Y-Z



Y

Yayo, ya

El trato familiar da lugar a nombres de etimología caprichosa y formas inesperadas que traducen la relación cercana y afectiva de los interlocutores. La madre que habla con su hijo inventa palabras o deforma las existentes en su diálogo íntimo con el bebé que acuna o lleva en brazos, y los niños desde muy pequeños adaptan los nombres y el tratamiento de los mayores a su pronunciación incipiente, y así surgieron mamamamápapátatatitachacho y otros muchos que, por repetidos, se consolidaron en el uso común. Y eso es lo que está ocurriendo con yayoya, de uso restringido en catalán y en zonas limítrofes, que con su fonética fácil basada en la repetición y en las vocales abiertas y claras, lejos de lo que ocurre con otros términos del lenguaje popular, ha ido extendiendo su uso, hasta ser reconocida por el diccionario académico. Y al abuelo se le cae la baba y a la abuela se le derriten los huesos cuando se ven acariciados por un vocablo tan simple, surgido de la lengua de trapo del nieto que ensaya sus primeros trinos.

Ya que

Por estos pagos la conjunción ya que se utiliza muy poco con valor causal, pues se suele preferir porque. Aunque este ya que ha encontrado un papel muy peculiar como caracterizador de los enunciados que indican deseo o aspiración del que habla, mejor que ojalá –aquí rebajado a ojala-, así, que, u otros. Por eso si unos hijos echan de menos al padre finado, es buena fórmulada decir: “¡Ya que el padre viviera!”. Y no digamos nada del ansia del enamorado por encontrarse con la dueña de sus pensamientos –“¡Ya que tu madre nos dejara ir solos a la fiesta!”- o del que sueña con resultar agraciado por la suerte esquiva, que no para de pensar, e incluso de decir: “¡Ya que nos tocara la lotería!” Y hablando de todo un poco, ya que tuviera yo la gracia de explicar con claridad, e incluso con cierta gracia, la función de nuestro ya que y que todo el mundo me entendiera y me diera suficiente crédito. Aunque, pensándolo bien, a los hablantes de aquí les interesan muy poco las retólicas y sermonatas sobre su buen hablar.

Yenca

Si ustedes, como yo, tienen ya una edad más bien provecta, quizá hayan bailado la yenka, aquel baile que, ya saben, “izquierda, izquierda, derecha, derecha, delante, detrás, un dos, tres…”; pero seguramente el vocablo, escrito con k o con c, no les dirá nada más. Pues bien, conviene saber que en estos lugares es un término muy conocido, que se ha utilizado con frecuencia para referirse a una astilla o esquirla de madera o de cualquier otro material que se clava en la carne al reparar, limpiar o fregar una mesa, una puerta o una ventana, produciendo una penetración penosísima en la mano, y especialmente en el dedo. Y no hay que insistir en que su extracción resulta tan dolorosa como si se desgajara la uña de la carne. Los que no la conocen no están libres de clavarse la esquirla de madera o de cualquier otro material, pero nunca podrán presumir de tener a mano una palabra tan incisiva y percutiente para nombrarla como yenca, que incluso hasta puede hacer daño en los dedos al pronunciarla. Así que, por si acaso, nunca es tarde para aprenderla.

Yesca

Cuando usted pulse el interruptor de la luz, presione el botón de la vitro o, tras comprar una caja de pastillas de encendido, prenda el fuego en su flamante chimenea del chalé del campo, entonces puede que le venga a las mientes el recuerdo encendido de la yesca, materia inflamable de uso común en aquellos tiempos pretéritos para encender el fuego. Y se acordará también del yesquero, o menchero propiamente dicho, aquel artilugio primitivo cuya ruedecilla rozando el pedernal producía una ráfaga de chispas que encendía la larga yesca o mecha de algodón. Y no se olvide de que la yesca, compuesta de trapos, algodón o o cualquier materia inflamable, dio lugar a imágenes muy encendidas, tal que “arder como la yesca”, con que se ponderaba la fácil combustión de una materia –“Estos troncos arden como la yesca”-, pero también la pasión arrebatada de los enamorados, que les llevaba a “quedar hechos yesca” y, finalmente, a “consumirse como la yesca”; imagen aplicable también a situaciones más prosaicas, como el cansancio, que nos deja hechos yesca, si no hechos gas, bicarbonato, trizas o una mierda. Como ustedes prefieran.


