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Haberío

Los haberes son el conjunto de los bienes que se poseen y, por tanto, algo que no querríamos perder por nada del mundo. Y así lo sintieron los burgaleses cuando el rey Alfonso les amenazó con que perderían los haberes y los ojos de las caras si acogían al desterrado Mio Cid. Pero hay haberes y haberes; y el más preciado para el labrador era el haberío. Los mozos campesinos acomodados, cuando ponían casa, aportaban como ajuar el haberío, compuesto por el conjunto de animales de tiro y de labor que permitían desarrollar los trabajos propios del labrador. El bienestar y la categoría social dependían de los pares de bueyes, caballos o mulas que disponía para labrar y trillar, cargar con toda la variedad de productos o enganchar al carro o la tartana para el viaje; así como de la disposición de los arreos, aparejos, aperos y abastecimientos de paja y grano para mantenerlos. Todo lo cual, a ojos vistas, manifestaba si su dueño era hombre de posibles. Pero hoy el haberío es sólo un recuerdo de unas labores y un vivir que se fueron para no volver.

Habichuela(s)

Cuando Dios creó el mundo y dio vida y nombre a los seres que lo poblaban, fue el momento en que comenzaron a existir las habas, erguidas, de flores blancas y vainas –por otros llamadas tabillas—largas y recias, repletas de semillas que luego serían alimento para personas y animales. Pero lo que el Génesis no dice es que, a su imagen y semejanza, Dios creó también una planta de porte ligero y vainas delgadas, a la que, por lógica divina, llamó habichuela, ya se tratase de la mata, sus vainas o sus semillas. Pero el demonio, que todo lo añasca, y los hablantes impúdicos y poco respetuosos del orden divino vinieron a cambiarle el nombre en vano, y la llamaron judía –seguro que en loor de los enemigos de nuestra religión- y otros le dijeron alubia, y los de más allá fríjol. Aunque los habladores vulgares, temerosos de Dios, seguimos llamándolas habichuelas, pese al intento de algunos por bautizarlas como bajocas, si eran verdes. Todo como debe ser y como Dios manda. Que con las criaturas del Altísimo más vale no hacer mudanza, ni siquiera en los nombres.


Hablaero; hablarujo, ja

Cuánto tiempo hemos esperado para que el nene rompiera a hablar, atentos a escuchar los primeros vagidos de la lengua en su boca: ese ma o ese pa, que es todo un mundo de reconocimiento y de afectos. Y más tarde hemos ido viendo cómo esas sílabas sueltas, como pequeños eslabones de sociabilidad, iban brotando de sus labios con asiduidad y se conjugaban con otras para formar palabras completas y frases sincopadas, chapurreadas e incoherentes; y disfrutábamos escuchando los monólogos de ese hablaero o hablaruja como los sones gozosos de una lucha finalmente victoriosa con el decir. Pero otras veces lo ininteligible de ese decir viene dado por la distancia o la confusión de muchas voces: al entrar en un recinto lleno de gente conversando, nos sorprende y apabulla su babilónico hablarujo, en el que no se distinguen las voces de los ecos; o al oír desde la ventana a las gentes que pasan por la calle o se adivinan a la vuelta de la esquina, nos confunde su cháchara nebulosa que también llamamos hablarujo, quizá con la envidia de enterarnos de lo que dicen.

Hablarse

En tiempos casi de Maricastaña, el cortejo amoroso respondía a un ritual estricto, con los pasos contados, frente a las urgencias y el aquí te pillo y aquí te mato que hoy se llevan. Lo que había comenzado con el ojeteo del mozo o la moza y el hacerse ojico el uno al otro, en veladas familiares, fiestas y romerías o en escascaros y esperifollos, con miradas, acercamientos y algún escarceo verbal, dejaba paso a una relación más formal: el hablarse. Espontáneamente o previa petición, el pretendiente se acercaba a la zagala elegida y pegaba la hebra con ella en un aparte del baile, en la procesión y, sobre todo, por los caminos, trochas y veredas de ida y vuelta a casa, guardando las distancias, aunque aprovechando un descuido o estrechez del camino podía darle alguna chalecá o apestillarse un poco, como quien tal no hace. Y ambos eran la comidilla de familiares y amigos, encantados de que los zagales se hablaban; conversación que podría durar meses antes del noviazgo, durante el cual seguirían hablándose varios años más. Así que miren lo que va de ayer a hoy.

