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Jabardo

Las páginas del diccionario funcionan a veces como un oscuro y dilatado purgatorio en el que ciertas palabras penan un largo desuso antes de de ser arrumbadas en el definitivo infierno del olvido. Eso es lo que ocurre con jabardo, palabra antes usada por pocos y hoy desterrada de la parla de todos. Partiendo de su significado primario, que daba cuenta de un enjambre pequeño, su significado se extendió a todo un grupo de seres vivos que se arremolinaban o amontonaban de forma aparentemente desordenada y confusa: una piara de cerdos ajozando en el barro, las ovejas que se atropellan a la salida del corral, las gallinas que acuden a picotear el grano… Aunque el término también nos servía para dar noticia, seguramente exagerada e hiperbólica, de una acumulación de gente que componía una masa indiferenciada al circular por un camino, en la cola del racionamiento, en un entierro significado o ante un improvisado espectáculo callejero. Pero el aparatoso y sonoro vocablo hace ya mucho tiempo que duerme mudo en el diccionario, olvidado su bullidor significado, junto a un jabardo de viejas palabras que padecen de lo mismo.

Jalayos

Desde que Dios castigó a Adán y Eva con la privación del Paraíso la tarea principal del ser humano ha sido la búsqueda de espacios habitables. Esta necesidad de acomodo hace que ningún lugar sea indiferente a la consideración humana. Unas veces el territorio es visto positivamente, poblado de una naturaleza acogedora, como estampa idílica alejada de las angustias y trabajos de la vida cotidiana; un espacio más imaginado que real, más soñado que vivido, alimentado quizá por el mito de la dichosa Edad de Oro de los clásicos o del Paraíso cristiano. Pero frecuentemente nuestro lugar de residencia o aquel territorio que frecuentamos se nos presenta como un sitio inhóspito, abrupto y de vegetación escasa. Para estos casos, los habladores lorquinos inventaron un  término cuya pronunciación desapacible daba cuenta de un paraje alejado, áspero y poco accesible, que se nombraba como “estos” o “aquellos” jalayos. Decíamos “Me encontré perdido por aquellos jalayos”, “No sé cómo podéis vivir en estos jalayos” o “Mariano anda por estos jalayos” y todo el mundo , como su lo estuviera viendo, sabía de qué lugar se trataba. Así de evocadora era la dichosa palabra.

Jaldares/ jardares

Sepan que los rigores del trabajo físico o el simple descuido en el vestir hacen que el ajuste de camisa y pantalón sea un problema para el común de los mortales. El borde inferior de la camisa -llamada por aquí camisón- mal metido en el pantalón, o esa misma falda que se ha desencajado al levantar los brazos o al doblar el cuerpo, dan lugar a una estampa la mar de descompuesta que llama la atención y requiere de una reparación urgente. Pero para describir lo que pasa con esta situación era necesario un vocablo preciso que diera cuenta de tal desaguisado indumentario. Por eso los habladores silvestres, que estamos en todo, inventamos el término que llama por su nombre a esa parte baja de la camisa más que arrugada y fuera de su sitio. Son los jardares, palabra que utilizamos tanto para dar cuenta del hecho –“Nene, que llevas los jardares fuera”- como para exigir su vuelta al orden natural -“Muchacho, métete esos jardares, que vas hecho un adán”-. Así que no me digan que no es este un vocablo muy necesario, incluso ahora que pocos lo utilizan.

Jalego, ga

Mil signos avisan de la brevedad y vanidad de lo terreno, como ya advertían los pesimistas barrocos, que veían el mundo corriendo sin freno hacia su fin: caminos, ríos, relojes de arena, calaveras, ruinas, flores… ejemplificaban la fugacidad del tiempo y los desastres de la edad. Pero si los mortales del sur de Murcia hubiéramos de poner un símbolo de la fragilidad y premura de la vida humana elegiríamos, sin duda, el higo; aunque también su hermana mayor, la breva. Esta mañana, con las primeras luces, lo hemos visto madurar, lozano y reventón, con mil grietas abiertas en la piel por donde desbordaba la plenitud de su sazón. Pero mañana, cuando volvamos para gozar de su vista, comprobaremos que su forma oronda y la tersura y lozanía de ayer devienen en una masa blanda y flácida que se doblega por el pezón y cuelga exhausta y pansía. Entonces diremos que el higo está jalego, antes de verlo podrido en el suelo o secándose en un zarzo, ya macoco. Y de todo aquello que veamos flácido y descolgado -frutas, tetas u otro apéndice corporal- diremos también que está jalego.