Yeta/ lleta

Si la extinta ministra de Economía del zapateril gobierno se hubiera documentado aquí, no habría recurrido a una imagen tan imprecisa y “antieconómica” como brotes verdes para nombrar sus delirantes fantasías de crecimiento; y aún voy mucho más allá cuando digo que Jorge Manrique, si hubiera sido un poeta murciano castizo, no habría calificado la vanidad de las ilusiones y las vidas de sus poderosos contemporáneos como verduras de las eras, imagen incomprensible para cortesanos y gente común de entonces y de ahora. En ambos casos, y en otros muchos, conviene saber que las semillas de las plantas germinan con una yema o grillón, cuyas primeras tiernas hojas, cuando rompen la tierra, reciben aquí el nombre de yetas. Eso produce la alegría exultante del campesino – “Ya empiezan a verdear las primeras yetas”, “Está el trigo lleteando”-, al ver el primer indicio de una buena cosecha, igual que la señora ministra pudo haber imaginado yetas donde no las había y el poeta elegíaco haber denominado lletas a los brotes efímeros de las semillas agostados en las eras tras las pasajeras lluvias de agosto. Y así nos entenderíamos todos.


Z

Zafa, zafero

Si hablamos de zafa y de zafero, pocos recordarán ya que ambos eran esenciales en el ajuar de la casa. La zafa era un nombre corto y manejable, alejado de los aparatosos palangana y jofaina, como manejable y ligero era el recipiente de porcelana imprescindible para el aseo de cara, manos y, con perdón, otras partes, cuando no había agua corriente, por lo que se lavaba uno lo imprescindible. Pero de poco valía la zafa sin un zafero: sencillo artificio de forja, con tres patas, coronado con un aro sobre el que se colocaba la zafa y dos “orejas” laterales para la parella o la toballa, que se instalaba en la placeta, el porche o la cocina, donde se hacían las abluciones antes y después de las faenas domésticas o del campo; o, en su caso, un mueble fino del dormitorio, generalmente de madera, que contaba además con una repisa baja para colocar jabones y perfumería, e incluso el neceser (llamado aquí por algunas acesé), con la bisutería y abalorios, y un buen espejo movible, imprescindible para el arreglo de la señora y el afeitado del caballero.

Zagal, zagalón, zagalitrón

Ciertas palabras tienen mala suerte, como ocurre con zagal y otras de su familia. Y no porque no tuviera progenitores de valía, pues en el árabe hispánico significaba “joven”, sinónimo de “valiente y heroico”. Pero ese pedigrí se torció al llegar por ejidos y aradas, y no por los castillos y palacios de la milicia y la nobleza castellanas, así que se le adhirió la referencia al oficio vil de pastor, criado o mozo. Por eso se refugió en el lenguaje popular del campo y la aldea para llamar zagales y zagalas tanto a niños de teta y escolares como a mozos bragados y muchachas casaderas. Y se decía: “Ese zagal es espabilao”, “Mi zagala baila la jota”; “Anita habla con un zagal” o “Marcos ojetea a esa zagala”; y todo el mundo recordaba sus tiempos ”de zagal”; e incluso zagales era tratamiento de confianza entre personas de cierta edad: “Vamos, zagales, al tajo”. Y además de zagales, había zagalicoszagalones y zagalitrones, según el tamaño y comportamiento del mozo. Pero ahora ya no quedan más que niños, niñitos y niñatos. Y sus travesuras, llamadas niñerías.

Zalandro

En tiempos de escasez y hambre no preocupaba tanto la calidad de los alimentos como su cantidad y capacidad de llenar el estómago. Como las raciones solían ser escasas, siempre se agradecía lo que, por excepción, se ofrecía abundante, sin medida ni tasa. Y el zalandro es buena prueba de una ración generosa de alimento sólido, especialmente una porción considerable de pan, que sentaba mejor acompañada de otro buen zalandro de tocino, morcón o butifarra: “El nene no se esmaya con el zalandro de pan que se ha comío”, “Ven acá tú que te dé un zalandro de torta”. Así, el zalandro se convertía en la referencia que distinguía el buen vivir de la precariedad y el hambre: si tenías un zalandro de pan que llevarte a la boca eras un afortunado, mientras quien carecía de él estaba, como se dice ahora, en riesgo de exclusión social. Lo contrario que hoy, en que la pequeñez y la minucia alimenticia es signo de saciedad: ya no se comen zalandros de nada sino sanwiches, canapés, bocaditos, pizcas y otras naderías,  por lo que el término zalandro también dejó de existir.

