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Ecuneméquili/ equiliméquili

Sólo los indígenas lorquinos, y pocos más, pueden darse el gustazo de haber inventado un término propio para expresar el acuerdo con una situación o el asentimiento a lo dicho por un interlocutor. Ahora que los finodos contemporáneos contestan okay a cualquier cosa que les digamos con tal de pregonar su vastedad cultural, sería el momento de reivindicar nuestro ecuneméquili, que, con su acústica de formula abracadabrante de cuento de magia, nos confirmaba a nosotros mismos el acierto de nuestros dichos o hechos, como si de un eúreka de andar por casa se tratara: “eso es”, “ahí está”, “lo conseguí”, nos decía el equiliméquili pronunciado en voz baja o a voces para celebrar el hallazgo inesperado o una obra bien hecha. Y “exacto”, “de acuerdo”, “ni que decir tiene” entendían nuestros interlocutores cuando nuestro rotundo ecuneméquili les expresaba el beneplácito, el acuerdo firme con lo que opinaban o pedían. Y entonces podrían ustedes, y yo mismo, tomarse a risa el balbuciente y estreñido OK imitado de las películas americanas o el equilicuá italianizante y cursi para presumir de este superfragilisticoespialidoso producto de la tierra. Ecuneméquili, o como se diga.

Efelitar

En aquellos remotos años del estraperlo, la carestía y la cartilla de racionamiento, la buena apariencia física de las personas se basaba, aunque nos parezca mentira, en la posesión de carnes generosas y buen color, que mostraban a las claras el buen comer y el mejor vivir de los que así se mostraban. El mejor piropo entonces era decir a quien nos dirigíamos que nos alegraba el verlo gordico y colorao. Por el contrario, la delgadez era signo de debilidad y flojera, y estas pasaban por ser el espejo del hambre o la enfermedad. Entonces recurríamos al verbo efelitar y a su participio efelitao/ efelitá para hacer un retrato de la flojedá y la delgadez extrema de la moza o la debilidad del viejo que apenas ser mantenía de pie irmao en su garrotica. Porque efelitar no era más que una manipulación y un adelgazamiento del término debilitar que, igual que la realidad significada, quedaba enflaquecido y flojo hasta resultar irreconocible. Visto el gusto actual por la delgadez, no vendría mal poner de moda esta palabra que tan bien retrata al escuálido, sea voluntario o por fuerza mayor.

Ehfalijar(se)/ efalijar(se)

A veces me da por pensar que esto del palabrero es como una herencia que cada uno cuida y cultiva a su antojo. Unos someten a las palabras a una guarda cuidadosa, con el afán de librarlas de cualquier manipulación que pervierta su sentido o vulgarice su forma de decirlas. Observen, si no lo creen, el desvalijar venido de la culta Italia, que encierra todo un compendio de sucesos incluidos en el código penal: el robo del contenido de una valija, del interior de una casa o de los bienes de una persona. Comprueben, en cambio, cómo nuestro efalijar fue por otro lado: sometido a una llamativa cirugía estética, se refiere a todo aquello que se deshace, rompe o  desgobierna. En nuestra propia anatomía, se nos pueden esfalijar hombros, brazos, manos o tobillos. Pero también se puede ehfalijar una buena amistad, un negocio excelente o un trato ya cerrado. Y no digamos nada de los noviajes y matrimonios efalijados por ley natural o por la interferencia del tercero que los efalija. Aunque no parece que los tiempos y las modas sean propicios para nuestro llamativo y polivalente ehfalijar.


Ehfisar/ efisar

Pocas palabras tan controvertidas como esta “recreación” de la parla murciana. Muchos se atreverían a colocarla entre los vocablos más toscos y vulgares y a mofarse de aquellos que la utilizaban con toda naturalidad, cuando en realidad se trata de una adaptación del culto divisar. Por otra parte, sorprende que, frente a la expresión sencilla del muy común mirar, los habladores murcianos recurrieran a un término finodo como divisar, que les obligaba a camuflar sus finezas con destempladas amputaciones y deformidades. Pero lo cierto es que nuestro efisar hizo fortuna y muchos lo utilizaban sin saber que estaban diciendo lo mismo que los que pronunciaban divisar, y sin hacer caso de las burlas y chascarrillos que su uso provocaba. Y si decíamos que esfisábamos algo a lo lejos estábamos presumiendo de nuestro buen ojo, lo mismo que cuando efisábamos la calle tras la ventana; y si advertíamos a alguien que lo estábamos ehfisando, poniendo además el dedo índice debajo de ojo, ya podía estar seguro de que lo estábamos sometiendo a estricta vigilancia. Así que efisar era verbo muy a propósito para curiosos y fisgones. Mucho más que divisar.

