un sudor torrencial te empapaba el cuerpo; pero seguro que mañana la congestión y la fiebre habrían desaparecido. Y desde entonces tienes la impresión de que en tu pequeño mundo se confundía sahumerio con desahumo. Pero tampoco importa mucho.

Desancharse, desanchao

A veces nuestras hablas vulgares abandonan sus principios de economía y mínimo esfuerzo y, lejos de simplificar la expresión, la complican, alargando el vocablo, sobre todo con el añadido innecesario de d- o des- al comienzo, como ocurre con descoger, deslabón, despropiar o destruir (instruir); pero en otros casos el postizo inicial nos crea la sensación de que el alargamiento formal trata de reflejar la amplitud y la importancia de la realidad referida. Y eso es lo que ocurre con desagerar y, sin ir más lejos, con desanchar(se). El que se desancha es el que se envanece, el engreído que cree que tiene una importancia y una dimensión superior a la de los demás; su vanidad y afectación parecen desbordarse, con un afán de ocuparlo todo aplastando a los prójimos, a los que desprecia o ignora, no haciendo caso de su presencia, opiniones o ruegos. Así, no es difícil oír que “Francisco es muy desanchado” o que “Rita se desancha con todos”; e incluso se les puede dirigir a ellos el reproche: “¡Qué desanchaos os estáis volviendo”. Así que no se me desanchen y escuchen mis razones.

Desasnarse

Es sabido que desasnar es una pedagógica acción transitiva que consiste en enseñar a alguien para sacarlo de la rudeza y la ignorancia; es decir, para que no sea burro. Pero en el suroeste murciano uno puede desasnarse a sí mismo, aunque habría que entender muy bien el sentido de este reflexivo para no llevarnos a equívoco, porque algunos vocablos de nuestra parla con el prefijo des- expresan lo contrario de lo que dicen para el resto de los mortales. Como desasnarse, que es librarse de toda norma, comportarse de forma improcedente o alocada saltándose las reglas y protocolos que nos tienen sometidos: “Este zagal, como está a careo, se va a desasnar”, “Mi hombre, en cuanto se toma dos copas, se desasna”, “La Josefa se desasnó desnudándose en su boda”. En definitiva, desasnarse, más que despojarse de la condición de asno es comportarse en todo como tal; igual que el borrico que, tras mucho tiempo de estar uncido o atado al pesebre, viéndose libre, lo celebra con toda una coregrafía de retozos, coces, revolcones y rebuznos que dan testimonio de su condición asnal. Así que no confundamos.

Desclarecer; desclarecío, ía

El habla vulgar resulta a veces un tanto caprichosa y juguetona: lo mismo acorta las palabras amputándoles alguna sílaba, que las estira a su modo añadiéndoles postizos aparentemente innecesarios; y ejemplo de ambas manipulaciones es desclarecío, término en el que lo que despreciamos al final lo añadimos graciosamente al principio con el prefijo des-, que se pasa un tanto de cuidado y de fino. Y quizá lo hace para competir con el lustre del significado, que, aplicado a lo que se acaba de lavar o limpiar, denota que ha quedado pulcro, reluciente, ya sea una ropa, antes enterquecía, que ahora queda “muncho desclarecía”, o una cara recién lavada que, desclarecía, brilla como los chorros del oro. Pero si desclarecer lo trasladamos a la inteligencia, podemos decir de algunas personas que “tienen una cabeza muy desclarecía”, o, sin ir más lejos, de nuestro vecino Ruanillo, que “es muncho desclarecío para sus cosas”; con lo que del uno y de los otros queremos resaltar que son vivos, listos, de mente aguda y despejada. Y en todos los casos habrá merecido la pena utilizar una palabra tan requetefina y desclarecía.

Descomer(se), descomío (estar)

Del que come, cuando ha acabado de comer, podemos decir con toda propiedad que está comido; y por la misma regla de tres, en nuestra jerga vulgar, del que no come se dice que está decomío. Así de claro. Pero si nos acercamos al diccionario oficial, las cosas no resultan tan sencillas, porque no encontramos por ningún sitio nuestro descomío; e incluso pueden resultar incomprensibles, y hasta desagradables para quien las entienda, porque descomer significa ni más ni menos que “exonerar el vientre” (sic). En cambio, para nosotros descomerse es perder el apetito, el gusto por comer, y el que está descomío es el inapetente, el desganado, el que no tiene deseo de comer. Por eso, aquí las madres, siempre tan protectoras, se preocupaban porque su niño se había descomido y tenían que darle una copita de Quina Santa Catalina o una buena dosis de hígado de bacalao porque estaba descomío. Y como entonces no nos preocupaba casi nada el exceso de calorías ni de hidratos de carbono, sino más bien cómo proporcionárselos, no se hacían dietas e incluso el estar descomío no estaba muy bien visto.

Desmanotao/ehmanotao

A veces las imágenes con que el habla popular critica los vicios o carencias resultan extremadamente gráficas, e incluso crueles. Así ocurre con patoso, que debe de ser aquel que, por inhábil y desmañado, mete la pata en todo lo que hace. Pero no me digan que no es mucho más certero y sangrante nuestro adjetivo desmanotao o ehmanotao, que ofrece una imagen hiriente de quien maneja las manos de una forma torpe e inhábil en las tareas cotidianas o en el trabajo manual, identificando su inutilidad con la del manco, que no las posee. Y a partir de ahí, se generaliza su significado refiriéndolo a los que son desastrados o poco habilidosos en cualquier faceta de la existencia, desde el flojo que rompe los platos al fregarlos hasta el que viste andrajoso o deja su casa que se caiga de vieja. Y si queremos ir un poco más allá, también llamamos aquí esmanotao al manirroto, que gasta los dineros sin ton ni son, como si se le cayeran de las manos. Y mientras, el diccionario académico a verlas venir, diciendo que desmanotado es el apocado o pusilánime.

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