Hacho

Esta palabra me trae una escena cruel de la caza; o excitante y casi sublime, según se mire. Veo en la cuerda o en la ladera del cabezo un pequeño montículo redondo, hecho de piedra, coronado con esparto o albardín, como si se tratara de un hacho para alumbrarse, donde está la jaula con el macho de perdiz, reclamo mortal para los galanes arrichantes y las hembras arrebatadas por su presencia y su canto. Luego, una imagen extraña: una noche ventosa y fría; llaman a la puerta del cortijo perdido en el campo o en la sierra y entra un mozo que, tras dar las buenas noches, se acomoda en una silla, alejada de la cocina donde conversan o dormitan los de la casa. Pero a partir de aquí la historia difiere: en unos casos, la moza casadera se desliza hacia su cuarto, donde se alista para salir a sentarse junto al pretendiente, que la espera en el figurado hacho; en otros, tras un largo y embarazoso silencio, sin que nadie acuda al reclamo, el mozo se levanta y da las buenas noches. Luego, fuese y no hubo nada.

Haiga

Hay vocablos de rancia tradición, muchos de ellos arcaísmos de raigambre grecolatina o usuales en la literatura del Siglo de Oro, que hoy ni siquiera aparecen en los diccionarios, despreciados como vulgarismos impropios del lenguaje cuidado: endenantes, hogaño, truje, vido… Sin embargo, otros de creación reciente, fruto de modas o circunstancias de una época, curiosamente viven cómodamente en el diccionario, aunque casi nadie los conoce ni los usa. Y no me digan que no es el caso de haiga, vulgarismo declarado con el que humorísticamente, y no sin cierto resabio de envidia, se comenzó a designar en los años cuarenta y cincuenta del siglo pretérito al automóvil americano muy grande y ostentoso, solo al alcance de señoritos de postín, estraperlistas e indianos ricos, de los que malignamente se propalaba que en su afán de ostentación quisieron comprarse ”el coche más grande que haiga”. Y era propio entre niños y mayores de aquel entonces dirimir si cierto automóvil lujoso alcanzaba la categoría de haiga. Hoy el haiga solo existe en el diccionario, y los coches ostentosos, que tal vez los “haiga”, ya no se llaman así.

Hato

Quisiera recordar algunas acepciones hoy poco usuales, e incluso olvidadas, de hato. Ahora no significa liote de ropa y otras pertenencias que un viajero, un prófugo o un mendigo llevan al hombro, como algunos creíamos; ni tampoco parece referirse al ajuar que la madre le estaba echando a la moza casadera; ni tampoco quieren que signifique los ropajes que llevamos puestos -como en sus orígenes germánicos-, cuando la señora le pide al marido que “se quite ese hato” o las amigas le dicen a la Juana “¡Qué hato más bonico llevas!” Y no digamos nada de cuando hato era una metonimia referida, no a los vestidos, sino a lo que hay debajo de ellos: las nalgas del niño al que se le va a “clujir el hato” o a “calentar el hato”; o los órganos pendientes de la entrepierna, que deja ver el pantalón corto o un descosido inoportuno, lo que nos lleva a decir del que le pasa eso que “lleva el hato al aire” o que “se le ve to el hato”, dándoles a esos perendengues la consideración eufemística de “pertenencias que lleva uno consigo de ordinario”.

