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Falluto, ta

En este mundo de Dios nadie está libre de fallos y equivocaciones, porque errar es propio de la naturaleza humana y, si me apuran, de la naturaleza sin más. Empezando por lo último, les diré que las cosechas nunca están a salvo de plagas, pedriscos y otras catástrofes naturales que pueden acabar con ellas. Y uno de los efectos más devastadores que les puede ocurrir a los frutos de grano es que resulten fallutos, es decir, vacíos de ese grano que debía haber madurado, como consecuencia de sequías, humedades y otras inclemencias. Y eso es lo que les suele pasar a cacahuetes, almendras o nueces, y también a los cereales cuando sus espigas o panochas contienen granos enfermizos y vanos. Pero esta condición de falluto se puede extender como imagen muy expresiva a la vida cotidiana, diciendo que “El negocio de Rafael le ha salido falluto”, que “Ese asunto está falluto desde el principio”, e incluso calificar de falluto al marido de la Engracia. Y no sería malo tachar de fallutos al gobierno municipal o a los créditos impagados de la banca. Y así nos entenderíamos todos.

Faratute

Sepan que a veces los diccionarios son como las frías estanterías del supermercado: uno las recorre buscando el producto que necesita en un momento dado, y es precisamente ese el que no se encuentra allí. Y no digamos nada si se trata de una urgencia: ante una indisposición o desvanecimiento súbito, usted acude a su vademécum léxico, y allí encontrará términos técnicos como colapso, lipotimia, síncope o vahído, u otros muchos más comunes como ataque, arrechucho, desmayo, jamacuco, patatús, trastorno o soponcio; e incluso recordará algunos de su terruño no registrados, como cerengue, perrengue, o uno tan llamativo como perle. Pero como ocurre en el súper, que entre las marcas blancas nunca aparece el arroz Embajador o el chocolate Elgorriaga, uno corre el riesgo de no encontrar faratute, vocablo de amplio espectro que sirve para un roto y para un descosido, séanse las consecuencias de una enfermedad grave o los efectos de un estado de nervios, concretados en un acometimiento repentino que nos derriba y nos priva del todo del conocimiento. Y lo más grave: si, tras tanta búsqueda, lo encontramos, igual es ya demasiado tarde.

Fatear, fato
              
Si usted vive por estos parajes y es aficionado a la caza o personaje curioso y fisgón, seguro que conoce el término fatear, sinónimo casi exacto de goler y del más informal golisquear. Si usted tiene un galgo, se preocupará de que fatee los rastros y frezas de la caza en el monte; e incluso usted puede fatear con ahinco -venteando o acercando mucho la nariz- un buen trozo de longaniza o el olor del pan recién hecho. Pero fatear es también la acción de quien fisga mirando desde una ventana o una esquina o husmeando los rumores de una conversación para conocer las intimidades y miserias vecinales. Y si es usted un observador curioso de las cosas del hablar, apuntará que también se suele confundir el sentido de la percepción olfativa -es decir, el fato-, y la propia acción de fatear con lo percibido con ellos, llamado también fato: los olores y malos olores físicos, y también los rumores y malicias sobre el prójimo, de manera que al perro le da el fato de la caza y el entrometido ventea el fato de lo que ocurre alrededor.

Fijo

Los pedantes y bobos ilustrados –antes llamados piadosamente eruditos a la violeta- expelen un rotundo OK cuando quieren asentir o confirmar algo que les han dicho, e incluso llegan a convertirlo en una muletilla que no viene mucho a cuento. El común de los hispanohablantes dispone de un abanico de fórmulas para el asentimiento, desde el hasta sus numerosos sinónimos, como efectivamente, cierto, seguro, claro, sin duda, etc. Pero los hablantes castizos, sobre todo si son oriundos de Totana, Lorca, Águilas o sus zonas fronterizas, tienen un término impagable con el que afirman y aseguran el sí de la respuesta como si lo clavaran con una chincheta o lo colgaran de una recia alcayata. Fijo que ustedes, si son de aquí, han deducido que se trata de fijo, vocablo con el que uno atornilla la certeza de lo que afirma: “Fijo que voy, no te preocupes”, nos dirá nuestro amigo; “Te han engañado, fijo”, aseverará el desconfiado. Y entonces nosotros responderemos a unos y a otros: “Fijo, Fijo”; y todo quedará claro; o, mejor dicho, fijo. Fíjense bien y entenderán lo que les digo. Fijo.

