U-V


U

Ubio

Hay palabras que, ya desde su mismo nacimiento, están condenadas a la marginación; y no digamos nada si se refieren a oficios propios de gente de baja y servil condición, lo que las arrincona a un uso restringido o, lo que es peor, a la usurpación de su función por otro vocablo menos contagiado de rusticidad. Eso es lo que pasó con ubio, evolución popular del latino iugum, que designaba el instrumento de madera en que se uncía a los bueyes y caballería para el tiro o la labranza. Pues bien, ya en la Edad Media, el afán de dignificación de apero tan rústico llevó a su sustitución por el cultismo yugo, nombre que se impuso, además, como símbolo de la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Mientras, el ubio quedaba relegado al habla rústica meridional hasta que, abandonado del todo su uso, desapareció su nombre envejecido, sin dejar siquiera una imagen o una frase hecha para la posteridad. Solo los que lo vimos lo recordamos; aunque mejor así, liberado de la imagen de la ley o carga que obliga u oprime, como ocurre con yugo.

Uncía

Hoy, a los que cultivan la tierra se les llama agricultores, con un cultismo que no ha mucho los así llamados no entenderían, porque desde tiempo inmemorial la principal tarea del campo era el laboreo de la tierra. Por eso, a los que se dedicaban a ella se les llamaba labradores, y su labor era tan importante que dio nombre a uno de los tres estamentos en que, según el pensamiento medieval, se organizaba la sociedad: oradores, defensores y labradores; ordenamiento que se presentaba como fruto de la voluntad de Dios. La tarea principal de los labradores era laborear la tierra con parejas de bueyes, mulas u otras bestias, uncidas o sujetas a un yugo, llamado aquí ubio. Y un día de trabajo sin desuncir la yunta, sólo con breve parada para tomar un raspe, fumar una cola o alimentar a las bestias, recibía el nombre de uncía, labor extenuante para hombre y animales que no se llamaba jornada, ni jornada laboral, ni segmento de trabajo, ni tenía en cuenta derechos laborales inexistentes, ni menos la conciliación entre vida laboral y familiar. Y es que eran otros tiempos.

Untar

Si miramos el diccionario, comprobaremos que untar significa, entre otras cosas, “manchar casualmente con alguna materia untuosa o sucia”, mientras que manchar se define como “poner sucio algo, haciéndole perder en alguna de sus partes el color original”. Parece claro que, para nuestro buen arreglo, la palabra untar designa con precisión lo que ocurre cuando nos cae un chorretón de aceite o de guiso o de chocolate a la taza, o una cagada de pájaro, o un lamparón de barro; mientras que si utilizamos manchar, el suceso podría entenderse como una simple decoloración del tejido o de la piel untada. Pero el capricho ha hecho que manchar sea la palabra comúnmente aceptada, mientras que untar ha quedado reducida a los límites del uso popular, incluso con riesgo de teñir de cierto unto vulgar a quien la utiliza. Pues, bien, si ustedes tienen afán de ser precisos, al tiempo que expresivos, deberían recurrir a untar, porque no es ningún desdoro decir “Nene, no te untes las manos” o “Josefa, te has untado de barro la pernera del pantalón”. Que doctores tiene la iglesia, pero no siempre aciertan.

Untura/ontura


Si nos dicen que nos van a dar una untura, seguramente entenderemos que nos van a embadurnar con aceite, crema u otra materia grasa con la benéfica intención de suavizar o proteger nuestra piel. Pero para no equivocarnos, será mejor observar el gesto y el tono del que lo dice porque podría tratarse, no de una oferta generosa, sino de de la peor amenaza. En mis predios, si alguien con cara desencajada, mano abierta penduleando de derecha a izquierda y tono exaltado, le decía a un niño “Prepárate, que te voy a dar una untura”, ya podía echarse a temblar o, mejor, emprender una huida desesperada, porque untura pertenecía también al inventario de los castigos, correcciones y penitencias aplicables preferentemente a los niños, y también a los animales. En este caso no se trataba de extender untos protectores, sino de cubrir de golpes todo el cuerpo, con lo que ontura se convertía en sinónimo de zurra, tunda, soba, somanta o aporreo; pero con el añadido de la cruel ironía de una acción que no suaviza, sino que hiere y maltrata. Quien la probó lo sabe.