Helor

Al menos por una vez los habladores de aquí debemos felicitarnos porque una palabra nuestra ha conseguido, no ya salvarse de la quema del olvido, sino ser admitida en el paraíso del diccionario oficial sin la etiqueta de vulgarismo, arcaísmo o murcianismo. Y nos sorprende y maravilla que no haya sido antes, porque el vocablo vive entre nosotros desde siempre y se utiliza con toda naturalidad. Se trata de helor, que expresa una sensación ante la temperatura baja que no recoge de ninguna manera el término neutro frío, al que nuestro helor convierte en una sensación intensa y penetrante cuya sola mención hace tiritar a quien la mienta. Y lo mismo que el mar y la mar, el helor tiene también su femenino, que acentúa la visión emotiva del fenómeno, convertido en un frío lacerante que nos paraliza y nos deja casi rígidos; es decir, con la cara o las manos o todo el cuerpo arrecíos, a punto de entrar en la helazón. Como ven, buena palabra esta, que conviene utilizar cuando la ocasión lo requiera, y más ahora que no nos tratarán de antiguos o de vulgares.

Herramienta

Con frecuencia se recurre a la identificación de las personas con las cosas como imagen que nos sirve tanto para ensalzar sus virtudes, como para degradarlas descubriendo sus defectos. Así, las vemos como joyas, alhajas u oro molido si nos caen bien; o, por el contrario, nos parecen cepas, tarugos o una comperdón mierda, si tenemos mala opinión sobre ellas. Pero incluso las imágenes aparentemente positivas sirven para una cosa y para la contraria, si las manejamos con ironía. Y eso ocurre incluso con las aparentemente neutras y funcionales, como pieza o máquina. Aunque nosotros preferimos el valor figurado de nuestra herramienta, que por aquí retrata con cariño la picardía, la astucia o el carácter travieso del niño o del buen amigo –“¡Qué buena herramienta estás hecho!” “¡Vaya una herramienta, el Pepico!” Pero es que también es un arma muy eficaz para calificar a los pícaros, viciosos y malasombras en general, diciéndoselo a la cara –“¡Qué mala herramienta eres!”- o despellejándolos a sus espaldas como a malas personas: “¡Con buena herramienta nos jugamos los cuartos!” Así que antes de confiar en alguien, miremos con qué herramienta tratamos.

Hinchar; hincha (tener, tomar)

Los que crean que saben todo acerca del contenido de este verbo, seguro que se equivocan. Vean el diccionario y comprueben que, entre las acepciones que allí se registran, falta una esencial que los practicantes del habla popular murciana y sudamericana manejan con gran naturalidad. No hay forma más expresiva de manifestar el hartazgo, el fastidio o el cansancio que a uno le produce un suceso, el comportamiento de una persona o una situación. Entonces no hay nada mejor que hinchar, término con el queda claro el desagrado ante lo que nos empalaga y revienta, por decirlo claro. Entonces es cuando decimos que estamos hinchados, y no precisamente de comida, de envanecimiento o de soberbia. “Hijo, estoy hinchá de verte siempre tirado en el suelo”, le dice la madre al niño haragán; “Vengo hinchao del trabajo”, comenta el camionero; “Me tienen hinchao los pacientes que acuden solo a que les recete”, confiesa el médico de familia. Y no digamos nada de lo hinchao que está el profesor o el padre porque el nene proclama a voces que le tiene hincha; aversión a la que los modernos llaman manía.

Hincheta

En aquellos tiempos de escaseces, e incluso de hambre, uno de los sueños más felices es el que nos situaba en una francachela, convite de bodas o celebración familiar comiendo sin tasa de todo aquello que apenas podíamos probar en el escaso menú ordinario. Allí estábamos nosotros ante un surtido inabarcable de tortas fritas, abuzados ante un colmado plato de arroz y pavo que se podía repetir, o mojando en un ancho recipiente de pelotas en salsa; y de postre, manos de plátanos, montones de grumos de uva y coloridos flanes con pijama, y torta y dulces surtidos y rebosantes cuencos de cascaruja. Pero lo mejor de todo venía después, ante el resto de la familia, los amigos y contertulios, a los que poníamos los dientes largos refiriéndoles con todo lujo de detalles la hincheta de comer que nos habíamos pegado, y la que se dieron otros, disfrutando más que el decirlo con el cuento. Hincheta que nos alegraba la vida, frente a las harturas, el ahíto, el hartazgo, la saciedad, la saturación, el empalago y el empacho con que los bienhablados y biencomidos daban cuenta de sus excesos.