Zalear, zaleo

Nunca llamamos zalea, sino zamarra, al cuero lanudo de oveja o carnero con que se cubrían cofres y arcas, y también las camas en las frías noches de invierno; pero sí nos llegó el nombre del movimiento con que se sacudía la zalea, naturalmente llamado zalear. Y puestos a menear y sacudir, también se llamó zalear a todo lo que era arrastrar o mover con facilidad algo de un sitio a otro, sobre todo si se hacía con energía y diligencia, como si lo estuviéramos zarandeando. Pero si ese zarandear, llamado zalear, lo aplicábamos a personas, se convertía en una forma de agresión o maltratrato con que sacudíamos a la víctima, agarrándola preferentemente de las solapas, para demostrale nuestra superioridad. Este zaleo luego corría en boca de la gente, que lo exageraba para humillación y vergüenza del zaleado. Aunque también podía quedarse en advertencia de la madre o la abuela al zagal díscolo y estruciante, o del mozo soberbio a sus competidores, con la amenaza de zalearlos. Pero hoy zalear vegeta olvidado en el diccionario, con lo que al menos nominalmente nadie nos zalea ni amenaza con zalearnos.

Zamarrear, zamarrazo

Abundan los vocablos que indican violencia física porque al personal le encanta, si no practicarla, al menos describirla a lo vivo, como recreándose en el castigo. Pero el uso prefiere caprichosamente unos u otros, olvidando por ejemplo zamarrear, aunque su fonética áspera y su significado inicial proponen una agresividad exagerada. Partiendo de las sacudidas que el animal de presa aplica a sus víctimas para, asidas de los dientes, destrozarlas, se sugiere todo un catálogo de zarandeos y golpes con que se castigaba a alguien de manera inapelable –“Mi Josefa no deja de zamarrear al zagal”-; zamarreo que podía ser también imaginario, mediante el acoso continuado con reproches, demandas o mandatos con que traíamos a mal traer a otro: “Joer, no me zamarrees más con lo del dinero, que cansa”-. Y el efecto natural del zamarreo es el zamarrazo, el golpe o la sacudida violenta: “Su madre le dio al Perico una pasá zamarrazos”. Finalmente, zamarrazo es además un chubasco corto e intenso –“Cayó un zamarrazo de granizo que lo estrozó to”-. Hoy, afortunadamente, palabra tan cruel apenas se usa, aunque muchos siguen zamarreando y otros recibiendo los zamarrazos.

Zancalá(da)/zancallá(da)

Digamos que paso es la unidad que mide la distancia recorrida en cada movimiento del andar. Pero hay momentos en que el paso se acelera y se alarga en una medida que nos parece exagerada. Para estos pasos largos no son suficientes las piernas: hay que recurrir a las zancas, que son también piernas, pero muy largas y delgadas. Con ellas se pueden dar pasos largos, llamados naturalmente zancadas. Así andaban los gigantes, que atravesaban montes y llanuras a grandes zancadas, o al menos así nos lo contaban los cuentos o nos lo imaginábamos en nuestros sueños infantiles. Pero los habladores orientales fuimos más allá y estiramos aún más estos pasos largos y apresurados, tanto en nuestra imaginación como en la palabra que los retrataba. Así veíamos el andar presuroso del Ginés, que venía por el camino dando zancalás que le descomponían todo el cuerpo; oíamos que la abuela nos requería para que fuéramos a un mandado en dos zancalás; y muchos se burlaban de los de la sierra porque andábamos encorvados y a grandes zancalás, como si tuviéramos prisa por llegar a la cima de una montaña imaginaria.