Ultramarinos

Siempre me pareció que ultramarinos –así, en plural- era una palabra de mucha enjundia, y más si formaba pareja de hecho con la también plural coloniales. Ella nos traía los aires de lo lejano y exótico al lado de casa, a la tienda de la esquina. Porque su significado estaba preñado de aromas que ya, al pronunciarla, embriagaban todos los sentidos: los yodos y sales de bacalaos de los mares nórdicos; las mil y una especias de aromas y sabores intensos y contrapuestos, extraídas con la zárzola de latas de colorines modernistas o cajoncitos perfectamente etiquetados, que aderezarían nuestros guisos y constituirían la mortaja del cerdo; y toda clase de legumbres, y conservas de frutas y pescado, y embutidos y quesos, y aceites y vinos envasados o a granel. Como si todo surgiera de un cuento de Las mil y una noches, invocado por un mago de guardapolvo gris que manejaba con primor el trinchador de bacalao, la bomba del aceite o la zárzola con que iba aprovisionando cestas, barjas y talegas con papelinas y bolsas de papel, satinado o de estraza, que envolvían el gustoso y aromático tesoro.



V

Varillas

En el habla común, a los dos huesos largos que configuran y cierran la boca, se les llama mandíbulas o quijadas; aunque este último término, quizá por su son bronco y desapacible, o tal vez por su mala fama como arma fratricida de la que nos habla la Biblia, ha ido quedando un tanto en desuso. Pero como ni uno ni otro vocablo satisfacían a los habladores de estos lugares, nosotros recurrimos a varillas, como imagen que sugería que estos huesos son un elemento esencial en la configuración de la cara, los mimbres que delimitan buena parte de la arquitectura del rostro. Así que uno podía efarillarse si se le desencajaban las varillas, ya fuera por un accidente físico, ya imaginariamente como recurso para resaltar los esfuerzos articulatorios de tales varillas si gritábamos o hablábamos demasiado: “La Ginesa se esfarillaba llamando a su zagal”, “Estoy esfarillao de tanto decírte estas cosas”. Además, las varillas eran espejo de la apariencia y la salud del individuo, de manera que estar esfarillao o quedarse en las varillas era tener mala cara, estar demacrado, a causa del hambre, el vicio o la enfermedad.

Varraquera

En este mundo moderno hemos perdido los referentes a los que representaban muchas palabras, por lo que en tantas ocasiones se nos ha oscurecido su significado, y aún antes habíamos perdido la noción de su origen, por todo lo cual, entre unos y otros, las hemos ido abandonando. Eso es lo que pasó con varraquera –para cultos, verraquera, que, sin perdón, así se dice-, que en un principio designaba el gruñido fuerte y continuado que emite el verraco –para la gente llana, varraco- como signo de enfado o de celo. Pero muy pronto alguien apreció una relación muy evidente entre los bufidos desgarrados y desagradables del cerdo semental y el lloro rabioso, estentóreo y obstinado del niño malcriado que expresa su berrinche y su rabieta con muecas desaforadas y una llantera ruidosa e incontenible, que exagera hasta el paroxismo en una dramatización que, lejos de disminuir, se acentúa con el consuelo de los mayores y que todo el mundo sabe que no tendrá fin hasta que el nene consiga su propósito. Y mientras tanto, todos haciéndose cruces de ver la varraquera que ha cogido la criatura.

Vasijo

Alguien podría pensar que nosotros pecamos un tanto de volanteros y veletos en las cuestiones del hablar si atiende a los inesperados cambios de género que sufren aquí determinados sustantivos, de manera que bancocapazo o cacharro se convierten por arte de birlibirloque en bancacapaza o cacharra. Y mientras, algunos tránsfugas del femenino huyen al otro bando por motivos no siempre justificados; como si la solanera picara más si le llamamos solanero, aunque telo parece indicar una capa más delicada que tela, y el gracioso gallino aspire a igualar a los machos y hembras del corral. Pero centrémonos en vasijo, que no hace más que reflejar el solaje latino que, aunque no lo parezca, subyace en nuestro hablar. Si en latín vasu era masculino, y lo es también nuestro vaso, no hay motivo para no llamar vasijo al recipiente cóncavo derivado de él, para así poder decir sin sonrojo; “Nena, ponles un vasijo de agua a los jallinos” o “Acércame el vasijo de las olivicas”. Así pues, quede claro que quienes se equivocan son los de vasija, que nosotros acertamos con vasijo. Aunque no nos lo reconozcan.