Hirmar(se)/ jirmar(se)

Según el diccionario, hirmar es “poner firme”. Se trata de afirmar o asegurar aquello que no tiene una situación estable, por lo que en su uso transitivo, este verbo se refiere a cosas que no se sostienen por sí mismas, como paquetes, cuadros o apechusques que se arriman a algo fijo para sustentarlos temporalmente, o que sirven para sostener a otras, como las vigas que apuntalan un muro. Referido a las personas, es un reflexivo que retrata a quienes descansan el peso de su cuerpo sobre un apoyo, ya sea pegando la espalda a la pared, acodándose en la barra del bar o llevando la mano en el bastón. Aunque de escaso uso en el castellano común, por estos parajes se conserva muy vivo; e incluso podemos decir que en su uso reflexivo es muy apreciado por los individuos que, por vagancia natural o por cansancio ocasional, parece que no son capaces de mantenerse firmes, por lo que se convierten en fatigadores de muros y paredes, de mesas y de repisas, a costa de manchar espaldas de vestidos y de abombar codos y rodilleras de chaquetas y pantalones.

Hormiguilla

Cuando doy cuenta a amigos y parientes de mis frecuentes ataques de hormiguilla, a los atrevidos les da la risa floja, mientras los prudentes me miran compasivos. Sobre esto, he llegado a la conclusión de que, o no sufren este padecimiento o, más bien, desconocen el vocablo que lo nombra, con lo que estarían en el mismo caso que los habitantes de Macondo que, tras una epidemia de pérdida de la memoria, olvidaron el nombre de las cosas y, por consiguiente, lo que eran y para qué servían. Convendría, pues, aclarar en qué consiste la hormiguilla: si queremos burlarnos de nuestros burladores, la llamaremos parestesia, nombre técnico que designa el adormecimiento y los ligeros y múltiples cosquilleos que sentimos en una extremidad colocada en mala postura; pero también podemos tener picazón o prurito; o, como nos pasa a muchos, una desazón incontenible en todo el cuerpo, producida por el aburrimiento o la falta de sueño, que nos lleva a rebullirnos y a estar inquietos y desasosegados. Entonces es cuando un observador agudo diría que parece que tenemos hormiguilla. Y no lo parece; es que la tenemos.



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Idea, ideoso

Si repasamos con atención el diccionario de la lengua, veremos que el vocablo idea es rico en acepciones. Pero por mucho que nos esforcemos, no encontraremos una que es de uso común en nuestro entorno: la que designa la ojeriza, la envidia rencorosa, el odio que se siente hacia una persona o una cosa, aunque sea sin motivo. Así, se dice de María que le ha tomado idea a su vecina Isabel o que el niño le tiene idea a su primo, o incluso a la cuna. Y muy frecuentemente la madre del estudiante zorronglón, vago y de comportamiento insoportable acusa a su maestro de haberle tomado idea, es decir, de tenerle manía, para que nos entendamos, porque le riñe sin motivo o le suspende sin más. Y como la idea o la mala voluntad suele ser casi siempre injustificada o al menos exagerada, al que la padece y la hace sufrir a su prójimo se le suele tachar de ideoso. Así que deberíamos repasar nuestras ideas sobre este asunto de la idea, no vayamos a ser ideosos sin saberlo.