Eflandir

Por entonces lavarse cara, manos y pies en la zafa o en el lebrillo era tarea cotidiana para los más limpios; pero el lavote de cuerpo entero sólo ocurría en verano si llegaba la ocasión de capuzarse en una balsa, echarse unos calderos de agua junto al pozo y, para los privilegiados, darse algún baño de mar. Y la muda de la ropa se contaba más bien por semanas e incluso por meses. Así que sudor, polvo y terraguero se iban asentando en cuerpos y ropas, de manera que cuellos y puños de camisas, entrepiernas y patas de calzones y calzoncillos, sábanas y avío de la cama iban acumulando rasineros y roldes de suciedad que los oscurecían y les daban un olor rancio y zorruno. Por eso había que someter la ropa más entrapizada a un severo japotreo con agua y jabón en el lavadero de la balsa o del pozo, y finalmente eflandirla, con un enjuague o aclarado que le quitara “lo más gordo”. Tarea esta de eflandir que se aplicaba también a los asuntos enredados o turbios, que convenía aclararlos, es decir, eflandirlos, antes de intentar resolverlos.

Ehpelechar

Los habladores silvestres, aunque ustedes no lo crean, nos esforzamos por ser cuidadosos en las formas de la expresión y precisos en el contenido de lo dicho. Vean cómo al término pelechar le añadimos el prefijo des-, que indica privación, que es lo adecuado para referir que un animal cambia el pelo o la pluma; aunque luego amorticemos la d inicial por prolija e ineficiente y aspiremos la s por demasiado fina. Y ya puestos, considerando que el animal en proceso de pelecha o despelecha tiene una apariencia descompuesta y enfermiza, decidimos extremar la imagen hasta convertir el vocablo en sinónimo de morir, que eso sí que es perderlo todo. Provistos del reformado palabro, lo utilizaremos para dar noticia de que el tal espelechó o el cual ha espelechao; pero lo aplicaremos sobre todo con una intención premonitoria –“La abuela va a espelechar este invierno”- o como una reconvención que advierte de los riesgos que conllevan los descuidos y excesos: si decimos “Como no te cuides, vas a espelechar” o “El Juanico va espelechar de una hartá de comer”, nadie echará en saco roto la gravedad de nuestras consideraciones.

Ehmulagar

Numerosos vocablos y expresiones dan cuenta de la cansera, uno de los males físicos que con cierta frecuencia aquejan a los indígenas de estos lugares, casi siempre con la intención hiperbólica de dramatizar el estado del doliente, que se encuentra estrozao, esjonzao, esrabillao, hecho carbonato, yesca o piazos, por citar solo algunas de estas estampas tan llamativas. Y los eruditos locales dan cuenta fidedigna de tales términos en sus palabreros. Pero nadie habrá visto por escrito uno de los que retratan más a lo vivo la sensación de derrengamiento que padece el que realiza una larga caminata, arrastra un fardo de gran balumbo o no da abasto en las faenas y trajines de la casa o del trabajo. Ese dolor de piernas, esa sensación de que la carne de los muslos se tensa y se despega de su sitio natural, nos obliga a irmarnos o a sentarnos en cualquier sitio, a suspirar hondamente y a confesar a unos y a otros que estamos ehmulagaos. Aunque como nadie certifica la existencia, presente ni pretérita, de tal vocablo, a uno le entra la duda de si es que lo habrá soñado.