Vastugo, ga/ vestugo, ga

Ciertos objetos siguen existiendo, pero ya no son útiles, por lo que prácticamente han dejado de nombrarse. Eso ocurre con el vastugo, renuevo o vástago del olivo, que sigue brotando con profusión del citado árbol y aún vegeta en el diccionario, pero como ha dejado de usarse, apenas existe en el habla común. El vestugo, ya cortado, era una vara fina y muy flexible de múltiples usos. Una buena vastuguica era compañera fiel del caminante, que con ella iba dibujando molinetes, espantaba reptiles y pequeñas alimañas, se distraía haciendo figuras en el suelo cuando descansaba o podía esgrimirla, si no usarla, en una discusión acalorada. Pero la vastuga era, sobre todo, un arma de castigo y de intimidación escolar y familiar. El maestro podía sustituir la regla por un vastugo con que castigar manos y posaderas; y el buen padre podía dar algún correctivo con él al niño díscolo; aunque era más bien un arma disuasoria para amenazar al infante rebelde con darle “un vastugazo” o, en su caso, “una pasá de vastugazos” o, aún más, “hincharle el culo a vastugazos”. Que todo tenía sus grados.


Vecindao

Hoy, la retórica grandilocuente y vacua de la sociología y de la política nos trata de ciudadanos, con una terminología importada de tiempos de la Ilustración; y si exagera un poco, nos puede llamar ciudadanos del mundo e incluso del universo. Pero hasta no hace mucho las personas eran consideradas solo vecinos, porque vivían con otros en el mismo pueblo, barrio o casa; es decir, que estaban vecindados o avecindados allí. Y por ello, al conjunto de las personas avecindadas en ese pueblo, barrio o casa se le conocía por estas tierras como el vecindao; aunque por otras se le vino a llamar vecindario. Y ahora comparen ustedes nuestro vecindao, compuesto de familiares, amigos, vecinos y conocidos, con el rimbombante concepto de ciudadanía, que incluye a personas que no conocemos de nada y que, de entrada, debían ser sólo los habitantes de la ciudad, como su nombre indica. Y díganme si nosotros no éramos más precisos y decíamos mejor lo que queríamos decir, además de ofrecer una visión más amable y solidaria de la vida, cuando decíamos que éramos vecinos y que, por tanto,  formábamos parte del vecindao.

Ventarea

Tenemos dicho que el clima y los fenómenos meteorológicos forman parte de la vida rural, porque de ellos dependen las actividades y las faenas del campo. Entre estos fenómenos se encuentra el viento, que, si sopla fuerte, adquiere distintos nombres que tratan de enfatizar su violencia, desde vendaval a huracán, pasando por ventolera, ventarrón o ventisca. Pero aquí para el viento fuerte y sostenido preferimos ventarea; así que podemos decir: “Aquella tarde soplaba una ventarea de mil demonios” o “Antes de la nube se arrancó la ventarea”. O nos disculpamos por no haber hecho algo echándole la culpa a la ventarea. O podemos bromear con alguien diciéndole que se lo va a llevar la ventarea. Y por la noche oímos que las ventanas crujen y silba la ventarea entre sus hojas mal encajadas. Y no es un disparate decir que la ventarea condiciona los estados de ánimo pues si es de lebeche se convierte en un soplo seco y áspero que nos pone de los nervios y nos quita el aliento, mientras que la ventarea de levante, húmeda y acariciadora, nos alegra el ánimo porque anuncia la lluvia.

