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Sabeor

Mediante la ironía, podemos atribuir a una palabra un sentido y también su contrario. Y algunas de estas interpretaciones irónicas se consolidan como acepciones comúnmente aceptadas. Como ejemplo, noten el afán de descalificar la supuesta experiencia y sabiduría de quienes envidiamos o despreciamos, y repasen las veces que se han burlado de su ignorancia llamándoles sabihondossabelotodoslistillos y, sobre todo, enterados, hasta el punto de que algunas de estas palabras han quedado limitadas a ese significado peyorativo. Pero yo quiero llamar la atención sobre el término local sabeor, de antigua y noble tradición como referente de conocedores, expertos y peritos, ya sean los intérpretes de la Sagrada Escritura, los sabidores jurisconsultos que asesoraron al rey Alfonso en el juicio contra los infantes de Carrión, o los magos sabidores que profetizaban las venturas y desgracias de los caballeros andantes. Sin embargo, aquí, desde hace tiempo, con él se desprecia y se somete a burla al enterado, al sabidillo que opina de todo sin saber de nada; reproche que puede ir desde “No seas tan sabeor” a “Sabeor, que eres un sabeor”. Como yo, sin ir más lejos.

Salsear; salsero, salsera

Los entrometidos, curiosos y fisgones tienen una catalogación muy negativa, siempre que los tales sean otros y no nosotros mismos. Por eso su presencia indiscreta, su condición de testigos indeseables, sus intrusiones y cotilleos se ponderan mediante el recurso a la salsa, condimento omnipresente en todos los platos y combinaciones culinarias, venga o no a cuento: el salsero procura enterarse de todo, se mete en todas las conversaciones, trae y lleva murmuraciones y maledicencias, habla mal de unos y otros, enreda y manipula lo que dicen estos y aquellos, convirtiéndose así en un condimento indeseable pero imposible de evitar en las relaciones sociales. Y lo más chocante es que a todos nos gusta salsear y todos llevamos en nuestros genes un salsero; aunque la condición de entrometido, fisgón y correveidile y, en definitiva, de salsero solo la apreciamos en los otros, así como vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Y basta ya de salsear en este asunto, que por menos a uno le pueden llamar salsero. Y no le faltaría razón a quien lo hiciera.

Sarrieta

No hay estampas más vívidas que las que conservan la memoria de la infancia. Vean en esta a un niño pequeño que ha cogido tal varraquera que le tiene llorando largo rato en un rincón. El nene, cansado de tanto llanto, alterna los hipidos con alaridos estentóreos y muecas exageradas mientras mira de reojo el efecto que su teatro produce alrededor. Pero esas muecas, con la boca estirada y exageradamente abierta, provocan la sorna de los espectadores, que se burlan de su llanto forzado con comentarios que le resultan dolorosos: “¡Mira qué boca de sarrieta!” “¡Nene, cierra ya la sarrieta!” Y en esta otra estampa, unas mozas, de romería o de fiesta, apartadas en un rincón, sin nadie que las corteje o entretenga, observan con envidia a sus amigas y rivales que conversan y ríen con sus pretendientes. Y aquella de las grandes risotadas, que le mantienen la boca muy abierta y estirada casi hasta las orejas, es el principal objeto de sus burlas celosas: “Mira la sarrieta”, “¿Qué le habrán visto con esa boca como una sarrieta?” Para entendernos, como la espuerta honda y alargada donde comen los animales.

Seco, ca

En aquellos tiempos de penuria, lo mejor que se podía predicar de una persona era que estaba gorda y colorá, o cebada y oronda, o que tenía buenas carnes, porque ese rollizo buen ver era prueba fehaciente de una alimentación generosa. En el otro extremo estaban los secos, que así se llamaba a los flacos o de muy pocas carnes, los cuales podían ser objeto de burlas o dichos maledicentes que atribuían su delgadez a una alimentación exigua, fruto de un mal pasar; o de comentarios compasivos que achacaban su flaqueza a alguna enfermedad o penar inconfesables. La sequedad resultaba extrema si decíamos que el tal o la cual “estaban más secos que un palo” o “que una rama de leña” o “que la rabia”. Así que seco llegó a ser un calificativo poco amable, y menos para uno mismo, hasta que cayó en desuso entre las personas cuidadosas de su apariencia y buen hablar. En cambio, los hablantes agrestes seguimos llamando a los secos por su nombre, con harta envidia de los gordos de ahora, que darían cualquier cosa por estar secos y ser calificados como tales.