Finodo, da

Los hablantes vulgares de por aquí llevamos muy a mal las finezas expresivas que exhiben algunos de los nuestros cuando han estado un tiempo fuera, aunque haya sido sirviendo o haciendo el servicio militar. Esos que pronuncian unas eses postizas y unas des más que forzadas y que encima adelgazan y aflautan la voz, son vistos por los indígenas como personajes ridículos que, con solo abrir la boca, se traicionan a sí mismos y burlan las esencias del hablar llano de siempre. Por eso, en fiestas y bailes, en el trabajo o en las reuniones familiares, en torno a ellos crecen las miradas de soslayo, los codazos y las risitas, que celebran a hurtadillas el fracaso del mestizaje expresivo de la lengua que mamamos de nuestras madres y las exquisiteces mal asimiladas del hablar foráneo. Y nada mejor que el neologismo finodo para calificar a la oveja descarriada causante de tales excesos con su fineza afectada e imposible, ya que este término, más expresivo que finolis, aúna en su fonética la pretensión culta de los finos con la ultracorrección ridícula de quien no puede alcanzarla.

Fiambrera/ ciambrera

Los más viejos del lugar recuerdan –y quizá, conserven, aunque con algunas abolladuras y deterioros- un recipiente cuyo nombre decía a las claras cuál era su uso, de manera que podía ser entendido hasta por un niño de teta: la fiambrera. En este recipiente de aluminio y de diversos tamaños, cuya tapa se encajaba herméticamente con dos cierres, se llevaba a cualquier sitio cómodamente el fiambre, la tortilla, un conejo con tomate, patatas fritas con pimientos o un sabroso plato de lentejas: al trabajo en el campo o en el andamio de la obra, a la romería o la comida en el campo –ahora llamada picnic-, a la playa para degustarlo en el chiringuito o rebozados en la arena, e incluso al cine de verano, ya fuera el distinguido Jardín Cinema o al más popular Cine Torrecilla. Pues bien, hemos acabado con un elemento tan útil, primero convirtiéndolo en un vulgar y soso contenedor de plástico cuya tapa no siempre encaja y, finalmente, traicionando su buen nombre, suplantado por el exótico tupper, si es que lo abreviamos y no pronunciamos completo el empalagoso tuppperwear. Hasta ahí hemos llegado.

Flamante

Si volviéramos atrás, a aquellos tiempos de la autarquía y la penuria, al paisaje monótono y gris de la cartilla de racionamiento, el queso y la leche de la ayuda americana y las ropas raídas o remendadas, con todo anegado de mediocridad y desesperanza, en alguna ocasión veríamos brillar una palabra encendida y resplandeciente que llamaba la atención sobre algo nuevo, atractivo y distinto de lo viejo, gastado y amorfo que veíamos por todas partes. Era flamante, con su hiperbólica y llamativa impresión de resplandor y brillantez, que se acentuaba si insistíamos en que se trataba de algo nuevo flamante y que se elevaba a lo sumo si lo calificábamos de nueveciiico flamante. Y así, alistados con nuestro vestido flamante, alardeando de nuestro reloj nuevo flamante o montados en nuestra bicicleta nuevecica, flamante, éramos la admiración de propios y extraños. Pero hoy, flamante apaga su brillo de antaño, casi olvidada en el diccionario, porque en esta sociedad del bienestar lo nuevo y flamante ya no es inusual y, por tanto, apenas llama la atención. Y si lo hace, lo calificamos de guay o fashion y nos quedamos tan frescos.

Flamará(da)

Nuestro hablar antiguo recurría a vocablos cuya vejez los acercaba a su origen, en muchos casos a la mismísima etimología latina. Así que nuestros arcaísmos nos hacían cultos y distinguidos, aunque nadie lo quiera reconocer. Así pasaba, por ejemplo, con flama y su descendencia, que los hablantes rústicos utilizábamos con tanta naturalidad como los “fabuladores” latinos. La abuela llamaba flama a la lengua de fuego que brotaba de la lumbre; y muchos gustaban de comer pan sobado llamado pan de flama; y lo nuevo o de aspecto resplandeciente se ponderaba calificándolo de flamante. Pero el no va más de la flama era la flamará, esa lengua viva y ondulante que, estimulada por el aire, brotaba de improviso del fuego del hogar, del rescoldo del incendio o del humero del horno a medio caldear. Aunque por semejanza también era flamará el encendimiento momentáneo del rostro causado por la vergüenza o el enojo, que declaraba con la rojez de la flama nuestra reacción alterada. Pero como ya nada es como antes, a la flama se le llama fuego y a la flamará llamarada, creyendo que así somos más cultos y sabidos.

