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Pajera

Muchas realidades, con el tiempo y la mutación de las costumbres, han perdido vigencia e incluso han pasado a mejor vida junto con los vocablos que las nombraban. Pero muchos de ellos han dejado un reguero de imágenes que ofrecen una estampa vigorosa y expresiva de acciones y realidades actuales, aunque se vaya perdiendo la referencia que las motivó. Por ejemplo, la pajera, pequeña dependencia de obra, con acceso abierto, que en nuestras cuadras permitía tener a mano la paja, que se vertía directamente del pajar por una trampilla dispuesta en el techo, para alimentar a las bestias. Ya apenas existen estas pajeras pero queda una expresión muy gráfica para indicar que se puede hacer cualquier cosa o disponer de lo que uno quiera con total libertad, sin límites ni restricciones –“En tu boda comimos y bebimos a pajera abierta”, “El Luis gasta el dinero a pajera abierta”-. Y otras no tan usuales como la referida a la portañuela –“Muchacho, que llevas la pajera abierta”-, o aquella otra un tanto enigmática de casarse por la pajera, que alude a una relación más informal que la bendecida por la iglesia.

Pajizo

Muchos colores toman el nombre de referentes naturales muy conocidos, como ocurre, por ejemplo, con los identificados con plantas, flores o frutos muy comunes -albaricoque, caqui, lila, malva, naranja, rosa o violeta-, que aparentan volumen y entidad física al encarnarse en ellos. Otro tanto ocurre con pajizo, venido del color de la paja; aunque este no transmite la viveza y exuberancia de aquellos, sino más bien una sensación mortecina y triste que puede aplicarse a un hermoso pelo rubio, pero que generalmente resalta el color pálido y desvaído de la piel, especialmente de la cara, como expresión de falta de vigor y de salud. Al niño engalicao lo vemos muy pajizo, y pajizo se muestra también quien está enfermo de ictericia o el que ayuna más que come. Y no digamos nada de las plantas cuyas hojas, por falta o exceso de riego o por el frío, se ponen pajizas. En definitiva, pajizo no es un color que favorezca a quien lo exhibe, aunque sea en un vestido. Quizá por eso hoy, aunque sigue vegetando, descolorido y enfermizo, en el diccionario, ya casi nadie lo usa ni lo recuerda.

Palabrotá, palabrotón

Las palabras son las unidades esenciales de la comunicación humana. Con ellas hablamos de lo que nos gusta o nos disgusta; de lo bueno, lo malo y lo peor; de lo grande, lo pequeño y lo nimio. Pero como todo es cuestión de gustos, a veces no nos basta con la simple y usual palabra, sino que recurrimos a palabricas que expresan nuestra sensibilidad o buena intención, echamos mano de palabrejas de escasa importancia o interés en el discurso o usamos palabros mal dichos o estrambóticos. Pero los que quieren escandalizar echan mano de palabrota, vocablo de derivación aumentativa que resuena grueso y sonoro al pronunciarlo y basto o grosero en lo que dice. Aunque como siempre se puede ir a más, en la parla murciana los habladores comedidos y cuidadosos del buen decir reprochan a los que no son tan bien hablados el caer en el colmo de la desageración expresiva con lo que ellos llaman palabrotás, vocablo cuyos sones recios y rotundos denuncian la intención descompuesta de quienes utilizan términos indecentes u ofensivos, entre los que se incluyen juramentos, blasfemias y expresiones soeces, llamados también palabrotones.

Palomo

Quizá muy pocos hayan oído mentar el palomo del que hablo. Y es que un cierto día a alguien se le ocurrió bautizar con este nombre inmaculado al gayao o bastón que utilizaba. Unos achacaron el nuevo nombre a que el citado báculo era blanco como el macho de la paloma, que, no se sabe por qué, casi siempre imaginamos de ese color. Pero otros vieron en este nombre sonoro y campanudo, inundado de vocales abiertas y orondas, el apropiado para nombrar al gayao cuando se quiere presentar, no como simple elemento de apoyo, sino como arma de grueso calibre con que meter miedo. Decir que Fulano lleva un buen palomo, exhibir y mentar el palomo en una algarada de mozos y janglones rondadores o advertir al más pintao que le íbamos a medir los lomos con el palomo, eran palabras mayores de una estrategia de disuasión muy convincente. Pues así es como llamaban algunos, medio en broma, medio en serio, en los campos de Lorca y Cartagena al citado instrumento, ahora reducido a simple apoyo y andadera de pensionistas y miembros de la tercera edad, también llamados viejos.