Ventregá

El habla común, que muchas veces no dispone de pesas ni medidas, ni siquiera las entiende, gusta de pesar, medir o contar a bulto, con un computo más bien impreciso, casi siempre fruto de una visión subjetiva de las cantidades, que se reducen o incrementan a ojo de buen cubero, desde una jelepa o una miaja hasta la almostrá o el montón. Dentro de esa visión indeterminada e hiperbólica de lo que se computa, ventregá ocupa un lugar de privilegio: partiendo del significado primero, referido al conjunto o pariera de animales nacido de un mismo parto, se extiende a la abundancia de cosas que se entregan o reciben juntas. Y se nos llena la boca cuando decimos que “nos han regalado una ventregá de melocotones” o que “nos ha caído una ventregá de millones en la lotería”. Y a todos, entonces, nos queda claro que comeremos mucha fruta o que no pasaremos falta de nada, porque ventregá es la mayor cantidad que uno puede dar o tomar de una vez. Así que huelga pesar y medir porque las cuentas las tenemos muy claras, aunque no lo parezca.

Viajá(da)

En la vida de antaño el sistema de pesas y medidas era un tanto impreciso, porque no iba más allá de las antiguas libras, onzas, arrobas, varas, fanegas y celemines; por no decir inexistente, pues en muchos casos hablábamos de unidades cuya medida o capacidad era puramente aleatoria, en función del tamaño que cada uno les diera. Pero nosotros nos entendíamos cuando hablábamos de puñaos, almostrás, zaquilás, brazaos, haces, capazos, palmos o pies. Aunque quizá no hubiera una cantidad más variable y sujeta al albedrío de quien la utilizaba que la viajá, que no era más que la cantidad de cosas que se podían traer o llevar en un viaje; es decir, de una vez. Cantidad que, a falta de peso, medida o volumen exactos, casi siempre tenía un valor exagerado y ponderativo. Así que decíamos que nos habían regalado una viajá de patatas, tomates o abercoques; que habíamos llevado una viajá de trigo al molino, e incluso que le habíamos echado tal viajá de sal al guiso que no se podía comer. Y todos dábamos aquello por bien pesado y medido, sin que faltara ni sobrara una jelepa.

Viaje

Ocioso es decir que viajar es desplazarse de un sitio a otro y que viaje es el resultado de dicha acción, como queda consignado en el diccionario. Pero el vademécum del lenguaje se queda mudo cuando se le pide alguna otra acepción del término que tuvo –y quizá sigue teniendo- mucho predicamento entre la gente común. Se trata de “turno”, “vez”, ocasión”, acepciones en que se confunde el tiempo en que ocurre una acción con su dinámica en el espacio. El participante en un juego advierte que este viaje le toca a él o que este viaje va a ganar, y la madre irritada aprovecha la ocasión para decirle al hijo tramposo que este viaje no la va a engañar como siempre, con lo que imaginariamente no se retrata un momento concreto, sino la totalidad del desarrollo de la acción, como si la palabra no fuera una instantánea fija de la realidad sino un relato completo de cómo se está produciendo el hecho. No sé si ustedes lo ven así; pero a mí me lo parece, aunque este viaje tampoco tenga razón en lo que digo.

Visaje

Casi todos sabemos desde siempre que viso significa, entre otras acepciones, “apariencia de las cosas”, percepción que se produce cuando, al estar lejos esas cosas, se difuminan sus contornos; y que visaje es “gesto o expresión del rostro”. Pero no siempre los palabras dicen a todos lo mismo, porque en las entrañas de mi memoria estos dos vocablos dan vida a escenas un tanto peculiares, como la del viso o imagen lejana e imprecisa de una persona que avanzaba por un camino y que, poco a poco, con la cercanía, se iba definiendo como un visaje, un personaje de aspecto estrafalario o poco agradable per se, o más bien nada del gusto de quien iba a encontrarse con él. Entonces es cuando decíamos con cierto desprecio: “Ya está aquí otra vez ese visaje”. Lo que ocurría también cuando alguien conocido o de la familia se presentaba con una vestimenta o aderezo poco al uso, al que se le podía recriminar su atrevimiento exclamando: “¡Vaya un visaje!”. Todo lo cual demuestra que las apariencias son importantes, por lo que conviene distinguir entre personas, visos y visajes.

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