Jaluza/jalufa

Jaluza es, sin duda, un vocablo muy de aquellos tiempos en que el hambre, o su hermana menor la nesecidad, era el pan nuestro de cada día. En esta cultura de la saciedad ya pocos se acuerdan de aquellos que engañaban el hambre con alimentos tan poco sólidos como un tazón de sopas de café de malta, un remojón de cebolla o una fritá de acelgas o de collejas, que no aplacaban la jaluza, esa hambre profunda que emana del hueco vacío del estómago y sube a la boca como el hervor de una sima profunda, en cuyo fondo sólo se oye el gorgoteo lejano del agua bebida sin tasa porque es gratis. Cuando el niño veía el trozo de pan con longaniza o los mayores oían el monótono ritmo de la rasera moviendo las migas, o a todos llegaba el olor penetrante de las sardinas asadas o de la fritá de tomate con pimientos o, en fin, probábamos las delicias de una rebaná de pan con pringue, se nos disparaba la jaluza, ese deseo primitivo de llenar el éstómago hasta hartarse, aunque sólo fuera por una vez.

Jamanza

Los más viejos de este lugar, y otros que no lo son tanto, recuerdan que hace unos años los castigos físicos estaban a la orden del día, y no sólo se consideraban necesarios, sino muy beneficiosos para la educación y buena crianza del que los recibía. Por eso son multitud los vocablos, a cual más sonoro, con que se designa el castigo insistente que, lejos de un capón suelto o una bofetada aislada, consiste en la acumulación reiterada de golpes. A todos nos suenan –incluso a algunos en nuestras propias carnes- las zurras, tundas, sobas, somantas, aporreos, azotainas, meneos, y leña en general, que padecíamos o veíamos padecer a otros. Pero si yo tuviera que elegir un nombre rotundo para tal faena, me quedaría con el hoy ignorado jamanza, posiblemente derivado de majar, con el que se describían los castigos y, sobre todo, las amenazas de castigos a los niños, y también las peleas inmisericordes entre mozos o mayores. Y no me olvidaría de utilizarla como una imagen muy expresiva para ponderar actividades duraderas y extenuantes como las jamanzas de andar o de trabajar que se dan algunos.

Jampón, na

Si dentro del léxico ponderativo jaquetón, na ensalza lo rotundo y exuberante de la persona robusta y hermosa, jampón le añade a lo macizo y poderoso el matiz de lo adornado y brillante, en este caso aplicado preferentemente a las cosas: objetos y prendas de una elegancia y vistosidad fuera de lo común, como un abrigo costoso, una mansión fastuosa o un automóvil de lujo, que crean la imagen de esplendor y opulencia. Además, sepan que este vocablo tan luminoso, que nos llena la boca con su son, es muy apropiado para el cumplido y la alabanza con el que ensalzamos, con razón o sin ella, los bienes y pertenencias del prójimo, ya sea con la sinceridad del aprecio, ya se trate de un calificativo irónico con que se ridiculiza lo nimio y poco atractivo. Jampón, hoy vocablo un tanto olvidado, servía en aquellos tiempos de escasez y penuria para crear la ilusión de un mundo más soñado que vivido, que palabra tan oronda y encopetada nos traía envuelto en oropeles y fastos, aunque supiéramos de antemano  que en la realidad de muchos de nosotros no existía.

Janglón, janglonazo

La palabra janglón nos llena la boca de una resonancia un tanto hueca que presagia un significado relevante; aunque a veces en esto de los nombres es más el ruido que las nueces. Y parece que este es el caso, tanto si el término denota el físico de la persona, como el carácter y el comportamiento; o a ambas cosas a la vez. Físicamente el personaje aludido es un grandullón, un zanguango fuertote, por lo que janglón puede ser el piropo a un niño o un zagalón que anda muy crecido para su edad -”Este zagal está ya hecho un janglón”-; aunque también un reproche por un comportamiento impropio de su edad –“¿No te da vergüenza, janglón, mearte todavía en la cama?”. Pero en muchos casos pone en relación el físico con los hechos, para destacar la vagancia y la gandulería del tal –“Janglón, que no haces nada de provecho”-; indolencia y parasitismo más evidente en el janglonazo, zángano inútil que merece nuestra reprensión: “¡Janglonazo, viviendo todavía a costa de tus padres!”. Y lo que te rondaré, moreno, porque el janglón ya hecho y derecho es difícilmente recuperable.

