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Rabicula(d)o

Rabiculao es atravesado, torcido, al revés; término que puede servir para bien, como cuando al llenar un cajón o componer una carga con elementos alargados de extremos de desigual grosor, algunas tandas o tongás se cruzan o ponen al revés, es decir, se rabiculan, a fin de trabar la carga o equilibrar su altura. Y así se hacía con las manadas que componían un haz o con los haces que se traían cargados en carros hasta la era. Esta figura del elemento atravesado o dispuesto al revés de los demás, rabiculado, se convirtió en una imagen muy eficaz para resaltar la rapidez, avidez y fruición con que el hambriento o el goloso devora un alimento sin dejar nada, en vez de “comérselo doblao” o “a lo tragalopavo”. Por eso se dice que “Gabriel se come los boquerones o los plátanos rabiculaos” o que “Le gusta tanto la fruta que se la come rabiculá”. Para mal, rabiculado indica que algo está mal colocado, e incluso alguien se puede quejar de que todo le viene rabiculao, le sale al revés. Por no decir de quien tiene una mente retorcida, rabiculá.

Rabisco, rabotero

Observen ustedes a su perro y comprueben si tiene rabo, no vaya a ser como el perro rabote de nuestro amigo Roque, que no tiene rabo porque Ramón Ramírez, como sabemos, se lo ha cortado. Y sepan que el rabo es el termómetro vital de todo perro, la antena de geometría variable que da cuenta de las emociones, de las alegrías y, sobre todo, de los afectos del animal hacia su dueño, en un subir y bajar y en un oscilar y abaniquear constantes que no se cansan ni se acaban. Por eso, al niño o al muchacho vivaracho e inquieto, que todo lo toca y lo trastea, hasta el punto de que su desparpajo a veces lo hace revoltoso y descarado, le llaman muchos de aquí rabisco. Aunque otros creen que la imagen de ese azogue procede del rabo de la lagartija, que sigue retorciéndose frenéticamente después de cortado. Pero al que pasa de rabisco a ser arisco y desabrido, áspero y nada cariñoso, algunos lo llaman rabotero, con una imagen robada al perro rabote, que parece insensible porque no mueve el rabo que no tiene.

Rabituerto

Los nombres nos dicen lo que son o cómo son las cosas. Pero en ocasiones el nombre parece que se queda un tanto corto o impreciso para comunicar exactamente lo que queremos decir, por lo que hay que inventar otro que nos resulte más apropiado. Algo de esto es lo que nos debió de ocurrir a algunos a la hora de calificar al que tiene la vista torcida o extraviada. Si lo llamábamos tuerto, corríamos el riesgo de caer en un exceso intolerable al dar a entender que estaba privado de un ojo cuando realmente no era así. Por eso, los habladores avispados, que siempre los hay, inventaron un vocablo que, no se sabe si con intención compasiva o con alguna inclinación burlesca y malsana, describía con más detalle y pormenor lo que en verdad pasaba: rabituerto era el que desviaba el ojo de su posición centrada hacia el ángulo o rabillo del ojo. Así, el fenómeno quedaba perfectamente descrito; pero el que lo padecía cargaba para siempre con el sambenito de un apodo que, aunque a muchos les pareciera adecuado, a él no le resultaba de buen gusto.

Ramalear

Si alguien les mienta este vocablo, les sonará como a quien oye llover. Aunque no siempre fue así, porque ramales y ramaleras se tenían por muy conocidos, ya que eran los cordeles de cáñamo o cuero que servían de rienda para conducir a las bestias de tiro o de carga, que se domaban para recibir las órdenes que les transmitía el caballero o el auriga mediante leves tirones o sacudidas sobre el cuello o el lomo. Así que se decía que ramaleaba el animal que obedecía sumiso a los estímulos del ramal. De ahí a aplicar este ramalear a las personas sólo había un trecho: del marido dócil a los mandados de su señora, del niño que seguía a su madre como un perrillo faldero o de aquel que iba por la senda trazada por las opiniones y consejos de amigos o parientes, se decía que ramaleaba bien; lo cual podía ser entendido como un acto de bondad y buenas maneras o, por el contrario, como señal inequívoca de la falta de criterio del pando o aglariao, cuyo ramalear sumiso era motivo de comentarios e incluso de burlas.