Sella(d)o, sellá(da)

En épocas pretéritas cuando un documento estaba concluido, se sellaba con un precinto de lacre que lo cerraba e identificaba. En tiempos modernos ciertos documentos se estampan con un sello para darles valor oficial y a las cartas se les pega un timbre para su envio postal. Pero nuestros habladores silvestres hicieron imagen de estos pegotes y pegatinas para extender su significado a  a todo aquello que está repleto de algo que se pega como un sello – “La ventana tenía los cristales sellaos de cagás de mosca”, “La nena tiene la cara sellada de pecas”, “Ángel llevaba los pantalones sellaos de manchas de aceite”-. Y puestos a sellar, podía considerarse sellado todo aquello que estaba colmado, a rebosar: de gente, de agua, de grano o de cualquier otra cosa. Así que se decía que los palcos de las procesiones estaban sellados de gente, que el tío Fulano tenía la cámara sellá de trigo o que la zafra del abuelo estaba sellada de aceite. Pero todo eso era antes, porque ahora no pegamos ni sellos a las cartas, ni decimos de algo que está sellado, aunque lo parezca.

Sello, sellico

En aquellos tiempos ir al médico era un suceso extraordinario que sólo ocurría cuando uno estaba enfermo, e incluso grave. Pero revisemos los medicamentos que, tras la visita, habíamos comprado en la farmacia: habrá allí endiciones, seguramente de picilina, algún frasco de gotas y un ingüento y supositorios y quizá una botellica de agua de Carabaña. Aunque también podría haber medecinas sólidas, que el médico –ahora conocido como doctor- llamaba grajeas, comprimidos o cápsulas, según su formato, guardadas en recipientes de cristal, más tarde suplidos por los de plástico. Pero nosotros todo este arsenal pastillero preferíamos clasificarlo en píldoras, cláusulas y sellos. Sí, sellos, que un principio eran un conjunto de dos obleas que encerraban una dosis de medicamento, nombre que luego extendimos a toda pastilla de forma redonda y aplanada y de tamaño más bien considerable. Así que si ponen atención quizá oigan a la abuela pidiéndole a su hija que le traiga agua para tomarse los sellos o recordándole que hay que darle los sellicos al nene. Voces que a ustedes les parecerán invenciones y sueños, porque ya no se recuerdan ni los sellos de correos.

Sentá(da)

El diccionario les dirá que sentada es el tiempo en que sin interrupción está sentada una persona; e incluso añadirá que puede hacerse para manifestar una protesta o apoyar una petición. Pero a los habladores de a pie, alejados del diccionario, el vocablo nos dice otra cosa. Para nosotros, sentá es una unidad de tiempo que nos permite ver a una persona sentada a la mesa, comiendo sin interrupción alguna, sin levantarse de allí durante mucho tiempo. Y es más, comiendo con exceso, de manera que sentá no se queda en el mero hecho de estar sentado, sino que es la medida que nos indica la porción exgerada de comida que que se ingiere de una sola vez. En otros tiempos de escaseces y penurias eran muy celebradas las hazañas que cabía hacer de una sentá: comerse una docena de huevos fritos, o dos ristras de longaniza, o una sartená de migas, o media mano de plátanos, con lo que sentá era sinónimo de la saciedad y el hartazgo de una comilona disparatada. No como ahora, que no está bien vista la sentá, e incluso se come sin sentarse.