Iguales

Las palabras recogen la esencia de la vida y, al pronunciarlas, nos traen la memoria de las personas y las cosas, aunque hayan desaparecido. Iguales, en plural, nos acerca, como si estuviéramos allí, tras una vidriera, a las callejas que llevan a la plaza, solitarias y tristes, apenas alumbradas y barridas por el viento y la llovizna, de donde sube la salmodia mil veces repetida del ciego que recorre por penúltima vez la cuesta empinada con su lazarillo: “¡Iguales para hoooy! ¡Dos tiricas iguales me quéaaan! ¡Er matrimooonio…, er niñooo…!” Es invierno. Son ya las nueve. Arrecian el viento y la llovizna, que amortiguan el rumor sordo de alguna taberna, y el ciego y su lazarillo trasponen hacia los Cuatro Cantones, mientras el sonsonete monótono queda flotando en el ambiente -“¡Dos iguales me quéaaan! ¡Er matrimooonio…., er niñooo…!”-, para apagarse finalmente, devorado por el silencio y la oscuridad de la noche pobre y triste en que muchos esperan ser agraciados mañana por el Cupón mientras algún ciego canta, otra vez, en una esquina: “¡Iguales para hoy! ¡Dos tiras iguales!” Y así los días y las noches, solos con la esperanza.

Ijá(da), ijón, ijonazo

Muchas palabras han desaparecido, para bien o para mal, que eso es cuestión de gustos. Y algo de esto ha pasado con dos familias que casi igualaron su fonética y ortografía y han acabado confundiéndose en el limbo de la nada. La ijada o los ijares nombraban a las dos cavidades blandas bajo las costillas, compartidas por personas y animales, por lo que, consideradas vulgares, dejaron de aplicárseles a los humanos, olvidando incluso la tragedia del poeta Juan de Mena, que se duda si murió de la caída de una mula o de un dolor de ijada. Pero la ijada o ijáaguijada, para cultos- era, además, una vara larga con afilada punta de hierro con que el labrador aguijaba a las yuntas. Y así llegaríamos al golpe de ijada: el ijón o ijonazo, que también pasó a nombrar imaginariamente al metido dado en el costado con el nudillo del dedo corazón adelantado para que doliera más, fuera hecho como caricia amistosa o como agresión en toda regla. Pero todo este vocabulario ha desaparecido, aunque sigamos teniendo costado y de vez en cuando nos den algún metido.

Incomodo

Donde los más dicen incomodidad, nosotros venimos a decir incomodo, y nos parece tan bien. Si el verbo incomodar significa causar incomodidad, molestar o enfadar, parece claro que el sustantivo derivado de tal acción debiera ser incomodo. Así que, llevados de la economía de lo breve, dejamos aparte incomodidad para decir que lo que nos incomoda nos supone, como es natural, un incomodo. Por eso la abuela dice que siente algún incomodo por el comportamiento de su nieta, las hermanas de Josefa confiesan que no quieren causarle a ella ningún incomodo y nosotros mismos mostramos nuestro incomodo por algo de poco gusto que nos está ocurriendo. Y si lo pensamos bien, vemos que se trata de un nombre más bien neutro con el que expresar de forma cortés que nos sentimos incómodos o molestos, sin que se deba entender que tal incomodo alcanza el nivel del enojo, el disgusto ni mucho menos el rencor. De esta manera, aunque solo sea por una vez, nos mostramos contenidos y delicados a la hora de expresar nuestras quejas y malestares. Lo que no es poco para los tiempos que corren.

Indición/ endición

A ustedes que dicen analítica, mucolítico y otorrinolaringología, aunque no sepan lo que dicen, les resultan graciosas nuestras dificultades con el vocabulario de la medicina, tan alejado del hablar común. Pero no crean que el hablante vulgar no dice lo que quiere, aunque sus expresiones se alejen un tanto de la precisión técnica. Y no pondré como ejemplo penicilina, cápsula o termómetro. Me bastará con inyección, palabra de notoria dificultad expresiva, así que tuvimos que darnos mucha maña para dejarla de lado, recurriendo a un genérico como pinchazo o a una traslación metafórica de lo más castizo como banderilla; de manera que el practicante o platicante, luego llamado ATS, nos entendía, e incluso celebraba nuestra gracia expresiva. Pero lo indicado era dejarse de pinchazos y banderillas para coger el toro por los cuernos enfrentándonos sin remilgos al dichoso vocablo. Y así lo hicimos, y nos salió un término aseado -indición, endición-, menos trabajoso de pronunciar y más fácil de entender entre nosotros, aunque a otros no se lo pareciera tanto, y no dejaran en muchos casos de sonreír, si no de burlarse, ante lo atrevido de nuestras soluciones idiomáticas.