Rampa

Revisen ustedes cuál fue la última vez que oyeron a alguien, o a ustedes mismos, decir que tenía rampa. Concluirán que hemos abandonado otro de los términos de la medicina popular, que en este caso describía a lo vivo el calambre que nos coge de golpe y nos deja atenazados e inermes, con la caja torácica, el abdomen, un brazo o, sobre todo, una pierna, encogidos e inmovilizados sin que dependa de nuestra voluntad el comienzo ni el final del atranque. Enseguida confesábamos que teníamos una miaja de rampa y todos entendían el porqué de nuestras rigideces. Pero ahora no vayan ustedes al médico ni hablen con sus allegados para decirles que tienen rampa porque les mirarán de reojo o les hará gracia esta vulgaridad de llamar rampa, como hacían nuestros abuelos desde tiempos de los godos, a un espasmo o una convulsión muscular. Y vean el término arrinconado y encogido en el diccionario como si estuviera atacado por el mismo mal que su significado predica. Aunque algunos todavía seguiremos pensando que rampa es una palabra que sólo con pronunci

Rasinero/resinero

Si nosotros hubiéramos de describir el bonete de aquel tacaño de·El Buscón conocido como el dómine Cabra, “ratonado de mil gateras y guarniciones de grasa… con los fondos de caspa”, despacharíamos el trámite afirmando categóricamente que estaba perdío de rasineros de grasa. Porque por aquí un rasinero es una mancha o acumulación de grasa que impregna la ropa, el cuerpo, las paredes o los suelos, que puede ser una mancha reciente, pero que más bien resulta el fruto de una suciedad acumulada y pertinaz, que se adhiere y se entrapiza en una superficie como una capa de resina difícil de limpiar. Son los resineros que, como un festón de polvo, sudor y otras sustancias adquiridas con el roce, orlan los cuellos y puños de las camisas; son los rasineros que quedan en los bordes de sartenes y cacerolas que se friegan poco; son los rasineros que encontramos en las paredes, suelos y puertas producidos por el roce de materias y personas nada limpias; son los rasineros que persisten en las comisuras de la boca, la barbilla o los mofletes del glotón que come mucho y se limpia poco.

Raspe/ raspi

Nadie me podrá negar que siempre hubo clases, y más en esto del comer y el hablar, que cada uno come y parla como sabe y como puede. Si usted se encuentra con unos ejecutivos o funcionarios en un receso de su trabajo, es muy posible que confiesen que van a tomarse un tentempié para reparar fuerzas. En cambio, si acompaña a una familia burguesa toda peripuesta un día de domingo, quizá presuman de fineza diciéndole que van a tomar un piscolabis en la cafería de moda; mientras que los indígenas del barrio convertirán el reparo distinguido de canapés y bocaditos en un simple piquislabis de vermú con cascaruja. Pero si estuviéramos hace años al pie de un andamio, con la cuadrilla de segadores o en casa de nuestros vecinos silvestres, tal vez oiríamos que, con permiso de los presentes, iban a tomar un raspe o raspi, vocablo que dice a las claras lo escaso y magro de las viandas o, al menos, trata de disimular su abundancia, con la sugerencia de que son las sobras o migajas de lo que debería ser un menú en toda regla.

Rasquija, rasquijón

Las palabras son como las personas: las hay más o menos afortunadas, útiles, hermosas, agradables o simpáticas. Lo importante es elegir en el momento oportuno la que nos conviene o nos gusta; labor que es más fácil en el caso del vocabulario, porque la elección no nos creará envidias, recelos ni rencores entre las relegadas. Y para empezar pongamos entre las favoritas a rasquija. No hay muchas palabras que designen la causa y el efecto, el remedio y la enfermedad como rasquija, que refleja al mismo tiempo el picor o la picazón – de “cierta rasquija, que no me deja del todo sosegar”, se quejaba ya el licenciado Cascales- y el acto mismo del rascado insistente –”Nene, te vas a hacer polvo con tanta rasquija”-; ambivalencia que se corrige y aumenta en el caso de rasquijón, que describe el acto de rascarse con fuerza y también el enrojecimiento que queda en la piel después de la rasquija. Y no diremos casi nada del poder evocador de su fonética áspera, que rompe y rasga la garganta, como la propia rasquija, y aún más el rasquijón, hace con la piel.

