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Gachapazo

Como si se tratara del atropellado fluir de una película muda, nos vienen a la memoria los innumerables vocablos del habla indígena que se recreaban en cantar con todo lujo de alardes sonoros golpes, encontronazos y caídas, como si quisieran retratar a lo vivo lo aparatoso y cruel de esos sucesos. Quedémonos por hay con el sugerente gachapazo, a cuyo comienzo suave, que sugiere un agacharse sin más, sucede el golpetazo violento del final que refleja la dureza de la sonora costalada, de la caída inmisericorde y cruel; vocablo con cuya mención nos recreamos todos, aunque mucho menos cuando se trata del protagonista del suceso: “Menudo gachapazo se dio el zagal con la bicicleta”, “No corras con el suelo mojado que te vas a dar un gachapazo”. Y como siempre el término que retrata el trastazo físico se convierte en una buena imagen para dejar constancia de un chasco o de una metedura de pata que nos duele y avergüenza tanto como el genuino y duro gachapazo. Hoy término tan cruel apenas se recuerda en la parla popular, aunque siga habiendo gachapazos, llamados de otras mil maneras.

Galguear

Parece que los misterios y caprichos de los diccionarios no tienen fin. Y viene esto a cuento de la familia léxica relacionada con golosinar, que, la mires por donde la mires, resulta coja e incompleta: en el diccionario encontramos galgo, término que caracteriza al goloso aficionado a comer golosinas; y galguería, el objeto del deseo del galgo: las golosinas. Pero, ¿para qué queremos el galgo y las galguerías si no disponemos de la acción que los relacione? Pues bien, en el habla popular galguear suple con exceso esta carencia, al caracterizar el comportamiento del galgo, que no es un comedor común, sino selectivo, caprichoso o exquisito, que pica entre comidas y se desvive por todo tipo de delicatessen, que algunos llaman atrevidamente mariconadas. Pero, sobre todo, galguear es florear, elegir entre varios alimentos el más gustoso, e incluso entresacar de un plato lo más apetecible; galgueo insolidario que merecía el reproche de los que compartían el plato único o se abastecían de una despensa no demasiado bien provista; pero también de la madre que consideraba que este galguear distraía a su vástago de una alimentación sólida y variada.

Gambá


El habla común dispone del término gamba para designar la pata de los animales, y también la pierna de las personas, sirviéndose en este caso de una imagen que nos asimila a ellos. Así que se dice “darle a la gamba” o “meter la gamba”. Pero sólo los habladores silvestres disponíamos de un nombre que refería la acción y el efecto de darle a la gamba. Nuestras gambás, prestadas de nuestros vecinos catalano-valencianos, daban el retrato preciso de los pasos largos, y a veces desacompasados, de la persona de largas piernas, de las gentes montaraces que marchaban por el campo o la ciudad inclinados y a pasos forzados como si estuvieran andando por la sierra, o de quien caminaba con las piernas muy abiertas poniendo un pie aquí y otro allá, sin mucho orden ni concierto. Así que los que solían llevar su paso y compás en orden consideraban que andar dando gambás era una forma poco elegante de moverse. Pero en estos tiempos, como la expresión ya no existe, no podríamos, aunque quisiéramos, dar cuenta fidedigna de que alguien anda dando gambás. Que seguro que todavía los hay.

Gamburrino/gambusino/mangurrino

En las frías noches de invierno, mientras ululaba el viento en las ventanas y se oía el canto sombrío de la lechuza, al calor de la lumbre, mientras la abuela cocinaba, la madre zurcía camisones y calzoncillos y los hombres laboreaban el esparto, era el momento de contar historias, rememorar leyendas mil veces oídas o leer los cuentos de Calleja atesorados en el arenoso chocolate Tárraga, para entretenimiento de los niños de la casa, vecinos y pastores. Pero alguna vez alguien proponía ir a cazar gambusinos, o mangurrinos: entre las sombras de noche, provistos de faroles y de sacos para capturar el fabuloso animal jamás visto ni oído, la caza podía acabar como el rosario de la aurora. Estando a la puerta de una cueva con el saco abierto a la espera del animal, un palo bien dado al farol, provocaría la estampida de todos, muertos de miedo, en la oscuridad. O quizá alguien advertía que lo había cazado y entregaba el saco al más novato o crédulo, quien, al llegar a la casa derrengado por el peso, descubría, entre la rechifla de todos, que estaba repleto de piedras.