Ingüento

Desde tiempos lejanos, los habladores vulgares decidimos que la palabra ungüento no nos gustaba, quizá por su cargazón de sones oscuros y cavernosos. Por eso nos pusimos a escarcullar en la botica de la abuela, entre parches, emplastos, linimentos, bálsamos, jarabes, sales de fruta, polvos, sellos y purgantes con el fin de rebautizar los ungüentos que allí se guardaban, afinando el comienzo de su nombre para convertirlos en el ingüento con que curábamos dolamas, picaceras, eccemas o cualquier otra dolencia o malestar cutáneo. Y a todo el mundo le pareció bien el nuevo nombre de aquel remedio que se aplicaba a casi todo para no remediar casi nada, fuera pardo, amarillo o de cualquier otra tonalidad, como si del quijotesco bálsamo de Fierabrás se tratara. Así que los sufridos pacientes del dudoso majunje lo tomaron como término de una comparación que establecía que ser como el ingüento blanco era signo evidente del carácter amorfo, la poca importancia y la escasa utilidad de la persona a la que se le aplicaba. Hoy, surtidos de cremas, geles y espráis, hemos olvidado el nombre y la dudosa utilidad del viejo ingüento.

Ingüerto

Si ustedes oyeran el término ingüerto seguro que nos les dirían nada sus sones, ni les sonaría su contenido. Y es que habría que empezar reconociendo que este raro vocablo pertenece a una familia verbal que no goza de mucho gusto articulatorio entre los habladores murcianos, llevados por su afán de no caer en la fineza de repetir dos veces el mismo sonido en una palabra. Todo empieza por volver, que muy pronto convertimos en golver, así como revolver pasó a ser regolver, e incluso revólver adquirió la graciosa forma de regolve(r). Y nada mejor ocurrió con envolver y sus allegados: decíamos engolver y su participio fue enguerto e incluso engolvido –recuérdese que las crónicas pasionales lorquinas, llorando la muerte de Jesucristo, cuentan que “su madre que lo vido engolvido en una sábena, se contrujo de dolor”. Y también inventamos otra variante de envuelto, al que dejamos en ingüerto, para convertirlo, entre otras cosas, en un alimenticio sustantivo con que se nombraba la mezcla de paja y alfalfa con que se regalaba a las caballerías para que tomaran fuerza para la labor. Que ahí es donde queríamos llegar.


Intrepetar

Ustedes no se sorprendan si un buen día, presumiendo de erudición léxica, le dicen a un amigo suyo de Lorca o sus alrededores que el verbo interpretar significa “comprender y aclarar ideas o hechos que se pueden entender de distinto modo”, y su interlocutor les advierte, con un cierto tono de superioridad, que están intrepetaos, porque no se trata de interpretar sino de intrepetar, variante en la que se aprecia un ligero baile de fonemas, que usted alcanza a saber que se llama técnicamente metátesis. Pero lo más llamativo es una transformación tan radical de su significado que lo sitúa en los antípodas del comúnmente aceptado: con él nos referimos aquí a ”confundir(se)” o “equivocar(se)”, ya sea en su uso transitivo –“Yo no soy la Juana; usted me ha intrepetao”- o pronominal intransitivo -”Buen hombre, usted se ha intrepetao si me toma por la Juana”-. Así que ustedes, que creían saberlo todo sobre el decir, si no llevan cuidado al escuchar o al hablar por estos predios, quedarán también intrepetaos ante las veleidades y caprichos a que están sometidas las delicadas herramientas de la expresión.

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