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Labariento

Si usted está enredado en un cúmulo de trabajos y entenderes que le ocupan sin pausa y no da abasto a  resolverlos, no acuda al diccionario académico ni a palabreros locales para definir una situación tan fatigosa porque no encontrará el término preciso para nombrarla. Pero yo sí le puedo decir que en la memoria de muy pocos de aquí o de allá queda el recuerdo de haber oído el raro vocablo labariento a la señora cargada de faenas y ocupaciones domésticas –‘¡Menudo labariento tengo yo en mi casa!”- o al hombre que atendía al arreglo de la fauna doméstica en cuadras, corrales y gallineros –“¡No sé de qué me sirve tanto labariento!”-, como si la una y el otro estuvieran atosigados y perdidos en una laberinto de tareas al que no le vieran el fin ni la salida. Y es una pena que hoy no podamos recurrir, porque nadie nos entendería, a vocablo tan útil para poner nombre a la retahíla de trabajos, negocios y trámites de la vida moderna que con propiedad puede decirse que para nosotros son un grandísimo labariento. Aunque no lo llamemos así.

Ladear(se)

Si un hablador silvestre tuviera la curiosidad de asomarse al diccionario –cosa harto improbable-, vería que el término ladear(se) se refiere a todo menos a lo que él ha creído siempre. Allí no consta que, partiendo de que nosotros o las cosas ocupamos un lado, que significa sitio o lugar, se pueda atribuir a ladear la acción de separar o apartar del lado de alguien o de algo. Pero nosotros sí decimos “Ladea esa silla de la puerta, que pueda pasar la abuela”, “Ladéate de ahí, que te va a caer el polvo” o “El perrico no se ladea de su amo”. Y tampoco vería allí que ladearse de un proyecto o una empresa común sea apartarse de él, dejarlo de lado, abandonarlo. Y además tampoco indicará que la distancia física que refiere ladearse pueda interpretarse como distracción –“En cuanto me ladeo, me la jugáis”- o alejamiento y frialdad en la relación social o afectiva –“Mi marido se ladea últimamente de mi familia”, que es lo mismo que “dar de lao”. Así que no conviene ladear de nuestra parla las peculiares acepciones que nos ofrece un vocablo tan útil.

Láhtica

Cuando oigo lahtica se me viene encima todo un mundo de recuerdos y emociones; pero también de indeterminación y dudas. Porque la memoria histórica difiere en la descripción de esta prenda interior masculina: en la ciudad, camiseta fina con tirantes; pero en el medio rural, de felpa, recia, de manga larga e interior lanoso y aborregado. Pero en todo caso, desde que Adán fue expulsado del Paraíso y la dichosa Edad de Oro dejó paso a la de Hierro, los vaivenes y alternancias en el uso de la láhtica marcaron el ritmo de la vida y el paso de las estaciones. Así, el sufrido campesino no se la quitaba ni de día ni de noche, ni apenas para lavarla: en invierno debajo del camisón o la blusa; mientras que en verano podíamos verlo faenando en la era con sus calzoncillos largos y su láhtica. Pero los niños de entonces, asomados ya a la modernidad, marcábamos el ritmo estacional con el paso de la camiseta de tirantes del verano a la de manga corta en otoño y primavera, para acogernos al cálido refugio de la láhtica sólo en invierno.

Lameculos

A veces se lleva uno la agradable sorpresa de ver cómo humildes creaciones de la parla popular, tenidas desde siempre por burdas e incluso por inconvenientes y groseras, alcanzan la estimación de los hablantes ponderados, e incluso son admitidas entre la selecta huespeda del diccionario académico. Esto es lo que ocurre con el oportuno e imprescindible lameculos, con el que por aquí y por otros lares del decir popular designábamos o calificábamos a la persona aduladora y rastrera que busca ganarse a toda costa la voluntad de otra. Parece que hasta los más sesudos puristas se han convencido de la carga imaginativa y sugerente que encierra un vocablo que presenta el retrato de cuerpo entero del sujeto arrastrado y servil en el momento preciso de prestarse a las acciones más viles con tal de quedar bien o conseguir su propósito. Y no me digan que en los tiempos que corren, cuando es más productivo el halago que el esfuerzo, no resulta utilísimo tal término para retratar conductas tan deleznables. Eso sí, siempre que no nos lo apliquen a nosotros mismos. Que nadie está a salvo de la maledicencia.

