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Nabo

Sepan ustedes que ni el diccionario general ni los palabreros locales hacen justicia a una palabra tan humilde, pero tan nuestra, como nabo. El primero recoge con detalle su condición de hortaliza de clase ínfima, que era ingrediente de guisos y ollas para escaso remedio de pobres. Sin embargo, el uno y los otros olvidan que la imaginación popular le atribuyó valores que lo convertían en imagen de otra cosa como, sin ir más lejos, del fruto prohibido y casi nunca mentado de la entrepierna masculina. Pero de más interés es su función de representación del carácter nada accesible de la persona retraída, hosca, además de sosa, que resulta poco agradable en el trato. Recordando el gusto insustancial del nabo, algunos decimos que “Encarna es un nabo sin ninguna gracia” o “Qué nabo que está hecho nuestro amigo Ángel”, con su falta de atención, sus desplantes o su trato altanero y distante. Porque nabo nos retrata muy a lo vivo la falta de salero del personaje que no es de nuestro gusto, como no lo era la gruesa raíz de la planta crucífera de la que hablamos.

Nacencia

Cuando aún se hablaba muy poco de genes y de herencia genética, la parla popular tenía registrado desde antiguo un término que explicaba el origen de todos aquellos datos físicos o de carácter que no eran fruto del aprendizaje o la experiencia, sino dados por el origen o el linaje. Nacencia, además de indicar la acción y efecto de nacer, era como la impronta que explicaba buena parte de las circunstancias de nuestras vidas. Así que el ser guapo o feo le venía a uno de nacencia; la madre podía decir que el azogue y las estrucias del nene aparentemente malcriado eran de nacencia; y no menos de nacencia venían la delgadez de algunos o la gordura de otros, pues bastaba con ver a sus padres; y otro tanto ocurría con la nobleza y alcurnia, o con el bajo linaje o la mala raza, que unos atribuían a la cuna y otros, yendo más allá, remontaban a la nacencia. Hoy esta nacencia, antes tan oída, se da por antigua y perdida, a favor de nacimiento, e incluso de los pretenciosos genes, herencia biológica o ADN que ahora se llevan.

Negror

De algunos adjetivos que refieren colores derivan sustantivos –verdor, blancor…- que parece que amplían esa cualidad haciéndola más visible y perenne. Aunque entre ellos mi preferido es negror, hoy casi olvidado, pero con un noble pedrigrí que se remonta al nigror latino. Con él exaltábamos la cualidad de negro para dar una visión exagerada, y casi siempre crítica, de aquello que de por sí lo es, como el luto –“¡Vaya un negror que lleva la María!”-  o que, por el contrario, no debería serlo –“¡Qué negror de cara tiene este zagal”-. Aunque por aquí negror era preferentemente un término meteorológico que diagnosticaba la falta de luz producida por una acumulación de nubes bajas y oscuras, presagio cierto de tormenta o temporal de lluvia. Alguien alertaba del negror que se adensaba sobre la Peña Rubia o por lado del Puerto y todo el mundo se asomaba para comprobar cómo el negror, al principio abrazado a la sierra lejana, avanzaba inexorable, tapando el cielo y velando el sol, y todo se entenebrecía y silenciaba, como si cayera sobre nosotros una noche equivocada, mientras crecía el rumor de la lluvia ya cercana.

Nanear(se)

Hay muchas palabras que configuran tanto el retrato del que anda como la disposición del hablante hacia el andarín. Uno puede andar de forma elegante si marcha recto, erguido, empingorotado o tieso como un ajo; o de mala forma si va inclinado, torcido, encorvado, trastabillando o haciendo eses. Pero llamo la atención sobre un vocablo que no ofrece buena imagen de los andares y, además, no es políticamente correcto, por ser un recurso degradador que ataca la igualdad y, también, los derechos de los animales. Me refiero a nanear, que significa andar balanceando las caderas como los enanos o los patos, atribuyendo los andares “patosos” de ambos colectivos a quien, por sus cortas piernas y, sobre todo, por su gordura –aquí resultarán ofendidos los obesos-, no puede mañearse con soltura. Y no digamos nada cuando nanear alude a quien anda sin hacer nada, referencia que es bueno que no figure en el diccionario por humillante para el digno colectivo de vagos, holgazanes y cofrades del far niente. Así que no queda bien nanearse, y mucho peor decir que alguien nanea. Por eso esta palabra se usa cada vez menos.