Palote

La salvaguarda de la propiedad y de la seguridad personal, así como la necesidad de protegerse de las inclemencias, llevaron a la invención de las puertas. Pero, además, había que hacerlas infranqueables a la curiosidad y la codicia ajenas. Comprueben ustedes cómo en su casa y en las ajenas dominan las puertas de seguridad, reforzadas, blindadas o acorazadas, con mil herrajes, bisagras, anclajes, cerraduras, cerrojos, pestillos y burletes que crean la ilusión de invulnerabilidad. Pues sepan que el antecedente cercano de estos sofisticados medios de seguridad podía encontrarse no ha mucho en las viviendas humildes y los cortijos silvestres: el palote. Esta pequeña tranca de madera bien redondeada, de unos 30 cms, con un extremo apuntado, se introducía en un agujero oblicuo, hecho a su medida en la pared, para bloquear la puerta por dentro. Con él cerrábamos cuadras y marraneras, atrancábamos el postigo que comunicaba la casa con la cuadra y asegurábamos la puerta principal aunque la cerráramos con llave. Así que echar el palote a las puertas era la última obligación de la jornada. Luego, algunos aplicaban esta expresión a ciertas operaciones íntimas que huelga aquí nombrar.

Pampaneo

Oímos rumores, habladurías y chismorreos; o nos enfrentamos a un asunto nada claro o que toma un cariz que no nos gusta; o notamos que en una reunión se respira un ambiente tenso o enrarecido, y sentimos la necesidad de dar cuenta del evento. Y entonces se nos viene a la boca una palabra muy manida que dice muy bien lo ocurrido: pampaneo. Y hablamos a nuestros amigos del “pampaneo que se trae la gente con esa boda”; o decimos, a propósito de las cuentas del ayuntamiento que “menudo pampaneo se llevan los políticos”; o confesamos que “no nos gustó el pampaneo que se montó en la comida de Navidad”; o añadimos que “aquel pampaneo acabó en una trifulca”. Pero resulta que después de tanto pampaneo, nos encontramos con que esta palabra que nos habla de los movimientos de los pámpanos o de su acumulación en forma de hojarasca y, por extensión, de situaciones enmarañadas, confusas e inútiles, no existe en el diccionario. Y entonces nos quedamos perplejos porque sospechamos que todo lo que hemos dicho no queda claro, y pensamos que vaya un pampaneo para nada.

Pagamenta

Ante la proliferación de nombres con que se bautizan los pagos e impuestos, desde antiguo los habladores de estos lugares llegaron a la conclusión de que era necesario adoptar un término genérico que diera título a todo el memorial de cargas que, como un verdadero agravio, ha de soportar el sufrido contribuyente. Y he aquí que hallaron el vocablo pagamenta, variante del un tanto neutro y soso pagamento, con el que meter en el mismo saco a todos los pagos que nos vienen regularmente, ya sean los recibos de servicios (luz, agua, basura), ya se trate de impuestos, arbitrios, tributos, contribuciones, aranceles y tasas de las distintas administraciones públicas. Este vocablo, reforzado casi siempre con el intensivo tanta, en un singular genérico –“No podemos ya con tanta pagamenta”- o dicho en plural -“El ayuntamiento no para de inventar nuevas pagamentas”-, da cuenta fidedigna, no solo de las innumerables cargas que los paganos hemos de soportar, sino que traduce la mala gana del afectado ante lo excesivo e injusto de tales obligaciones. Aunque, como en otros casos, no iremos más allá del leve pataleo que nuestro pagamenta deja entrever.