Gañas

A la hora de limpiar un pescado, además de rasparle las escamas y cortarle las aletas y espinas, es necesario meterle el dedo en la boca y presionar hacia abajo para arrancar el aparato respiratorio y, prolongando la trayectoria del dedo, se desprenderá también el aparato digestivo con las vísceras y las tripas. Pues bien, a ese aparato respiratorio, que técnicamente recibe el nombre de branquias y es conocido popularmente como agallas, en la parla murciana se le vino a llamar gañas. Y este nombre se podía extender a todos los despojos del pescado, de manera que oíamos a la atareada señora decir, no que iba a limpiar el pescado, sino a quitarle las gañas; y una vez extirpadas, era de obligado cumplimiento obsequiar a los gatos de la familia con el rico y crujiente festín de esas gañas. Hoy, como las ciencias han avanzado una barbaridad, los pescados suelen venir ya fileteados y envasados al vacío; y si por casualidad son frescos, los limpiamos, pero sin saber que hubo una vez en que sus despojos se llamaron gañas, cosa que por aquel entonces sabían hasta los gatos.

Garba

A falta de un sistema de medida o de peso precisos, las gentes del campo se sirvieron de unidades, sobre todo de volumen, que establecían al menos una jerarquía de tamaño de la materia de la que se trataba: desde unidades medidas con las extremidades superiores –puñao, almostrá, manojo, maná, brazao…- hasta las que se servían de recipientes de cabida más o menos precisa –cesto, capazo, sera, jarpil, fanega, celemín…-. Otras, como la garba, eran de volumen aún más impreciso: situada entre la maná y el haz, la garba se componía en principio de diez o doce manadas de cereal, alfalfa, cebollas, etc., de manera que en el mercado el vendedor y el comprador se hacían muy pronto cargo del volumen aproximado de la citada garba, que en otros casos, sobre todo si estaba sin atar, se llamaba gavilla. Luego, por extensión, se llamó garba a todo atadijo de mies, hierba, alfalfa, ajos, leña o sarmientos siempre que fuera mayor que el manojo y menor que el haz. Y acumulando garbas, se formaba una garbera, sobre todo de leña, que alimentaría la lumbre durante todo el año.

Garbillar, garbillo

Sancho Panza trajo a don Quijote la desconcertante noticia de que su Dulcinea se hallaba ahechando trigo con una criba en el corral de su casa. Pero un Sancho murciano hubiera dicho que estaba en la era garbillando el grano, naturalmente con el garbillo, instrumento formado por un aro de madera que circunda una malla metálica bastante tupida. Con el manejo airoso del garbillo, movido de un lado a otro y de arriba abajo en continua danza y contradanza de un baile sin fin, el labrador separaba el grano recién aventado de las granzas que iban saliendo a la superficie en el centro del círculo, hasta que con un impulso repentino, que Sancho llamaría “la fuga del meneo”, se lanzaba todo hacia arriba, para que estos desechos fueran llevados por el viento mientras la lluvia dorada del grano caía ya limpia al garbillo. Y por extensión, garbillar era también rebuscar alguna cosa perdida entre otras muchas; y, además, el ir aireando las intimidades y miserias de la gente. Pero hoy los garbillos, desvencijados y arrumbados en la cámara, ya no garbillan y su nombre apenas nos dice nada.

Gárgol

Si usted abre el diccionario y se encuentra con gárgol, leerá: “Hablando de los huevos, huero”; y se quedará perplejo pensando cómo puede existir un huevo vano, sin sustancia, si todos los que compramos en el súper están ocupados por la combinación armónica de yema y clara. Item más, hasta los huevos Kinder llenan el vano de su levedad con algún minúsculo juguete o chuchería. Sólo preguntándole a la abuela podríamos resolver esta cuestión: ella nos diría que los huevos gárgoles no son huevos vacíos, sino malogrados o estériles porque se extraviaron en el nial o en algún momento escaparon de la amorosa cobertura de la cloca, por lo que resultaron a medio empollar, lo que les dejó la materia floja e inerte, desmadejada en vetas entreveradas de colores pajizos y ocres, fruto de la corrupción y de la podredumbre. Si uno descuidadamente partía y echaba en la sartén un huevo gárgol experimentaría la desagradable visión y el hedor de lo alterado y corrompido. Y también la abuela, de vista cansada, le dirá que tiene los ojos gárgoles, alusión a su especto opaco y mortecino enmarañado por las cataratas.