Natura

Los tesoros de la entrepierna siempre han sido materia de enconada controversia a la hora de nombrarlos. Si dejamos aparte a quienes los ocultan tanto que los dan por inexistentes por el mero hecho de no mencionarlos, digamos que son innumerables los términos con que se designan, ya sean eufemismos pudorosos y cursis que tratan de ocultarlos o de presentarlos como otra cosa, ya se trate de palabras de tono burlesco y generalmente grosero que ofrecen una imagen un tanto basta y devaluada de miembros tan delicados y sensibles. Pero nuestros abuelos, al margen de estos dimes y diretes, vinieron a llamarlos genéricamente natura, sin temor a decir que ellos eran la puerta del nacimiento, el origen de la vida, como muy bien retrató el pintor Courbet en Los orígenes del mundo. Así, oíamos decir a la abuela que la nena tenía escocida la natura, al abuelo celebrar el buen tamaño de la natura del zagal y a uno o al otro confesar una infección en la natura. Aunque me temo que hoy este nombre tan fresco y natural, por razones poco explicables, ha dejado del todo de usarse.

Nene, na

Si yo les dijera que hasta ayer la palabra bebé no fue jamás vista ni oída por las villas, huertas, campos y lugares de esta tierra, se llevarían las manos a la cabeza y me tacharían de mentiroso y trabucador del lenguaje. Pero lo cierto es que este galicismo, copiado del inglés baby, entró aquí sin que nadie lo llamara, traído por las minorías cultas y, sobre todo, por el turismo y la televisión; porque disponíamos de niño, y los hablantes de medio pelo, que éramos casi todos, gozábamos del hermosísimo nene, tan cariñoso, tan familiar, tan nuestro: nuestra vecina esperaba un nene, estaba preparando el ajuar para su nene o nena, o su nena estaba para hacerle mal de ojo. Pero nene era también un muchacho o una muchacha,  aunque el nene estuviera en la mili y la nena se hablara ya formalmente con alguien. Y con esta fórmula se trataba a quien se le tenía confianza -”Nene, tienes unos nietos preciosos”- o afecto, como los enamorados, que se arrullaban con el vocablo que suplantaba a sus propios nombres y los unía como un lazo cálido y mimoso.

Níspola

Si hablamos por estos pagos de la níspola, no nos referimos al níspero, sino a un fruto aovado, de color naranja amarronado que conserva la corona del cáliz de la flor, duro y áspero cuando se recolecta en primavera y dulce y pulposo si se deja madurar cogido un tiempo, para degustarlo luego cerca de la Navidad, junto a nueces y castañas. Pero fijémonos, sobre todo, en que este humilde fruto funciona como referente para ponderar la pequeñez y delicadeza de personas y animales, de manera que podemos decir que el perrico es “como una níspola”, u ofrecer la imagen verbal de la niña recién nacida diciendo que es una níspola, reforzada aún más si a la vez hacemos el gesto de enseñar la yema del dedo índice apoyado por el pulgar para retratar a lo vivo su tamaño diminuto. Hoy, tanto el humilde y áspero fruto del nispolero como su valor para resaltar la pequeñez de lo mínimo, no gozan de muy buena salud, por lo que no es fácil degustarlo ni escuchar la gracia de su nombre, que no debería caer en el olvido.

Noviaje

A los hablantes nativos de aquí noviazgo nos parecía vocablo poco accesible, con sus consonantes de pronunciación complicada. Y antes de convertirla en noviajo, término equívoco y de fonética desapacible, recurrimos al valenciano noviaje, por más asequible. Y así llamamos a la relación entre los novios –“Ana y José han formalizado el noviaje”- o al periodo de tiempo que dura – el noviaje sirve para conocerse mejor”-. Pero, siempre innovadores, decidimos ampliar su significado para referirnos a los novios, habida cuenta de que a nadie se le ocurría llamarlos pareja, nombre reservado entonces a la relación de los animales y, como excepción, a la de la guardia civil. Por eso se hablaba de solteros y de solteras; pero si estos eran novios, al dúo se le llamaba noviaje. Y si gozaba de las bendiciones familiares, el noviaje podía andar junto en romerías, procesiones y festejos, y sentarse en sillas aparte en las largas veladas nocturnas, aunque con la guarda cuidadosa del resto de la familia, que formaba corro a cierta distancia o se calentaba en la lumbre, pero siempre puesto el rabillo del ojo en el noviaje.