Rastra

Los sesudos analistas del buen hablar, a veces con más atrevimiento que juicio, dictaminan lo que está bien o mal dicho con su estricta vara de medir. Vean, por ejemplo, lo ocurrido con nuestro rastra, que estos inquisidores del decir afirman que no es más que una deformación vulgar de su delicado ristra. Pues bien, lo mismo que todos los caminos llevan a Roma, estos eruditos deberían saber que si unos eligieron ristra o riestra, tomándolo del latino restula (“cuerdecilla”), nosotros fuimos por otra vía considerando que se debía llamar rastra a todo aquello que cuelga y puede arrastrar. Así llamábamos a las trenzas de ajos, cebollas, pimientos de bola y otras hortalizas que colgábamos a secar en la puerta de la casa o en la cámara. E incluso extendimos la imagen a todo conjunto de cosas colocadas unas detrás de otras, o a un grupo de personas que desfilan por una vereda o se alinean haciendo cola. Pero ustedes, aunque se sientan inclinados a reinvidicar nuestro rastra, igual que la cabra tira al monte, no lo hagan porque corren el riesgo cierto de ser desautorizados y mal vistos.

Recalcar, recalcón

Cuando queríamos que un saco o un costal quedaran repletos de grano, harina u otro material, o un colchón o una cabecera rebosaran de lana o de perifolla, los recalcábamos cogiéndolos de la boca para sacudirlos hacia el suelo. De la misma manera, recalcar era buena palabra para reseñar muchos accidentes de tipo muscular o articulatorio producidos por un salto, una caída o un resbalón, que nos dejaban en mala postura, haciendo que el cuerpo descargara de forma violenta sobre uno de sus miembros, que sufría un trauma muscular o un dislocamiento de los huesos. Así que podíamos padecer un doloroso recalcón en una muñeca o en un tobillo; pero también se podían recalcar la espalda o los riñones a causa de un movimiento o inclinación brusca del cuerpo, lo que nos provocaba un condolimiento sordo y constante. Así registra recalcar el diccionario, y nosotros añadimos de nuestra cosecha recalcón como acción y efecto de recalcar. Pero ya apenas oirán estos vocablos, desplazados por trauma, luxación, dislocación u otros tecnicismos de la medicina que nos hacen aparentemente más doctos, aunque no sepamos muy bien lo que quieren decir.

Rechuzar(se)/arrechuzar(se)

No miren diccionarios oficiales ni tampoco palabrero murciano alguno porque quizá no la encuentren: ciertas joyas del habla popular viven en boca de la gente, pero casi nadie piensa en recogerlas para la posteridad. Ni falta que les hace porque, a pesar de su vejedad, resulta que el uso las rechuza y las mantiene vivas. Tal ocurre con la palabra rechuzar(se) –o arrechuzar(se)-, que deriva de chuzo y literalmente significa “volver a estar como un chuzo”, es decir, derecho, empingorotado. De quien, tras una grave enfermedad, desgracia o preocupación, que lo tenía desmejorado y alicaído, recupera ánimos y ganas de vivir, decimos que se rechuza, se rejuvenece, hermosea su imagen. Nos alegramos de ver a la abuela viejecita tan rechuzada o al viudo triste y solitario ahora rechuzado con nuevas amistades, e incluso algunas sentirán envidia si todos ven muy rechuzada a su amiga Antonia, pensando que ella les gana en juventud y atractivo. Pero no se inquieten demasiado, porque el arrechuzarse suele ser un barniz superficial y pasajero. Así que el de ellos o de ellas, mañana puede ser de otros. Paciencia y a esperar el nuestro.

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