Embijarse

Si buscan este vocablo en el diccionario, verán que se refiere a pintar con bija. Pero no es este el caso en el campo de Lorca. Va usted paseando descuidado por una senda, o trastea en unos matojos, o se acerca a unos almendros en flor, o derriba un pequeño panal adosado al alero de la casa, y entonces puede ocurrir la catastrofe. Todo un ejército de obejas o de ovispas se le puede embijar: en medio de un zumbido inquietante, aletearán a su alrededor, se lanzarán en picado sobre su anatomía y, en definitiva, lo acosarán y perseguirán con saña, reaccionando con más agresividad y pertinacia a sus amagos y manoteos defensivos, hasta llegar al temido desenlace: una o varias picaduras, auténticos setazos que le hincharán brazos, cuello y ojos dejándolo hecho un auténtico monstruo. Pero este ataque inmisericorde puede ser obra también del género humano cuando, con razón o sin ella, una persona, toda una familia o una cuadrilla de energúmenos se nos embija por quítame allá esas pajas, asaeteándonos con improperios y palabrotás, si no es con jetazos, guascas o puntapieses, que todo puede ser.

Empalme

Si uno es asiduo lector del diccionario oficial, como lo fue Azorín, comprobará que es una fuente inagotable de información y de sorpresas, tanto por lo que guarda como por lo que ignora. Si tomamos como referencia empalmar, veremos que se trata de “juntar maderas, sogas, tubos u otras cosas, acoplándolas o entrelazándolas”, mientras que empalme es el resultado de tal acción. Pero los malpensados comprobaremos con sorpresa que nada se dice en el docto libro del empalme del exduque de Palma, ni mucho menos del inocuo empalme con el que los indígenas del sur nombramos los cruces o bifurcaciones de caminos y carreteras. Porque por aquí no es extraño oír que unas personas quedan en verse en el restaurante del empalme de Archena o que girarán en dirección a Mazarrón en el empalme de Totana. Entonces nos imaginamos el empalme como uno de los pocos vínculos indisolubles que aún quedan en el mundo. Aunque un día convertirán uno de sus brazos en autovía y el empalme quedará en un simple paso elevado o en un túnel, perdiendo su condición romántica de encrucijada abierta a la elección del viajero.

Empantillar, empantillao

Sepan que, como ocurría con el nombre de don Quijote, hay alguna diferencia en los autores que de este vocablo escriben; y aún más, opiniones encontradas sobre el valor de palabra tan empingorotada y pizpireta a la que algunos acusan de los peores males, como desordenar, dejar sin solucionar o sin arreglo un negocio o una casa; mientras que otros la inscriben casi en el arte de la magia al decir que consiste en hacer algo que sorprenda por inesperado. Aunque por conjeturas verosímiles, y aún más por observación de lo que decía a los que hasta hace poco la usaban, vendría a significar cimentar, preparar, tener a medias un trabajo o un asunto que nos interesa. Así, la señora decía que había dejado el guiso empantillao antes de ir a misa o que ya tenía empantillao el traje de su hija, cortado y con los embastes, y el caballero presumía de tener su nueva casa empantillá, a medio hacer. Yo me limito a empantillar tan hermoso vocablo por si alguien quiere volver a usarlo. Y el dictamen de los sabios “más vale no meneallo”.

Ehmanguillar(se)

Aunque a ustedes les parezca esto mentira, tengo que decirles que este término fue de uso común por estos pagos para significar que se había desbaratado una articulación del cuerpo o estropeado un mecanismo. Si el mango es un elemento esencial para agarrar un utensilio, parece de toda lógica que exista un vocablo con el que designar la rotura o el desajuste de ese soporte. Así que una vez más fuimos los habladores de aquí los que acudimos al quite con un esmanguillar(se) que refiere la rotura o el desajuste del dicho mango, sea del cuchillo, del legón o de cualquier otra herramienta. Y ya puestos, lo aplicamos también a la dislocación o el defecto físico de una articulación del cuerpo humano o al desajuste de las piezas de una máquina. Y aún fuimos más allá al considerar que ehmanguillarse o estar ehmanguillao era la mejor imagen con que dar cuenta a todo el mundo del cansancio y el derrengamiento que nos había producido el trabajo físico continuado, y especialmente el de menear los remos, si cortábamos una garbera de leña o dábamos una larga caminata, por ejemplo.

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