Noviero, ra

Los términos tradicionales referidos a las relaciones afectivas están en franca decadencia: palabras como marido y mujer, esposo, -a, novio, -a son suplantadas por expresiones tan primarias como pareja o eufemísticas como pareja sentimental, que refieren una relación diferente. Cuando no existían más parejas que la de baile o la de la guardia civil, no se decía que las personas se emparejaban como ocurría con los animales, sino que se ennoviaban, en un proceso de cercanía y conocimiento que era tan nuevo y gozoso que los convertía en novios más o menos formales con el fin de casarse. Pero en esto del ennoviarse también había sus ritmos y grados. El más llamativo y acelerado era el del noviero o la noviera, llamados así porque tenían muchas novias o novios. Se trataba de un ejemplar enamoradizo y fogatero que se encendía y se prendaba de otra persona con frecuencia, por lo que mudaba continuamente de novia o de novio. Esto ocurre ahora incluso con más frecuencia, ahorrando además los engorrosos trámites del cortejo, de manera que apenas queda tiempo para ennoviarse por lo que huelga el calificativo de noviero.

Nube

Hoy existe una hiperinflación de información meteorológica que roza el terrorismo virtual, con sus tecnicismos, infogramas, imágenes de satélites y previsiones instantáneas, a medio o a largo plazo; así que todos hablamos de hectopascales, nubes lenticulares, sensaciones térmicas, fenómenos costeros, y de la cota (sic), de la misma manera que en la Mancha, según Quevedo, los gañanes hacían poemas culteranos como si fueran migas. Pero antes todo era doméstico: las previsiones eran fruto de la observación directa y en cada lugar los fenómenos atmosféricos tenían sus propios nombres. Así, en la nuestra se llamaba nublos a las nubes y el nombre de estas se aplicaba a las tormentas, empezando por las pintas de nube, esos pequeños cúmulos aborregados que anunciaban de mañana la nube vespertina, que si era violenta y con granizo, recibía el nombre de nube de piedra o era bautizada hiperbólicamente como nubarrá. Y su fuerza destructora se condensaba en imágenes expresivas, como la que llama nube de piedra a la llegada inesperada de unos amigos o al batallón de familiares acampados en nuestra casa de la playa. Y entonces había menos avisos y alarmas.

Nublo, nulo

El palabrero murciano otorga un significado peculiar a algunos vocablos del léxico meteorológico, de manera que resultan poco comprensibles para el hablante foráneo. Fijémonos en el cielo y veremos que donde este ve solo una masa nubosa, a la que lógicamente llama nube, nosotros podemos ver y oír además llampos y truenos, pero también llamamos al fenómeno nube, aunque ellos entonces lo denominan tormenta. Por eso no podemos llamar también nube a lo que ellos llaman nube, así que desde tiempo inmemorial a la nube la llamamos nublo y, aunque ellos la pueden llamar además nublado, nosotros la seguimos llamando nublo. Pero como a alguien le pareció prolija la pronunciación de nublo, decidió que ya no sería nube ni nublo, sino nulo; y se recreó diciendo que no había un nulo en el cielo o, por el contrario, que venían nulos negros y esa tarde habría nube. Y añadió que nublo y nulo serían también adjetivos que describieran el cielo cubierto de nubes, nublos o nulos simplemente con decir, no que “está nublado”, sino que “está nulo”. No sé si me explico, aunque ustedes seguro que me entienden.