Lancero

No siempre nos es dado el privilegio de asistir al nacimiento de una palabra o de una acepción nueva de las ya existentes, para conocer el porqué de su significado. Si yo les digo que en Lorca era muy frecuente el término lancero aplicado con cariño al niño travieso y manifacero que todo lo toca y enreda, y con menos afecto a la persona mayor de comportamiento incómodo y molesto, ustedes deben creerme porque yo lo he oído, e incluso todavía hoy alguna abuela renegona finge que se queja de que su nieto pequeñico “está hecho un lancero”. Pero no crean que es una imagen peliculera tomada de algún film de aventuras coloniales, sino que deben atender al cronista Espín Rael que cifra su origen en que, a comienzos del siglo XIX, junto a la Colegiata de San Patricio, “ciertos muchachos provistos de cañas de más de dos varas de largo con un extremo aguzado, se dedicaban en los puestos de verduras… a robarlas clavándolas con sus cañas en un descuido del dueño y echando a correr con su presa”. “¡Vaya unos lanceros!”, proclamó desde entonces la voz popular.

Lapo

La suerte de las palabras depende de los caprichos del azar y, sobre todo, de los gustos y afanes de los habladores que las manejan. Si nos detenemos en lapo, quizá derivada del pegotoso lapa, veremos que todos sus significados andan de capa caída, si no casi olvidados. Pero entre ellos hay grados. Así, el que refiere el golpe dado con el revés de la mano o con un cinto, látigo, bastón o vara, fue de mucho uso hasta hace poco, y muchos somos los que lo recordamos como espada de Damocles pendiente sobre nuestras jetas y, sobre todo, posaderas, o como un hecho cumplido sobre ellas; pero hoy, con el auge de los derechos del menor ya nadie se atreve a utilizar castigo tan expeditivo ni aún siquiera a nombrarlo, aunque sigue estando en el diccionario. Sin olvidarnos del lapo referido a “gargajo” o “escupitajo”, que, refugiado en las hablas del sur, designaba un arma arrojadiza eficacísima para amenazas y agravios consumados en escaramuzas de zagales y zagalones y también de juagarzos y tiarrones; vocablo que aún se maneja, aunque sin la pujanza y la frecuencia de antaño.

Largavistas

La llegada a la aldea de un artilugio nuevo, sin manual de instrucciones y, a veces, solo visto de lejos en manos del señorito o del forastero, planteaba -añadida a la sorpresa o el recelo ante lo nunca visto- la dificultad de nombrarlo: había que adaptar el nombre, técnico y de fonética difícil, para hacerlo más llano y llevadero; o, por el contrario, inventar uno nuevo, comprensible para todos. Y esto es lo que ocurrió con aquel artilugio binocular o monocular que los enterados llamaban prismáticos unos y otros catalejo, nombres que, a nuestro parecer, nada decían; aunque otros lo acercaban más al llamarlo anteojos, fijándose en la colocación de aquel “instrumento óptico para ver los objetos lejanos”. Pero nosotros inventamos un nombre práctico que, no desmereciendo nada de los que los indígenas americanos dieron a los artefactos de los colonizadores, pintaba a lo vivo la función prodigiosa y mágica de aquel invento que permitía ver a lo lejos en el espacio; y a algunos, como Azorín, contemplar distintas etapas de nuestra historia extraviadas en la lejanía del tiempo. Y largavistas nos pareció una buena manera de nombrarlo.

Lavajo

En estos tiempos de auge de las modernas tecnologías en el uso del agua podríamos recordar algún procedimiento primitivo de recogida de aguas, que a algunos les parecerá de tiempos de Maricastaña. Entonces, un cortijo o un caserío bien abastecido debía contar con un nacimiento de agua que alimentara la balsa de donde se regaba la huerta; un pozo no muy profundo que funcionaba con el caldero y la carrucha; y dos depósitos de agua llovediza: el aljibe y el lavajo. Este era un embalse situado en una cárcava natural del terreno o en una excavación abierta que recogía el agua luvia caída por caminos y campos. Allí se decantaba el agua de los arrastres que aprovecharía para abrevar el ganado, para las tareas más gruesas de la limpieza como rojiar la puerta o para el riego de las macetas y arbolicos cercanos a la casa. Este lavajo, hoy desaparecido y olvidado, que era asiento de anea y de juncos y palacio de ranas y de sapos, es el que daría lugar a los enormes embalses y pantanos solados de plástico y protegidos de vallas que hoy pueblan nuestros campos.