Señá

En cuestión de tratamiento, los habladores silvestres tienen sus gustos y caprichos, que se apartan un tanto del uso común. Así, tío, tía se aplicaba a las personas mayores de la misma condición social como expresión de familiaridad que las igualaba a los parientes. Pero en el caso del señorío, que apunta no solo a la edad sino también a la nobleza y dignidad, las cosas eran más complicadas. Los habladores rústicos apenas utilizaban el término señor para subrayar la condición de hombre respetable de cierta edad, mientras que reservaban el de señorito para tratar al dueño de una propiedad rústica que tenía criados o labradores a su servicio, como un tratamiento que recordaba al señor feudal dueño de vidas y haciendas, pero venido a menos, para convertirse en un terrateniente acomodado y ocioso. Pero sí recurrían al recortado señá para referirse a mujeres de cierta edad que gozaban del respeto y la consideración de la comunidad. Así que hablábamos de la tía Antonia o de la tía Ginesa; pero también de la señá Engracia y de la señá María, que estaban un punto por encima de las demás.

Señorito, ta

No se asombren si les digo que el desaparecido señorito era hasta hace poco el tratamiento que marcaba el abismo insuperable entre terratenientes y labradores. El señorito, sin oficio reconocido, vivía de las rentas; era ocupante veraniego o festivo de la mansión rústica y presumía de aspecto atildado y formas exquisitas que le hacían ser temido y venerado como un reyezuelo por sus labradores y piojareros, obligados a deshollinarle la casa, amasarle el pan, abastecerle de agua buena y mala, de huevos, pollos y pavos –estos por la Pascua- ya arreglados, y de verduras y hortalizas de la huerta; rojiarle y barrerle la puerta, servirle durante sus largas veladas y entretener los caprichos de los señoriticos, llamándoles siempre de usted y dándoles el trato de señorito a todos. Pero nuestra agudeza silvestre distinguía entre el auténtico señorito, con casa bien abastada, serré o auto y ciertos arrebatos de benevolencia, y el señorito de alpargata, al que trasladábamos en carro o en mula, disimulaba estrecheces e incluso se convidaba en casa del labrador, en un quiero y no puedo que no debilitaba en nada su actitud exigente y autoritaria.

Serjo 

Más de una vez el hombre propone y Dios, o el destino, o el azar, que siempre están al quite, se disponen a llevarnos la contraria. Nosotros nos planteamos los asuntos y las cosas de esta vida con la mejor de las intenciones, con el deseo de que se desarrollen como nos las habíamos planeado. Pero hay que saber que no siempre ocurre así: a veces, toman un cariz que nos preocupa y entonces es cuando decimos que están tomando un mal serjo o que tienen un mal serjo. Pero hay que reconocer que en el propio problema está la posibilidad de enderezarlo. Si el asunto ha tomado un mal serjo, hay que plantearse precisamente darle un serjo, otro serjo, un cambio de rumbo. De manera que entre serjo y serjo andamos, y lo importante es elegir el bueno, el que acabe bien con lo que bien había empezado, aunque luego hubiera tomado otro serjo. Y entonces veremos que este serjo nuestro es más eficaz y positivo que el más fino sesgo, porque supone, en último término, un corte radical, una salida, una solución al problema que teníamos planteado.

Sestero

Cuando la siesta era un fenómeno natural, alejado de los caprichos y las modas, requería de dos condiciones externas: además del cansancio acumulado por la faena o el ajetreo continuados, que el día fuera largo y que hiciera mucho calor, circunstancias que sólo podían encontrarse en el verano, cuando aprieta el caloricio y dan ganas de amorrarse. Y esa costumbre ancestral de descansar un rato más o menos largo, resguardado del calor, a la sombrica del árbol centenario o de unas paretas, en una habitación ventilada, en el suelo fresco o en el catre mullido, dio lugar a que ese momento del día y esa circunstancia climática se contagiaran del nombre de ese buen descansar y dormir llamado siesta: sestero sería en adelante la parte del mediodía comprendida entre las doce y las cuatro de la tarde, horario propicio para la siesta, ya fuera “del borrego” o normal, y nombraría también el calor extremado de esa hora, que invita a sestear, sobre todo a aquel que con el solanero andaba segando en el llano, o trillando en la era, o andando bajo los rigores del sudor y las moscas.

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