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Ñebla, añeblarse

Aunque me esté feo decirlo –y mucho más con los vendavales identitarios que ahora corren-, lo cierto y verdad es que los paisanos de aquí tenemos mucho de catalano-arragoneses, al menos en esto del hablar, porque cientos de sus vocablos los hemos hecho nuestros desde tiempo inmemorial. Y, sin ir más lejos, eso es lo que hicimos con boria, voz que nos sirvió para designar a esa nube baja que dificulta la visión y llena el ambiente de humedad, a la que el resto de los castellanoparlantes llamaron desde siempre niebla. Aunque nosotros no desterramos del todo el vocablo de los nuestros, le dimos un cierto toque “autonómico” al convertirlo en ñebla, término acústicamente extraño donde los haya. Y, además, lo preferimos para dejar constancia de que la ñebla hace que algunos frutos –higos, cereales, etc.- se resequen y se queden rígidos, como congelados, sin madurarse, y de ellos no dijimos que se emboriaban, sino que se añeblaban o que estaban ya eñeblaos. Así que sobre gustos y elecciones, en esto de la parla popular, parece que no hay nada dicho, ni mucho menos escrito.

Ñoñear

Por más que nos esforcemos, a veces los habladores silvestres no podemos entender los caprichos de los bienhablados, como pasa con lo referido a la persona apocada, de corto ingenio o simplemente chocha. Pues bien, a los finodos, un tanto desconsiderados y burlones, les parece bien llamarle ñono, con una onomatopeya que suena como si le estuvieran escarneciendo; y el diccionario académico bien que lo registra. Pero hete aquí que, bautizado el ñoño, llamaron ñoñez o ñoñería a la acción o dicho propio de una persona ñoña; pero se olvidaron de todo punto de describir la realización de esa acción. Porque para que el ñoño haya hecho una ñoñez o una ñoñería, necesita actuar, entregarse a la actividad propia de su condición. Y ahí al quite estábamos, como siempre, los de la parla informal para dar cuenta de lo obvio: lo que hace el ñoño es ñoñear, es decir, demostrar apocamiento, falta de coraje o  de energía  física, sea en sus acciones o en su hablar encortado y quejumbroso. Sépanlo ustedes, ahora que ya no está bien llamar ñoño al que lo es ni, mucho menos, decir que ñoñea.

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Obeja, ovispa

Quizá no errara quien dijo que “por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas”, porque todo es según el cristal con que se mira. Pero los habladores indígenas de estos lugares van más allá, trastocando las cosas del suelo y del cielo, porque confunden la fauna terrestre y aérea, sin que nadie ponga el grito en cielo; o en la tierra, según se mire. Como si dispusieran de una varita mágica, en un tris y con un simple baile de sonidos, disfrazan el cuerpecillo oscuro y zumbón de la abeja con piel de oveja y bajan esta obeja híbrida a la tierra; o al revés te lo digo, para que me entiendas. Aunque más llamativo es el alarde de transformismo y transexualidad que engorda al insecto himenóptero de color amarillo con fajas negras para convertirlo en prelado de la diócesis, contraviniendo encima las normas que impiden el acceso femenino al ministerio sacerdotal. Y luego dicen que les pican las ovispas y comen la miel de las obejas, sin que nadie considere esto un galimatías o un acertijo. Para que vean la magia de nuestros decires.

Obispo

Hay palabras que, por unas razones o por otras, gozan de mucha autoridad y predicamento, como ocurría por aquí con obispo; aunque cuando algunos la mentaban no se referían siempre a la jerarquía eclesiástica, sino a algo mucho más sabroso y mundano. Se trataba de un embutido envasado en esa tripa oronda y lobulada del cerdo que es el intestino grueso y que por aquí desde siempre era llamada el obispo por antonomasia. Junto a las demás piezas gruesas, como el morcón y la vejiga, constituía el mejor tesoro de la matanza, no sólo por su sabor, sino por su buena conservación que lo convertía en el embutido más longevo. Muy bien lavado, se solía rellenar de butifarra -aunque otros podían hacerlo de sobrasada-, y luego permanecía colgado durante meses en las cañas de la cámara, oreándose hasta constituir una masa apretada y compacta que, en primavera o verano, cortada en buenas rebanadas y acompañada de un zalandro de pan y un tomate, era consuelo de los almuerzos y placer de las meriendas cuando ya no quedaba apenas nada del cerdo y la matanza siguiente andaba aún lejos.