Zapatú(d)o         

Si ustedes recurren al diccionario sabelotodo, verán que zapatudo retrata a quien lleva zapatos demasiado grandes o bastos. Pero todos hemos visto en los viejos tebeos una visión humorísticamente comestible de los zapatos cuando Carpanta u otros personajes famélicos se disponían, con avidez o con resignación, a trinchar una zapato viejo, con la cara despegada de la suela y entre ambas los embastes y remaches como dientes amenazadores; así como a pescadores que obtenían como premio a su paciente espera el “manjar” de una bota, también boquiabierta, prendida en el anzuelo. Y es que los zapatos son imagen apropiada para referirse a comestibles poco apetecibles, ya sean alimentos mal cocinados que resultan blandos y correosos como la piel de un zapato, si se trata de habas, verduras, pan humedecido y, sobre todo, patatas; o platos calientes, ya fríos, cuyos ingredientes resultan duros y resecos como una suela de zapato, sean patatas fritas o del cocido o una tortilla antes melosa. Y no digamos nada del filete fibroso y reseco, cuya forma rígida de suela de zapato no hace más que confirmar su textura y gusto zapatúos.

Zapear

En otros tiempos oíamos la voz zapear y todo estaba claro porque, como no había televisión o esta tenía sólo dos canales y no se había inventado el mando a distancia, zapear nos decía lo que nos había dicho toda la vida. Y no como ahora, que pienso o digo zapear e inmediatamente me veo espatarragao en el sofá con una pierna aquí y otra allá, con el mando en la mano, como si de un arma ofensiva se tratara, sin compartir con nadie esta manualidad compulsiva y frenética de pasar una y otra vez por los infinitos canales del televisor. Y ya no me acuerdo de que zapear era espantar al gato con la voz zape. Y menos me recuerdo de que también se refería a ahuyentar a cualquier animal o persona que se orinara en las esquinas, nos robara las peras o se hubiera convertido en huesped engorroso y molesto. Y no digamos de aquel a quien lo zapeaba la novia o lo habían zapeado del trabajo. Y muchas veces nos encargaban mandados para que los hiciéramos zapeando, a toda prisa, como si nos estuvieran diciendo zape.

Zaquilá(da)

Pocos conocerán el significado de este vocablo aparentemente exótico, muchos menos se atreverán a usarlo y seguro que casi nadie sabrá su humilde historia. Sitúense en un día caluroso de junio en el campo de Lorca y vean algunas figuras que se difuminan en la atmósfera caliginosa mientras merodean por las rastrojeras del secano o de la huerta. Son las espigadoras, que van recogiendo las espigas caídas por el suelo en un saco o talega que llevan sujeto a la cintura. Este saco, que quizá se llame zaquil, una vez lleno, será llevado al molino y esta pequeña zaquilá certificará que no se trata de grano robado sino recogido de los desechos de la siega. Luego, zaquilá pasará a nombrar la pequeña cantidad de trigo que se lleva al molino, sea o no producto de la rebusca, o que se da a pobres y pedigüeños. Finalmente, zaquilá pasó a designar la remesa indeterminada de cosas que se llevan de una sola vez; aunque adquirió pronto un tono ponderativo que aumentaba la cantidad y encarecía el valor de lo dado o recibido, fuera aceite, comida, ropa o cualquier otro abastecimiento.

Zarzanear/ zarzalear

El léxico es muy permeable, y esa capacidad de transferencia de palabras y de significados es la que contribuye a su variación y enriquecimiento. En las zonas de habla rústica bastante extendida es el léxico campesino, con sus vocablos terruñeros que hablan de objetos, faenas y celebraciones rurales, el que aporta un vocabulario expresivo que, mediante imágenes, se traslada al ámbito doméstico e incluso a las relaciones urbanas. La palabra zarzanear acredita esta ósmosis con su paso del léxico de la caza al lenguaje común, ya que denota el husmeo del perro cazador entre las zarzas; ir y venir azogado y sin rumbo aparente que pasó a designar a la persona inquieta y trajinante que anda zascandileando e incordiando de un sitio a otro, sin hacer nada de provecho, sea en la casa o en la inspección callejera, la visita o el pendoneo, de la que se podría decir que “anda todo el día zarzaneando” o que “no para de zarzalear”, para acabar mostrando nuestro asombro y desaprobación con un “¡Vaya un zarzaneo!”. Y basta ya, que con esto de zarzanear ya hemos zarzaleado bastante.

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