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Tabanazo

Para entender el sentido de vocablo tan rotundo y desapacible hay que saber lo que es un tábano y, aún más si cabe, haber experimentado su dolorosa picadura. Con los calores, este insecto díptero de color pardo se asienta en las partes sensibles de las caballerías, especialmente en la cara y sobre todo en torno a los genitales, por lo que se llama también, con perdón, mosca cojonera. Aunque puede castigar, además, con sus setazos a quien se acerque a cuadras y abrevaderos. Su aguijonazo seco y dolorosísimo se consideró buena imagen para nombrar el golpe dado con la mano abierta, fuera una bofetada o un palmetazo en cualquier parte desnuda del cuerpo. El tabanazo se destinaba sobre todo a los zagales, como arma disuasoria –“Nene, estati quieto, que se está rifando un tabanazo”- o como un castigo efectivo –“La abuela le dio una pasá de tabanazos al zagal-. Aunque no era descartable que se escapara algún tabanazo en reuniones y juergas de janglones y juagarzos. Pero hoy, casi desaparecidas las caballerías, ya apenas existen los tábanos; y mucho menos los tabanazos, perseguidos de oficio como malos tratos.

Tabarrote

Si alguien les dice que nuestro recio y robusto tabarrote no es más que una perversión del académico tagarote, pónganlo en duda, como deben hacer con otras muchas ocusaciones de prevaricación expresiva que sin mucho fundamento nos atribuyen. Para empezar, lo que en el tagarote es una mezcolanza semántica que nos lleva al hombre alto y desgarbado, tras hacernos pasar por el escribano o el hidalgo gorrón, en el tabarrote se orienta exclusivamente al individuo robusto y corpulento, lo que no está reñido con una buena estatura y quizá cierta descomposición en la figura. Por si esto no queda claro, la acústica abierta, explosiva y rompedora de nuestro vocablo no deja lugar a dudas sobre la apariencia rotunda del individuo así catalogado. Además, sepan que se trata de una denominación casi siempre encomiástica, que pondera lo crecido que está el mozo –“hecho un tabarrote”- o la hombría y la fuerza del tiarrón que admira a todos con su sola presencia -“’¡Vaya un tabarrote!”-. Así que en este, como en muchos otros casos, las apariencias engañan, por lo que no conviene confundir el disperso tagarote con nuestro fornido tabarrote.

Tabilla

Algunos nunca entenderemos por qué los bienhablados pretenden que llamemos vaina a la cáscara tierna y larga en que están encerradas las semillas de las leguminosas, recurriendo a la imagen bélica de la funda que envuelve las armas blancas, cuando nosotros habíamos elegido llamarlas tabillas, fijándonos en la forma plana de algunas, que nos ofrecía el aspecto de la tabella o tablilla latina. Llevados de un vano afán culto, llamábamos tabillas a los frutos frescos de las habichuelas, conocidas por otros como judías, disfrutábamos abriendo con la boca las tabillas de presoles y de guijas como si estuviéramos tocando una flauta, e incluso hacíamos buenos cocitorios y guisos con las tabillas sin desgranar de las habas muy tiernas. Pero poco a poco nombre tan propio y tan culto empezó a ser mal visto e incluso denostrado por vulgar y asilvestrado, y los que por aquí llamábamos tabillas a lo que siempre fue así llamado, tomados por personas de poco o mal gusto, de manera que nuestra tabilla vino a caer en desuso. Sin embargo, todavía algunos seguimos pensando en ellas, e incluso mentándolas, aunque sea de forma clandestina.

Talega, go

Hay que ver qué mala suerte han tenido algunas palabras. Y para ejemplo, basta con talega. No hace tanto que esta bolsa ancha y corta era imprescindible: usted veía a las familias venir de compras al pueblo cargadas con botellas o garrafas para vino, aceite o petróleo, una cesta de mimbre y multitud de talegas de forma y tamaño heterogéneos, tejidos bastos y colores sufridos, generalmente pardos, en las que atesoraban comestibles, productos de quincalla, droguería y otras mil mercancías para el abastecimiento de la casa. Pero si ya la talega, y sus gemelos el talego y la cabecera, por humildes y rústicos, eran abandonados por la gente fina o enmascarados con el nombre de bolsa, su elaboración industrial supuso la muerte de estos costalillos de tela, que dejaron de existir y de nombrarse, sustituidos por bolsas de plástico. Hoy sólo quedan pobres vestigios, apenas usados ni nombrados: la taleguilla del torero; el talegazo o costalada que recuerda el golpe dado con una talega llena; y el talego, imagen de la cárcel. Y ya no decimos que “el costal y la talega, lo que le echan, eso lleva”.