Flechao, chá

Condicionados por nuestra limitada capacidad de desplazamiento, siempre hemos aspirado a ir más lejos, a subir más alto y, sobre todo, a hacerlo más rápido. Seguro que en alguna ocasión hemos querido emular al ave que asciende al infinito o a la estrella fugaz que surca la oscuridad de la noche, e incluso ser los mismísimos hijos del viento. Pero para las pequeñas tareas de la vida cotidiana no hay mejor imagen que la de la flecha para encarecer la prisa y la diligencia con que hacer las cosas: flechao caracterizará al que actúa rápido, como la flecha que sale rauda del arco tensado. Y así podemos decirle al zagal que vaya flechao a la tienda de la esquina a recoger una encomienda, o contar que el Ginés va flechao en su reci-én estrenada bicicleta o que Miguel Hernández canta al pájaro que desaparece flechado en su cielo. Y si aspiramos a ser finos y bien hablados podemos decir que el zagal, el Ginés y el ave hernandiana iban deflechaos; aunque no estemos del todo seguros de que los demás piensen lo mismo de nuestro supuesto buen decir.

Flit (aparato del)

Nunca me acostumbraré a no verlo ahí, posado sobre la leja del vasar o en el amplio alerón que bordea la chimenea. Sí, allí estaba, con su cuerpecillo rechoncho y su larga cola arrastrando por el suelo, con el aire soberbio de un avión stuka dispuesto para una misión de ametrallamiento del enemigo. Sí, ese era el terrible ingenio, la formidable máquina, el extraordinario aparato que nos permitía luchar contra escuadrillas de moscas y mosquitos y ejércitos de hormigas y cucarachas. De su diminuta boca, situada en medio de un cuerpo corto y rechoncho, brotaba -impulsada por un émbolo que recorría el cilindro hueco inserto perpendicularmente en aquel y movida por un pomo que empujábamos nerviosamente atrás y adelante- una nube de la sustancia acre y mortal que acabaría con los enemigos alados que poblaban los días y las noches del cálido verano, aun a riesgo de exterminar también a los humanos con el tósigo de sus vapores envenenados. Era el aparato del flit, ni más ni menos, al que algunos echamos en falta, ya sepultado en las sombras del desván y en la memoria del olvido.

Florear, floreo

No recuerdo palabra más hermosa y colmenera que nuestro florear, que no significa aquí adornar con flores, sino que procede del trajín floral de las abejas, que van de flor en flor seleccionando el polen. De este floreo se obtiene la imagen florear, aplicable a la acción de elegir del todo lo mejor, dejando el estrío o el desecho; labor no siempre bien vista porque suele ser fruto de una actitud interesada y egoísta. Así, el cogedor de esparto floreaba la atocha para elegir las hebras más largas, y otro tanto suelen hacer los cogedores de frutas y hortalizas; el ganadero se oponía a que el marchante floreara de su ganado los mejores borregos; en la comida familiar en plato único el más espabilado floreaba los tropezones más sabrosos; e incluso hoy la señora más exquisita, si la dejan, florea la fruta en el mercado. Y en otro orden, el joven galán podía florear entre las muchachas casaderas para elegir la más de su gusto; y a las que en este floreo habían sufrido manoseos, estrujamientos y otros tratos carnales, se les colgaba la etiqueta de floreadas.

Flurir, florío/ flurío

Convendrán conmigo, aunque sea solo por una vez, que en esto del hablar los designios del Señor son inescrutables, porque hacen que unos habladores digan las cosas de una manera y otros de otra, sin que puedan advertirse causas razonables para tal disparidad. Esto es lo que pasa, por ejemplo, con los términos con que se designaba el estado mohoso de alimentos como el pan, el  queso o la carne. Para la mayoría lo que pasaba es que se habían florecido, como si hubieran echado flores. Pero los habladores murcianos, no conformes con la palabra sabida y normal, inventaron el verbo florir o flurir, que daba cuenta del proceso de enmohecimiento que llevaba luego al resultado consabido: los tales alimentos estaban floríos o fluríos, obviando los significados positivos del adjetivo –muy adornado, escogido, distinguido- para insistir, por el contrario, en el mal estado del comestible. Hoy, que se compra el pan todos los días y los alimentos se guardan en el frigorífico, ya no hay riesgo de que aparezcan las desagradables flores. Y por eso quizá ya nadie habla de flurir ni de florío, ni siquiera de florecido.

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