Garrampón

A veces el recuerdo de los días y, sobre todo, de las noches de la infancia nos produce sobresaltos y escalofríos. Eran tiempos aquellos de temor alentado por los mayores, entre cuyas ocupaciones no era la menor el “meter miedo” a los niños. La realidad y los cuentos estaban poblados de monstruos, aunque invisibles, siempre cercanos y presentes con sus poderes sobrenaturales que les permitían ir de los cuentos a la vida y de la vida al cuento por arte de magia. Brujas pirujas o torujas, ogros golones, duendes y bubos rondaban la casa, se acomodaban en armarios y cuartos oscuros, se asomaban a nuestra cama y vigilaban nuestros sueños. Pero, entre todos, el más sonoro, el más desgarrado, el más oscuro, con su fonética rasposa y retumbante, era el garrampón, cuya naturaleza nebulosa e invisible nos la dibujaba la tía, a la hora de comer o de dormir, entre divertida y amenazante, con la cara hecha una mueca y las manos adelantadas en forma de garras, en un ejercicio mímico que habría estremecido incluso al coco, al barzoque, al sacamantecas y a otros monstruos cotidianos e imposibles.

Garrucha/ carrucha

Todo lo que existe o pensamos que existe tiene un nombre, porque nombrar las cosas es darles vida, poseerlas, librándolas del olvido. Pero cuando dejan de usarse, se arrumban o desaparecen, entonces sus nombres languidecen, se borran de la memoria de los hablantes y, si acaso, malviven en el diccionario. Eso es lo que ocurre con carrucha o garrucha, nombre del instrumento casi mágico de la física que oíamos chirriar malhumorado en la boca del pozo o del aljibe, primero con un zurrido rápido y estridente al bajar y luego espaciado y fatigoso conforme iba subiendo el cubo de agua fresca y borboteante. Y de la carrucha, con su surco o roldana por donde se deslizaba la cuerda, surgían imágenes como carruchera, que indicaba la buena dirección y el camino recto para ir a un sitio o vivir la vida; y cuando uno lo encontraba es que estaba encarruchao, es decir, encarrilado, en la vía adecuada. Hoy las garruchas duermen el sueño del olvido en algún almacén polvoriento o tomadas de orín en la viga del pozo derruido. Pero a algunos todavía nos queda Garrucha, que no es poco.

Gas

Los entendidos en la materia constatan que esta precisamente puede presentar tres estados: sólido, líquido y gaseoso, de manera que no conviene confundir una piedra con un buche de agua o con el contenido de una botella de butano; aunque en el caso del petróleo, algunos se empeñaron en llamarle también gas. Y a esta excepción se acogieron los habladores silvestres, que, contra de los postulados de la química, vinieron a llamar gas a este líquido inflamable. Así que todavía muchos recordamos el quinqué de gas, con su orondo depósito, los humeantes pavos y pavas de gas, y los faroles y las cocinas de gas, que no era gas. Y junto a las capazas, cabeceras y talegas con que transportábamos alimentos y otros abastos, no debíamos olvidar la lata o la garrafa del gas, cuyo olor penetrante podía contaminar por mucho tiempo todo lo que tocaba. Pero esto era en otros tiempos, que luego este combustible de nombre equívoco fue desterrado definitivamente por la peras de la luz, las linternas eléctricas y las cocinas del gas gaseoso, para el que quedó, como debe ser, reservada la exclusiva del nombre.

Gayao/gayá

Frente al elegante bastón que distinguía al señorito de la ciudad, los pobladores del terruño recurrían al inseparable gayaogayá o gayaíca, los más amanosos- de madera nudosa de almendro o de caña ligera de mimbre, con mango curvo forrado de piel del que pendía un asa fina para colgarlo de la muñeca, y rematado con una porra natural o claveteada. De mil usos, era apoyo y compaña del caminante, fuera de faena, de visita o de ronda; le distraía la marcha haciendo con él giros y molinetes; le defendía de enemigos imprevistos; le ayuda a buscar setas entre la maleza o alcanzar brevas de las alturas; servía de garrote o como arma arrojadiza en alborotos de mozancos en rondas y romerías. En las largas horas de conversación o de trato a pie firme, se apoyaba detrás para descansar el cuerpo o, distraídamente, se dibujaban con él letras y figuras en la tierra. Y finalmente, era una herramienta de trabajo imprescindible para el marchante, ya que con él seleccionaba entre el apretado rebaño el borrego, la oveja o el cabrito sujetándolos por el cuello con hábil y ligera maniobra.

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