Tambanillo/ tarmanillo

Aunque no lo crean, nuestro vocablo es descendiente, aunque pobre, del latino timpano, luego disminuido en timpanillo, que designaba el frontón colocado sobre una puerta. Pues bien, las humildes casas del campo o la huerta, si carecían de la fronda cercana de un algarrobo, higuera o parral que aliviara los rigores del sestero, precisaban de un tambanillo, que no era más que un techao o sombraje obra de la arquitectura doméstica: cuatro acibarones o palos de almendro –sólo dos si se adosaba a una pared- clavados en el suelo sustentaban una tupida capa de albardín, rastrojo o baladre sostenida por un ligero armazón de cañas o varas. Como cubierta de la placeta o junto a la era, su sombraje protegía el descanso de las bestias, el descascaro de almendra, la conversación amigable o la siesta placentera. Luego las ventareas del invierno desnudarían y derribarían los palos del sombrajo, ya se sabe. Y aunque se fue modernizando, con esqueleto de hierro y cubierta de uralita, hoy ya es sólo un vago recuerdo que evocamos tumbados en el porche acristalado y provisto de muebles de ratán comprados en Ikea. ¡Tiempos aquellos!

Tangay


Tengo que decirles que si nuestro hablar dependiera de la consulta de los diccionarios oficiales, de los palabreros regionales y de las recopilaciones léxicas de los mil y un eruditos y curiosos locales, los habladores de este terruño nunca hubiéramos conocido, ni mucho menos usado, un vocablo tan músico y sonoro como tangay. Nadie en los dominios suroccidentales de la provincia hubiera podido llamar tangay a la gresca y la confusión de una trifulca, ni calificar de tangay a la bulla y la jarana de aquella celebración improvisada, ni hablar del tangay que armó el toro al saltar al tendido, ni asombrarse del tangay de aquella pelotera que produjo la visita inesperada. Y añadamos, como dato fidedigno, que tampoco existiría la peña carnavalera aguileña que lleva tal nombre. En definitiva, no podríamos haber aplicado el genérico “¡Vaya tangay!” para encarecer, fuera con buena o mala intención, lo que resultaría un tanto frío si le llamáramos específicamente tumulto, desorden, bullicio, jarana, cisco, jaleo, follón, algazara, escándalo, tiberio, tremolina, zarabanda, bochinche o zapatiesta. Que todo esto y mucho más es lo que pondera nuestro tangay, también llamado por algunos tangao.

Tapabocas

No sé qué hubiera sido de nosotros si en aquellos tiempos desangelados y fríos no hubiera existido esta prenda de nombre tan bien puesto. La escueta chaqueta de pana o el abrigo -llamado luego jersey- de lana o de borra dejaban a merced de los elementos cuello, boca, nariz y orejas. Por eso, era cosa de ver cómo en las mañanicas del invierno oleadas de seres fantasmales recorrían calles, caminos y trochas con el tapabocas, no ya arrodeao al cuello, sino cubriendo la boca e incluso las orejas o la cabeza entera. El tapabocas, con su color pardo mortecino, de olor un tanto zorruno e incluso adornado de las boceras que producía el uso, era inseparable del nene que iba a la escuela, de quien marchaba al trabajo a pie, sobre caballería o en bicicleta, del que iba a la plaza o a un mandado o del viejo refugiado del frío en una espontica. Pero no me digan que aquel lejano y entrañable tapabocas tiene algo que ver con la bufanda con que se adornan los finodos o que ondean los modernos aficionados al fútbol. Aquello era otra cosa.

Taparujo/taperujo

Los tapones, como su buen nombre indica, tapan el orificio por donde sale el líquido de vasijas, recipientes, balsas, etc. Pero muchos habladores descubrieron pronto que hay tapones y taparujos. Estos, como su propia desinencia sugiere, son tapadores improvisados e informales, por no decir mal hechos o mal puestos. Había que gobernarle un taparujo al botijo si pasábamos la siesta en la placeta o en mitad del campo, asediados por caloricios, polvaredas y moscas, y nada mejor que un zuro de panocha para el pitorro grande y un palico de almendro o de olivera para el chico. Y lo mismo hacíamos si habíamos perdido el tapón de la botella, la alcuza o la frasca del vino, recurriendo otra vez al zuro o a un cilindro de trapos enrollados, a ser posible limpios. Y taparujo era una tabla o una tendía colocada sobre la tinaja del agua o el grueso puñado de trapos humedecidos con que se cerraban los humeros del horno. Pero ahora, con los tapones de modernos materiales y los recipientes desechables, no ha lugar a improvisar taperujos ni, por consiguiente, a conservar palabra tan arrastrada y contrahecha.