Japotrear(se), japotreo

A veces me da por pensar que palabras que conozco son solo fruto de mi imaginación, o un invento familiar que no salió más allá de los muros de la aldea. Y entonces me pregunto cómo puede no existir una palabra tan rotunda como japotrear, a través de la cual veo nítidamente a mi madre en la pila, junto al pozo, enjabonando y sacudiendo y restregando sin pausa una muda o unas sábanas, que, al estar no nada limpias, necesitaban este tratamiento de choque. Y recuerdo cómo me decía que yo también tenía falta de un japotreo, o que había que dar un japotreo a unos suelos enterquecidos. Y luego algunas personas mayores me confirman que ellas también japotreaban y se japotreaban. Y eso me hace feliz por un momento, antes de aterrorizarme definitivamente con la idea de que, desaparecida la palabra en cuestión, las acciones que designaba tampoco existirán, porque son las palabras las que identifican y dan vida a las cosas. Y entonces me pongo a rememorar listas de nombres, incluido el mío, en un intento desesperado de comprobar que existieron y que aún siguen existiendo.

Jaquetón, na

Sepan ustedes que hay palabras que le llenan a uno la boca al pronunciarlas y le hacen crecer el corazón con su sentido tan positivo. Tal es jaquetón, vocablo rotundo, más bien usado en femenino, que se utilizaba para ponderar el atractivo de una persona robusta y hermosa, de pechera y ancas poderosas, que nosotros identificábamos con la belleza recia y bien plantada de la jaca, mientras que otros, menos apegados a las gracias del terruño, pensaban quizá en el comportamiento bravío del jaque o valentón. No me digan ustedes que un vocablo tan sonoro no hace atractivo lo mentado, frente a otros como janglón, juagarzo o jurgañero, que retratan la estatura, la envergadura o la reciedumbre del personaje, pero que ya en su fonética alardean de una intención más bien despectiva y descalificadora. Pero resulta que hoy este jaqueton, -na, si no lo hubiéramos casi olvidado, estaría proscrito, pues  las modas estrictas de la dietética y los severos dictados de la igualdad de género lo catalogarían de denigratorio y ofensivo para la mujer, cuando en otros tiempos hombres y mujeres gozaban con esta calificación tan maciza y exuberante.

Jarapo, jarapa, jarapero

Ni en sus mejores tiempos los miembros de esta humilde familia gozaron de un buen pasar. Después de recosidas, curcusidas y remendadas, las ropas, otrora nuevecicas flamantes, eran degradadas a la categoría de jarapos, algunos dedicados a la limpieza y los más al reciclado textil, que diría un finodo de ahora. Unos serían para el jarapero, que, con su figura harto harapienta, recorría lugares y cortijos, equipado de un enorme corvo a la espalda para la mercancía jarapera y una arquilla al cuello con la quincalla para el trueque. Lo demás era patrimonio de la abuela, que, al amor de la lumbre o al solecico de las tardes de invierno, con arte minucioso y detallista, iba deshaciendo los jarapos en tirajos de colores variopintos que, enhebrados o anudados, formaban largas tiras, que se liaban en ovillos. Con ellas, el gigantesco telar de madera, con su rasgar y crujir monótono, tejería las jarapas, de tacto rugoso y basto, que bien valían como ropones para aparejo de la burra, protectores de colchones, cubiertas de arcas y cofres o como pesadas mantas de refuerzo en las frías noches de invierno.

Jarca

La voz popular tiene el oído atento a las nuevas palabras, aunque vengan muy de lejos, y no duda en incorporarlas al uso común. Así ocurrió con ciertas referencias a la guerra de África, muy presente en la sociedad española hasta el primer tercio del siglo XX, con su sangría de mozos de origen humilde sacrificados en un conflicto colonial que apenas entendían. Las reuniones familiares y las tertulias vecinales se poblaban de relatos sobre los honores y horrores de aquel conflicto, contados con intensidad y dramatismo por sus protagonistas; y luego vendrían las películas que trataban de retratarlos a lo vivo. Así nos llegó, entre otros, el término jarca, referido a las partidas de rifeños que atacaban por sorpresa y en tropel a las tropas españolas. Y ese término corrió de boca en boca aplicado al grupo de personas que andaban atropelladamente o que se veían despectiva o humorísticamente como una banda de gente ruin y despreciable. Pero cuando las guerras coloniales y su exaltación patriótica desaparecieron, jarca perdió sus referentes cercanos y empezó a languidecer, convirtiéndose en una antigualla que poca gente usa y casi nadie entiende.

1 comentario:

  1. Un janglón es todo lo que dices, pero también las uvas procedentes de las floraciones secundarias y tardías de las vides. Estos racimos son más pequeños y, por tener menos tiempo para madurar, mucho menos dulces que las uvas propiamente dichas.

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