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Quebrancía

La voz popular adapta términos conocidos o los crea de la nada para designar acciones que tienen un nombre técnico difícil; y nada mejor que la medicina y, dentro de ella, la traumatología, para demostrarlo. Pocos contarán por aquí que han sufrido una luxación, por ser este vocablo ajeno a la experiencia común. Por eso dirán mejor que se han esjobernao el brazo o que se han esfaratao la muñeca, e incluso que se han esancao si el accidente es de cadera. Pero pongamos atención a quebrancía, derivado de quebrar, término que todo el mundo entiende y que servía no hace mucho para un roto, dígase una fractura, que obligaría a acudir a un buen sanador de huesos para recomponer la pieza quebrada y vendarla o entablillarla para que soldase y volviera a su estado original; pero también para un descosido, como el de la pared intestinal, a la altura del ombligo o de la ingle, hernia que hacía al niño recién nacido llevar momificada la parte inferior de su tronco con aparatosos vendajes, o cargar a la persona mayor con una faja o un braguero.

Quijal

Ciertas palabras tienen mala suerte: los hablantes empiezan a dejarlas de lado no se sabe por qué, y ellas van languideciendo poco a poco, sin remedio. Eso es lo que le pasa a quijal, o mejor quijales, dicho en plural, porque eran las dos piezas óseas que configuran la boca, la de arriba y la de abajo, también llamadas quijadas. Pero eran también las muelas de personas y animales, que se insertaban en los susodichos quijales; así que no debemos confundir quijales y quijales. Pero el afán de diferenciarnos de los animales, o tal vez una fonética demasiado violenta, hizo que los quijales primeros fueron rebautizados como mandíbulas, y los quijales insertos en ellos pasaran a ser muelas o molares, términos más finos. Así que hoy no resulta muy delicado para una jovencita tener dolor de quijales, ni adorna nada confesar que uno tiene cariados dos quijales de arriba y uno de abajo, y mucho menos que una madre moderna alardee de los brackets que lleva su hijo para enderezarle los quijales. Si muerto el perro, se acabó la rabia, eliminados los quijales somos más exquisitos. O eso parece.

Quijero

Mientras paseas por las trochas de la huerta disfrutando de la primavera, ves los brazales y acequias que divagan por el lugar preñados del agua panda que fecundará la tierra ahormada en bancales, eras y tablares; y te llaman la atención sus ribazos exuberantes, apretados de cañotas y cañares adornados de jopos blancos, juncos puntiagudos y airosos y un tapiz de flores como un colorido jardín colgante abrevado en el agua. Y entonces recuerdas que estos márgenes se llaman por aquí quijeros, a imitación de las quijadas que, plantadas de dientes, bordean la abertura de la boca. Y, casi sin querer, te pones a pensar en la capacidad creativa del lenguaje popular para dar nombre a las cosas, y das vueltas a quién sería el primero que trasladó la imagen de la anatomía bucal a los lados en declive de la acequia o el brazal. Y terminas sentándote allí para gozar de una obra tan sencilla y hermosa de la naturaleza, y de la palabra que la recrea. Pero cuando despiertes del sueño, comprobarás que ya no existen apenas brazales ni acequias, ni mucho menos verdes y floridos quijeros.

Quina

Muchos tenemos un sabroso recuerdo de la quina, y en concreto de Quina Santa Catalina: cuando no era anatema el que los niños probaran el alcohol, algunos infantes privilegiados teníamos la dicha de tomar un chupito de tan dulce brebaje –que “es medicina y es golosina”- para estimular el apetito, mientas otros desgraciados tomaban por las bravas hígado de bacalao, o pócimas peores. Pero lo cierto es que la quina o quinina es más bien una sustancia amarga de numerosas aplicaciones medicinales, entre ellas el tratamiento de la fiebre, por lo que en el susodicho vino debía haberse producido un milagro dulcificador. Su amargor hace que se diga que “está tragando quina” de quien soporta una situación desagradable que no es de su gusto; mientras que del causante de ese hecho o de otros múltiples desaguisados o estropicios se sentencia que “es más malo que la quina”, sin excluir del símil al niño inquieto y travieso. Quizá por eso algunos murcianos llaman “hacer quina” a la acción de convertir en trizas o añicos las cosas, lo mismo que se trituraba la corteza del quino para obtener la quina.

Quinto, ta

La supresión del servicio militar nos va dejando huérfanos de ciertas palabras que marcaban la vida de las personas y de las familias. Como quinta, tan consolidada como referencia del paso a la vida adulta que se convirtió en fecha clave para indicar la edad, más que el cómputo de los años o la fecha de nacimiento. Ser de la quinta del 17 o del 39 no sólo rememoraba el desastre de Annual o el comienzo de la guerra civil, sino que decía la edad del individuo, al tiempo que servía de término de comparación con la de otros, anticipo del cuento interminable de las batallitas de todos durante el servicio. Y es que cuando llegaba el momento solemne del sorteo de las quintas, el zagal ascendía a la condición de mozo y de quinto, con lo que era ya tratado de otra manera en su casa y empezaba a hacer ojico a las mozas casaderas. Aunque su inexperiencia de quinto lo convertía en candidato a bromas de mejor o peor gusto que le hacían pagar la quintá como peaje en su camino a la vida adulta.

Quisque

Para que luego digan que las hablas vulgares son eso, vulgares, porque no respetan sus orígenes haciendo mangas y capirotes de la herencia latina, y aun de la común lengua castellana. Pues bien, sepamos que no siempre es así, y que muchas palabras de la madre latina las han mantenido hablas como el murciano como si las hubiera guardado en delicados frascos de alcohol para alejarlas de las peripecias y avatares del manoseo diario. Y ahí están vide, cuasi, ansa, flama y otras muchas. Pero no nos podemos olvidar de quisque, conservado tal como lo dejó el latín y usado con toda naturalidad en muchos lugares, aunque el diccionario académico lo ignora. Quisque es “cada cual”, “cualquiera”, casi siempre precedido del indefinido todo, que universaliza aún más su sentido. Así que cuando queremos que se sepa que algo es propio de todo el mundo, diremos, por ejemplo, “Aquí bebe todo quisque” o “Se lo dije a to quisque”; aunque también podemos añadirle el distributivo, y decir “Que cada quisque se apañe como pueda”. Así que aplíquense el cuento y utilicen este hermoso latinismo, como to quisque. O casi.

Quita(d)o

Quitado es el participio del verbo quitar, como ustedes sin duda saben. Pero eso no quita para que en los predios murcianos tal participio se haya convertido en una preposición de mucha utilidad, con la que se introduce la mención de algo o alguien que ha de quedar al margen de lo dicho, que constituye una excepción. Y es que a los hablantes del lenguaje popular hay ciertas palabras cuyo carácter formal, abstracto, no les dice nada; y, además, algunas de ellas les resultan demasiado finas y pretenciosas. Por eso, no se plantearon introducir la mención de una salvedad o excepción con excepto, salvo o fuera de; pero sí vieron muy natural que lo que se aparta de lo que se acaba de mencionar es que se quita; así que nunca mejor eliminado que recurriendo al participio quitado, que decía a las claras lo que se quería expresar, para que todo el mundo lo entendiera. Y todos ustedes, quitado alguien algo distraído o reticente, creo que lo comprenden; por lo que les ruego que, quitado el atrevimiento, vean en mí la mejor intención al explicarlo.

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