Ojetear, hacer ojico
                               
En el diccionario ojetear significa “hacer ojales”. Si usted recurre al léxico popular, le dirá que se refiere a mirar insistentemente, observar o fisgar. Pero los más viejos del lugar le confesarán que este vocablo compendia también la primera fase del cortejo amoroso: la selección del objeto del deseo. Un joven en edad de merecer, entonces llamado mozo, solía ser atosigado por familiares, amigos y curiosos en general con observaciones como ésta: “Nene, tu ya tendrás ajeteá a alguna”. Y vaya si la tenía, mediante una sutilísima labor de observación en bailes, fiestas populares, romerías, misas de domingo, paseos y faenas cotidianas. Porque el ojetear de entonces se limitaba a “un casto mirar”, semejante al que dirigía don Quijote a su Dulcinea. Y el ojeteo iba dirigido a una moza que, para no ser menos le hacía ojo o, mejor, le hacía ojico, porque, según su parecer, y el de otros muchos, destacaba por su atractivo y hermosura, aparte otras prendas. Luego vendría el olvido y el ojeteo de otras. O, en el mejor de los casos, el hablar con ella. Que eso ya eran palabras mayores.

Ojosol

Yo no sé cómo ocurrió; pero lo cierto es que me había pasado a mí. Yo era un niño y había cogido un ojosol: se me había metido el sol en la cabeza y ahora tenía fiebre y vómitos y estaba muy aterrado, sin apenas fuerzas. El senado familiar, más bien enemigo de la medicina popular, decidió que se avisara al médico. Pero hete aquí que, entre tanto, una vecina sanadora ofrecía desinteresadamente sus servicios; y como no costaba probar, se acordó, no sin reticencias y comentarios descreídos, que aquella buena mujer ejercitara conmigo su sabiduría. En medio del parador, en plena solanera, me sostenían en pie mientras se preparaba el instrumental del tratamiento: una sartén con siete estropajos de esparto nadando en una buena capa de agua chorreada con vinagre. La maga iría rezando credos y diciendo jaculatorias mientras quitaba y ponía la sartén sobre mi cabeza, hasta que hirviera. Pero como, tras mucho rezar y quitar y poner la sartén, el milagro no ocurrió, la buena mujer, viendo peligrar la recompensa, achacó el fracaso al descreimiento de la familia. Y no le faltaba razón.

Oliva, olivera

A los criados a la sombra de la uniformadora caverna audiovisual les sorprende y maravilla la independencia que, hasta hace poco, tenían los hablantes de cada lugar a la hora de nombrar sus cosas. Viene esto a cuento a propósito de lo relacionado con el olivo, o como se le quiera llamar. Durante siglos el olivo fue olivo y su fruto, la oliva; términos ambos de honda raigambre latina. Pero con el tiempo, oliva fue dejando paso al árabe aceituna, extraño y de pronunciación más difícil, que fue aceptado tanto en el habla popular andaluza como en el castellano cuidado. En cambio, en las hablas orientales se mantuvo oliva mientras que olivo fue el suplantado por el aragonés olivera. Y hasta hace poco la mención por estos pagos de olivo y aceituna era tomada como síntoma claro de exceso de fineza o de forastería. Hoy, nos vamos volviendo finos casi todos, y algunos ya utilizan olivo y aceituna; aunque todos coinciden en hablar de aceite de oliva, y no de aceite de aceituna, que es lo que muchos debían decir, para ser fieles a sus principios.