Telo

Usted va a tomarse su tazón de leche y, de pronto, ve que sobre la superficie del líquido va cuajando una fina membrana de consistencia gelatinosa que queda adherida a la cuchara formando flecos al meterla en la taza. Y no sabe qué decir porque aquello no tiene nombre. Y lo mismo le puede pasar con el caldo del cocido o de otros guisos, y también con las salsas, que, al enfriarse, forman una leve película de grasa que vela el alimento. Y usted se quedará perplejo ante el hecho, no porque sea algo fuera de lo común, sino por no saber nombrarlo. Y entonces le crecerá una cierta inquietud ante lo que parece más soñado que visto, ante lo inconfesable por no tener la palabra que le dé la vida. Pero no se preocupe, porque los habladores murcianos ya nos preocupamos de encontrar el nombre justo para tal veladura, a la que llamamos telo, como si se de una tela delicada y frágil se tratara. Que lo primero es ponerle nombre a las cosas, por infimas y despreciables que sean, para que se tenga entera noticia de su existencia.

Tendí(d)o, í(d)a

Por aquellos tiempos no había moza casadera ni ajuar bien surtido que no presumiera de una hermosa tendía: aquella tela gruesa de lana cruda, cruzada por franjas de colores vivos, instrumento imprescindible para numerosas tareas. En el ajuar del amasijo se aplicaba para abrigar la masa que crecía en la artesa o en un lebrillo, o los panes ya amasados sobre la tabla antes de llevarlos al horno, o los ya cocidos cuando se guardaban en el zarzo suspendido del techo o en la ancha cesta de esparto que colgaba de un gancho, fuera del alcance de felinos y roedores. Y no faltaba en la mesa como mantel rústico que, según algún lexicógrafo bienhablado, ”se usa para comer la gente ordinaria”; aunque su función iba más allá como mantel en muchas faenas culinarias, desde el amasijo y confección de dulces de Pascua hasta el expurgo de arroces y legumbres o la elaboración de los de gurullos que iba moldeando con mimo la abuela. Aunque también podía cubrir la boca de la tinaja del agua o la superficie del cajón donde se salaban los perniles o se prensaban los higos secos.

Tericia /tiricia

Nuestra tericia es la reacción espontánea de los sentidos ante una impresión desagradable. Aunque los tratadista que hablan de oídas del asunto prefieren identificarla con la dentera –llamada por aquí entera-, los indígenas de estos lugares la sentíamos como una sensación de malestar generalizado que iba de los oídos a la boca y nos hacía chirriar todo el cuerpo con un pelofrío que nos dejaba momentáneamente encogidos e inermes, con una mueca de temor o desagrado y unas posturas defensivas ante el supuesto peligro. Los sentidos causantes de la tericia eran fundamentalmente el tacto, que nos relaciona con superficies mojadas, rebaladizas, frías o rugosas que nos ponen en guardia sobre el peligro del animal –reptil, anfibio…- o la sustancia que estamos tocando; y el oído, que nos trae el rasgueo de una tiza sobre la pizarra o de nuestra uña con una superficie metálica o el rumor de algo que gulle o se arrastra entre la maleza. Pero sepan también que otros habladores asilvestrados preferían llamar a esto ereza; aunque hoy ambos términos han caído en el olvido, sin que algunos sepamos ahora cómo nombrar sensación tan compleja.

Terragoso, terraguero

Algunos quizá no sepan que en el campo no hay calles, avenidas ni plazas, y que antaño tampoco había asfaltados ni solados artificiales, de manera que caminos, veredas y trochas, placetas, paradores y eras tenían como suelo la madre tierra, más o menos plana y apisonada. Con las lluvias, esta tierra se ablandaba en barrizal o barrucero, que producía el chipichape o el resbalón inesperado. Luego se compactaba, de forma natural o, en la era, pasando un pesado rulo al suelo húmedo sembrado de paja. Pero al acercarse el verano, la sequedad y el trasiego de personas y vehículos iba poniendo el piso terragoso, hasta convertirlo en un terraguero, en una capa importante de tierra suelta, tanto gruesa como en forma de polvo finísimo que entorpecía la trilla en la era, era pasto de remolinos y tolvaneras en placetas y patios de las casas y alfombraba los caminos de un polvo cernido que saltaba a borbotones con pisadas y rodaduras y se elevaba al cielo en espesas cortinas. Y entonces todo se enterragaba y había que andar arropado de pies a cabeza y cerrar puertas y ventanas.

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