Léeechugas

Los del campo y la aldea tenemos fama de malhablados, casi siempre infundada, pues de nuestras bocas solo sale la blasfemia o la palabrota en caso de extrema necesidad, sea porque se ha atascado el carro, porque el ganado vecino devora nuestras cosechas o porque el zagal, más malo que los mistos, ha aporreado a su hermana. En los demás, sobre todo en familia, brilla la contención, que lleva a ladear el término inconveniente o a sustituirlo por eufemismos que a nadie dañan ni incomodan: puñeta, puñema, cache en diez, la visia o la ostica cana…. Pero es en el lenguaje femenino donde se extrema la delicadeza expresiva, rayana a veces en el amaneramiento y el tiquismiquis. Pensemos en leñe, miércola, jolines, estar hasta el moño…. Aunque si uno tuviera que elegir, sin duda se inclinaría por léeechugas, término fresco y hortelano que en principio sugiere el muy sospechoso leche, al desplazar el acento a la primera sílaba y alargar la pronunciación de la e, que incita la curiosidad malsana del oyente, para luego aplastarla con el desmayamiento acústico final que lo conduce a la inocente referencia hortícola.

Leja

Cuando decimos lo que hemos dicho durante siglos y no nos entienden, nos sentimos impotentes, como si lo del hablar fuera estrellarse contra un muro de incomprensión. Esto nos ocurre cuando nos referimos a realidades tan sabidas y normales que no debería haber equívoco a la hora de nombrarlas: un vasar o un anaquel de obra que sobresale de la pared o situado sobre la campana de la chimenea donde colocar platos, vasos y otros elementos del ajuar; y los estantes de los armarios empotrados donde se guardan los alimentos o la ropa, o de los chineros para la porcelana china o la cristalería. Y también tenemos claro cómo se llaman las tablas horizontales de las estanterías de la biblioteca. Pues bien, nunca pensamos en llamarles anaqueles, repisas, cornisas, estantes, baldas ni de ninguna otra manera, porque sabemos de siempre que son lejas. Y así las nombramos cuando vamos a encargar un armario, a ampliar la biblio

Lerele/ lerenle

Aunque parezca un atrevimiento, les diré que hay palabras que no dicen a todos lo mismo. Muchas de ellas, como los instrumentos musicales, están a la disposición de las personas para que cada uno, al manejarlas, les saque su son y su sentido. Si acaso ustedes oyen la voz lerele, seguro que identifican el motivo y el título de una famosa canción gitana de Lola Flores; y también verán que da nombre a restaurantes, tabernas, empresas, cortijos y mansiones particulares de Andalucía. Pero a los indígenas del sur de Murcia el tal capricho fonético, lejos del colorido de lo folclórico, les sugiere realidades de más enjundia. “Nena, estírate la falda, que se te va a ver el lerenle”, apremiará la abuela a la niña; “Tócate el lerele, Juana”, dirá la señora distinguida como comentario a una opinión innecesaria o impertinente de su amiga; e incluso el varón irritado proclamará que está hasta los lerenles de determinado asunto. Y todos entenderemos entonces que no se habla de música ni de andalucismos castizos, sino del apelativo figurado y cascabelero de las partes de la entrepierna que algunos no quieren ni nombrar.

Letrero

Desde que el mundo es mundo siempre fue materia de controversia el cómo nombrar los órganos genitales, sometidos a un caprichoso vaivén entre el término grosero que los agranda y los exhibe y el eufemismo cursi que los encoge y trata de esconderlos como si se negara su existencia. En cambio, nuestro letrero es un término genérico, más bien neutro, aunque con ciertas connotaciones humorísticas, con el que se “rotula” el órgano sin necesidad de mentar su nombre concreto, de manera que la madre cuidadosa puede advertir a la hija que se tape para que no se le vea el letrero, y todos diremos del nene sin culero que va enseñando el letrero. Pero el vocablo se utiliza sobre todo con la intención de identificar el sexo de la persona o animal al que nos referimos: el abuelo orgulloso de la hombría del nieto dirá a todos que le miren el letrero si tienen alguna duda, y lo mismo se recomendará en el caso de reses y de animales de compañía de poca edad, cuya indefinición sexual se aclarará si les levantamos el rabo y les miramos el letrero.

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