Ópera

Quizá pocos recuerden que cuando queríamos ponderar el trajín o el frangollo que suponía una faena pesada y enredosa, la llamábamos ópera. Así, nos quejábamos de que “menuda ópera” era el deshollino de la casa que, arremangadas y con el pañuelo arrodeao, acometían las mujeres armadas de escobas, bayetas y calderos; o las tareas entretenidas y pegajosas de la muertechino; o el apresto de los arreos, aparejos y aperos de la labranza; o el tejemaneje del abuelo que, entre cuerdas, pleitas y recinchos, enguitaba sillas, cosía capazos y tejía esparteñas. Pero también llamábamos despectivamente ópera a ocupaciones inútiles e incluso manifiestamente molestas, como las del manifacero que desmontaba las piezas de la bicicleta o del reloj sin ninguna garantía de volver a componerlas; o el alboroto de los zagales trasteadores que espantaban a las gallinas y perseguían a perros y gatos sin dejar en paz a bicho viviente. Y este viejo y culto vocablo, olvidado ya de casi todos, también anunciaba conflictos y problemas –“Si seguimos así, tendremos ópera”- o para amenazar con ellos a quien no se comportaba como debía, advirtiéndole que tendría óperas. Naturalmente, con nosotros.

Orilla

El interés por la meteorología no es de hoy ni se ha limitado a la información de los modernos hombres del tiempo o a las noticias catastrofistas de las televisiones sobre tornados, inundaciones, nevadas y pertinaces sequías, que rozan el terrorismo meteorológico. Antes, el interés por el tiempo iba de boca en boca y se centraba en el mundo cercano, porque de él dependían cosechas, viajes, abastecimientos y, en definitiva, los ciclos de la vida: si la sequía mermaba la cosecha de cereales, no había pan, y si se helaban los frutales, las manzanas o las uvas no se traían de Chile o de Nueva Zelanda. “Está nulo” o “Está raso”, “Ha caído un buen llovío” o “Hay boria y hace helor” podían formar parte de la retórica del encuentro y del saludo. Y también el término orilla -hoy desconocido junto a su pariente oraje-, con el que se aludía al estado del tiempo o a la temperatura buena o mala, sensación compartida cuando se decía “¡Vaya una orilla que hace!” o “¡Que buena orilla tenemos”. Pero no les digo más, porque esta palabra ya no volveremos a oírla.

Orza

Si acompañáramos a Azorín en su visita a la mansión de Melibea, nos sorprendería ver elementos del ajuar doméstico desconocidos para nosotros, desde pesados muebles castellanos hasta recipientes de cerámica hoy desaparecidos, como cántaros y alcarrazas. Pero fijémonos, sobre todo, en que “un rayo de sol hace fulgir la ringla de panzudas y vidriadas orcitas”; y esta estampa luminosa nos traerá al recuerdo aquellas orzas - más esbeltas y de distintos tamaños, con sus dos asas y su tapadera también de cerámica vidriada- que conservaban los tesoros más preciados en un rincón de nuestra cámara: las olivas verdes, enteras o partidas, aderezadas con saborija y trozos de membrillo; y las negras, con sus manojicos de hinojo; y el adogo, que conservaba entre especias los mejores bocados de la matanza, desde lomos a costillejas; sin olvidar las repletas de miel azucarada, manjar irresistible para dedos curiosos y lamizneros. Pero si hoy volvemos a aquella cámara, veremos que la ringla de orzas ha desaparecido y sólo queda su rastro polvoriento en la memoria de quienes las vimos, las destapamos y probamos las delicias que en ellas se guardaban.


Oscurina/escurina

No hay que dejarse llevar por el deje diminutivo de este vocablo no ha mucho de bastante uso por estos lares, porque dice más bien lo contrario de lo que parece, como ocurre también con romancina, regañina y otros. Si oscuridad es la forma neutra de llamar a la falta de luz que impide ver las cosas, nuestra escurina era más bien la forma subjetiva de ponderar lo impenetrable e inquietante de lo oscuro. ”¡Qué oscurina!”, exclamábamos al entrar en una habitación cerrada, y otro tanto decíamos cuando salíamos del interior de una casa iluminada al exterior de la noche cerrada. Pero sobre todo la oscurina era casi un instrumento meteorológico con que se medía la importancia de la lluvia o la tormenta inminente: con el término oscurina describímos el negror de aquellas nubes que, en su avance, iban cerrando el cielo y ensombreciendo el paisaje en una lucha vencedora contra el sol, hasta que parecía que todo se entenebrecía como si de una noche anticipada se tratara, y poco a poco, a nuestro ver, nos íbamos sumiendo en la escurina de la tormenta que se cernía sobre nosotros.

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