Pando, da

No hay mejor imagen de pando, da que la del agua que, en un remanso del brazal o de la acequia, se queda como inmóvil y quieta, mientras refleja las nubes y árboles que se miran en ella. Sin embargo, aplicado a las personas, no ofrece una imagen tan idílica, pues no se queda en el retrato de un individuo pausado y despacioso, que discurre y actúa con tranquilidad y reflexión; así que lo que en el agua era belleza y en la persona debía ser virtud, se desvirtúa cuando la pausa se convierte en indolencia, la tranquilidad en blandenguería y el carácter reflexivo en falta de resolución. Así que cuando tachamos de pando a nuestro amigo Fidel o al marido de la Antonia, es que nos resulta más bien bobo y un tanto calzonazos, un juanlanas que no pincha ni corta, al que le han cogido el pan debajo del brazo, siempre sumiso y manso, sin mala palabra ni buena acción. Y en todo caso, falto de salero y de gracia, como les suele ocurrir a muchos, mejorando lo presente. Y también a las mujeres.

Panizo

El triste lamentar de quien decía tener el panizo sin vender y los présoles agusanaos, podría desatar la burla de los puristas; pero esos que se burlan de que llamemos panizo al panizo debían saber que no hacemos más que confirmar la antigüedad de ese nombre, que se remonta a los tiempos en que Covarrubias definía al maíz como “suerte de panizo, que hace unas mazorcas –quizá quiso decir panochas- de granos amarillos o rojos, como garbanzos, de los que hace pan la ínfima gente”. Pero a pesar de su mala fama, la buena cosecha de panizo del final del verano era la alegría de la casa para todo el invierno, pues no sólo proveía de pan, sino tambien de panochas asadas, de tostones o palomitas, de grano y perfolla para alimento del ganado, de la misma perfolla para relleno ruidoso de colchones o de zuros para la lumbre. Y su simbolismo abundoso y festivo explotaba en el jolgorio del esperfollo, en que zagalones y mayores bromeaban, cantaban o explayaban sus reprimidos atrevimientos eróticos besando a la zagala de al lado cada vez que les salía un panocha colorá.

Pansío, ía

Los observadores curiosos de la naturaleza hemos admirado siempre el clavel reventón, el tomate orondo y arrebolado o las brevas rayadas por la sazón. Pero todo ello no es más que flor de un día, momentánea plenitud, anuncio cierto del declive y la caducidad. Los habladores murcianos, para esa etapa en que lo terso se arruga, lo vivo se consume y lo pleno se aja, recurrimos al vocablo pansío, que determina ese estado crepuscular en que las frutas, llámense uvas, brevas o ciruelas, disminuyen su volumen y pierden el líquido que las engorda y redondea para quedarse hechas pasas, arrugadas y consumidas por la edad. Y esta imagen de la fruta pansía significa también la decadencia y la decrepitud que apreciamos en las personas, ya sea motivada por la tristeza que marchita a la moza que ve pasar el tiempo sin amor, ya se trate del viejo consumido por los años, ya lo digamos de aquel a quien devora y enflaquece la enfermedad. Por no decir nada de aquellas partes, con perdón, del cuerpo humano que, tras expandirse, se encogen y se quedan pansías, mal que nos pese.

Paparajote

No se sabe quién ni cuándo parió este vocablo de son tan abierto, explosivo y ostentoso, hasta ahora de uso más bien limitado; pero que, lejos de apagar su presencia, parece que goza de tan buena salud que un día de estos entrará en el diccionario. Así que algo le habrán visto los enterados a este aparatoso vocablo que en la huerta murciana les hablará  de un dulce de origen rústico compuesto de una hoja de limonero rebozada de una masa de harina, azúcar, leche y huevo, mientras que en Totana nos remitirá a una pelota hecha de masa de garbanzos, huevos y bacalao que suele dar sustancia al buen potaje. Esto en la vertiente alimenticia y festiva, porque en muchos lugares de esta tierra el paparajote enseña su peor cara, convertido en un desmayo o faratute, que puede quedar en mero susto y ser motivo de comentarios desenfadados, o desembocar en indisposición grave que suscita la preocupación e incluso el temor por la vida del afectado. Así que disfruten de los sabrosos paparajotes; pero cuidense de aquellos otros que nos producen malestares súbitos de mayor o menor cuantía.

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